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Crítica de libros
La familia Wittgenstein y la música
Joaquim Zueras Navarro
Título: La familia Wittgenstein. Autor: Alexander Waugh. Traducción: Gerardo Páez Irrací. Editorial Lumen. 483 páginas. ISBN: 978-84-264-1717-6.
Karl Wittgenstein era el prototipo de judío vienés converso y patricio, industrial millonario, con una especial debilidad por el arte y la cultura. Con Leopoldine Calmus tuvo ocho hijos, dos de los cuales se suicidaron y uno desapareció. En una atmósfera de prosperidad y esplendor se escondían tensiones y amarguras, cuya causa principal era el carácter despótico del padre, que no asimilaba que sus hijos no se interesasen por sus negocios.
Escribir sobre la familia Wittgenstein con amplitud conlleva un sinfín de referencias musicales. El autor, musicólogo y crítico musical, no ahorra detalles al respecto, por lo que el libro resulta muy atractivo para el melómano. Tenían su palacio de invierno en la Allegasse, cuya imponente y severa fachada principal ocupaba más de 45 metros. En él se albergaba una valiosísima colección de partituras manuscritas de los más célebres compositores. El más espléndido de los salones era la Musikaal del primer piso, en donde se celebraban los conciertos privados. En una de sus lujosas paredes se alzaba la trompetería de un órgano de dos teclados y pedales de la firma Rieger-Jaegerdorf. En el centro había dos pianos de cola Bösendorfer, de un total de siete que estaban colocados en distintos lugares de la mansión. La calidad de las interpretaciones era excepcional pues estaba a cargo de distinguidas figuras, como el violinista Joseph Joachim, alumno de Mendelssohn. Los invitados se escogían entre los más relevantes científicos, diplomáticos, artistas, escritores y compositores. Brahms asistió una vez para deleitarse con una interpretación de su Quinteto para clarinete. A Gustav Mahler no se le volvió a invitar desde que humillara a sus anfitriones al abandonar la sala muy enojado, mascullando: “Ahora que hemos escuchado el trío Archiduque de Beethoven, no habría que tocar nada más”.
En la familia Wittgenstein quien más quien menos tocaba bien un instrumento. Los hijos tenían sentimientos encontrados respecto a su madre. Por un lado, no entendían que no intercediera por ellos cuando su padre les humillaba. Por otro, teniendo la madre la emotividad bloqueada, no podían comunicarse con ella afectivamente, salvo interpretando al alimón, puesto que era una excelente pianista. Paul, que era el más brillante, contaba con dos profesores particulares. El primero, Theodore Lescheitky, era considerado el profesor de piano más inteligente de su época. Sostenía ideas tan peculiares como, por ejemplo, que no valía la pena estudiar la obra de Bach y Mozart. De camaleónico temperamento, sólo aceptaba dar clases a quien previamente había interrogado y escuchado al piano, y, aún sí, ordenaba que el alumno realizara durante dos años estudios preparatorios con sus ayudantes. El segundo era el organista y compositor Josef Labor, antiguo pianista de cámara de la corte de Jorge V de Hanover. Hombre sabio, inteligente y de buen corazón, pronto se ganó la confianza de la familia Wittgenstein, que financió la edición de algunas de sus obras y las divulgó en sus veladas musicales. Paul y su hermano, el conocido filósofo Ludwig Wittgenstein, opinaban que era el compositor vivo más importante.
Tras vencer la oposición de su familia, que se preguntaba si ser un concertista público era digno de su clase, Paul Wittgenstein hizo su debut en 1913 en el Grosser Musikvereinsaal de Viena con un concierto para piano y orquesta del irlandés John Field, obteniendo buenas críticas. Durante la Gran Guerra una bala le hirió el codo derecho, por lo que tuvo que amputársele el brazo. Fue prisionero de los rusos, sufriendo toda clase de ignominias. Acabada la contienda, se dedicó a adquirir una portentosa técnica pianística para la mano izquierda. Encargó obras para la mano izquierda a Josef Labor, Paul Hindemith, Erich Wolfgang Korngold, Franz Schmidt, Sergei Bortkiewicz, Richard Strauss y Maurice Ravel. Pagaba generosas sumas por estas composiciones, pero casi nunca las aceptaba a la primera. Las orquestaciones recargadas le parecía que restaban potencia auditiva al piano y, siendo de gustos románticos, no entendía el lenguaje más avanzado de los compositores de su época. Estos tiras y aflojas, acompañados de una copiosa correspondencia, constituyen un magnífico documento de primera mano, pues en ellos se refleja el carácter y el proceder de los compositores mencionados.
Hitler se anexionó Austria y pronto reparó en la fortuna de los Wittgenstein y en sus antepasados judíos. Pero por respeto al libro y a su autor, no desvelaremos nada más. Algún crítico ha dicho que el libro es indiscreto, pero, ¿puede ser una biografía buena y discreta al mismo tiempo? ¿Cómo entender las grandezas y miserias de los Wittgenstein si no es adentrándonos en su interior? Ameno y adictivo, contiene además 35 ilustraciones, con lo cual los personajes recobran su imagen y son más fácilmente memorizables. La traducción es óptima.
Escribir a Joaquim Zueras Navarro