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Crítica de libros

La dama de la espineta

Hertha Gallego de Torres

Título: La virgen y el violín. Autora: Carmen Boullosa, Editorial: Siruela. Colección Nuevos Tiempos, Madrid, 2008, ISBN: 978-84-9841-189-8.

La virgen y el violín

Hay mujeres interesantísimas por el mundo. En cierto modo, están, como dice Julien Grack en un libro muy divertido que me acabo de comprar (“La literatura como bluff”), las que todo el mundo da por buenas a ojo de buen cubero: el trazo de las cejas es perfecto, la barbilla, el contorno de las caderas, todo es bueno y bonito, pero ¡qué demonios! pregunten a los hombres, dice Grack, por las mujeres que les dicen algo. “Entramos en el caos y hay, además, una gran resistencia a explicarse”. Entre nosotros, pasa lo mismo con los hombres que a las mujeres nos interesan de verdad, pero shhhh, esto es un secreto….

En fin, Sofonisba Anguissola fue una pintora renacentista que nos ha hecho  penetrar en las profundidades de la fisonomía, tanto masculina, como sobre todo femenina, pues no por tópico es menos cierto que  la cara es el espejo del alma. Su autorretrato más famoso, de 1561, tocando la espineta, nos la muestra como la perfecta encarnación femenina de “El cortesano” de Castiglione. A su lado, una anciana vela quizá por ella, es otra misteriosa figura de mujer.  

El hecho de que Anguissola viviera en la ciudad donde vieron también la luz los primeros stradivarius, ha sido el pretexto para que Carmen Boullosa escriba una novela donde la música es una constante. El relato, trepidante, nos presenta la intensa vida de la pintora –dama de la reina, pintora de la Corte de Felipe II- , y, dentro de la ficción más completa, introduce una bella historia de amor entre un hermoso luthier y Sofonisba, lo que da pie a contemplar la intensa actividad del taller de los hacedores de instrumentos musicales, la variedad de artesanos o las distintas danzas de la época.

El detalle quizá más poético del libro –de donde viene el título- es el momento en que Anguissola pinta en un violín la figura de un ángel. El ángel que ha salvado a Renzo, su amado, de caer en las garras de… pero no desvelemos más. La intriga no se debe destripar antes de tiempo.

¿Inconvenientes? El crítico es fastidioso y busca los “peros” y los “bueno, tal vez si no…”. Adorno opinaba que oímos hoy en día en la música del pasado cosas totalmente diferentes a las que se escuchaban  antaño: Si uno no posee la experiencia de las cosas nuevas no puede percibir las composiciones antiguas tal como son.

Quizá lo mismo ocurra con la historia sin más. El pasado lo juzgamos, eso es innegable, con nuestros ojos de ahora. Pero ocurre que por eso mismo en nuestros días tenemos mucha más información sobre por qué se tomaron determinadas decisiones en tiempos remotos, gracias al trabajo de historiadores, sociólogos o  estudiosos de las mentalidades, entre otras personas. Es decir, del mismo modo que ya no se sostiene que digamos que las pirámides de Egipto se construyeron a base de sangre, sudor y lágrimas (entre otras cosas porque la civilización egipcia no era esclavista),  el convencimiento por parte de la autora de la novela  de que la mejor opción para una mujer del siglo XVI era casarse,  y que entrar en el convento era como enclaustrarse en una cárcel de por vida, como la  “pobre” hermana de la pintora,  es ignorar lo que estudiosas como Whitney Chadwick (autora del monumental estudio Women, Art and Society)  escriben por ejemplo en el capítulo dedicado a Anguissola:

“Existía una tradición de mujeres educadas y refinadas en órdenes religiosas en los siglos XIV y XV en Italia a pesar de que la sociedad progresivamente se fue secularizando. Las monjas activamente propiciaron obras para fundaciones, como el magnífico Políptico ordenado por las monjas Benedictinas de San Pedro Mayor en Florencia para su altar Mayor. Fuera de los muros del convento, sin embargo, a las mujeres se les prohibió participar en el mecenazgo municipal que creó la faz pública de la Italia del Renacimiento”. 

Precisamente en el mismo libro de Chadwick se señala que las conquistas pictóricas renacentistas no fueron precisamente una ventaja para las mujeres, ya que se apoyaban en teorías matemáticas de las que éstas se veían excluidas sistemáticamente. No fue casualidad, se dice, que Anguissola fuera a triunfar en la corte española de Felipe II, que tampoco por simple coincidencia tenía por ejemplo a Miguel de Fuenllana, vihuelista ciego  (“De los álamos vengo, madre”)  , al servicio de su esposa, Isabel de Valois o se le ocurría construir El Escorial.

Son pequeños matices para una polémica muy gustosa, que halla en las páginas de “La virgen y el violín”  un buen punto de partida.

Escribir a Hertha Gallego de Torres