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Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica

Orquestas románticas para el aniversario de Ibermúsica

Carlos de Matesanz

Auditorio Nacional. Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica.

26 de octubre de 2009. 19:30 h. Orquesta Filarmónica de Israel; dir: Zubin Mehta. J. Brahms: Sinfonías nº 1 y 2.

26 de octubre de 2009. 19:30 h. Dresdner Klaviertrio, Staatskapelle Dresden; dir: Herbert Blomstedt. L. van Beethoven: Triple Concierto, F. Mendelssohn: Sinfonía nº 3.

Herbert Blomstedt

Para inaugurar la temporada de su cuadragésimo aniversario, Ibermúsica ha optado por una integral sinfónica de peso: ni más ni menos que las cuatro sinfonías de Johannes Brahms, interpretadas en dos sesiones por la Filarmónica de Israel y Zubin Mehta. Teniendo en cuenta las muchas veces que estas obras se han tocado en las temporadas de Ibermúsica, aunque no haya sido en un ciclo completo como aquí, y por cuán grandes músicos, esta opción no ha sido la más gloriosa. Tampoco hay que caer en los extremos de algún crítico que ha llegado a decir que la Filarmónica israelí sonó “como cualquier orquesta española”, pues ya quisieran muchas orquestas de nuestro país tener la cuerda segura, firme y poderosa de esta agrupación. Sí es cierto que ni su sonido ni la personalidad del director parecen los más idóneos para estos pentagramas, tantas veces frecuentados –como decíamos– por los más grandes.

Según lo escuchado en el primero de los dos conciertos, Zubin Mehta no desentraña la esencia más honda, más poética, de las sinfonías de Brahms: ni por el lado trágico y arrebatado que tantos momentos de la Primera Sinfonía parecen requerir, ni por el pastoral y ensoñador, que es dominante en la Segunda. Maestro más de la energía que de la fantasía, ofreció Mehta unas lecturas sólidas, de una pieza y bien planificadas –pese a alguna notable caída de tensión, como al principio del último tiempo de la Primera– pero avaras de matices, con poco control sobre unos metales que son lo peor de la orquesta, y con un fraseo literal y poco intencionado.

Romanticismo del bueno, bien servido y en su sazón, fue el que sirvió, en concierto único, la siguiente orquesta de la 40ª temporada: la mítica Staatskapelle Dresden, dirigida por Herbert Blomstedt, que dio una versión animada y bulliciosa en los allegros de la Sinfonía nº 3, “Escocesa” de Felix Mendelssohn, en el bicentenario de su nacimiento. La cuerda brilló con fulgor propio: su ejecución fue de una perfección y su sonido de una dulzura –incluso en los tutti más rotundos– que más no se puede pedir; de hecho, hubo unas frases de los cellos en el primer tiempo de tal transparencia y belleza que se nos agotan los epítetos para describirlas. Los vientos tampoco carecen de personalidad y, en el final, destacó el sonido empastado y lleno tan típico de las trompas alemanas. Todas estas características –virtudes, más bien– habrían venido mejor a una lectura más introspectiva y melancólica que la de Blomstedt que, aunque ejecutada a la perfección y planificada con gran coherencia interna, fue tan vivaz en el tiempo lento central, que perdió algo de su inmarcesible poesía.

En donde no se perdió nada fue en la primera parte: el Triple Concierto en Do mayor de Beethoven no es obra en la que una orquesta pueda lucirse en exceso; bien llevados los tiempos por Blomstedt, realizó un atento acompañamiento para un Dresdner Klaviertrio bastante flojito, con un piano –Roglit Ishay– poco expresivo, un violín –Kai Vogler– que cayó en algún desafinamiento y un cello –Peter Bruns– de sonido decididamente pobre. En todo caso, el no malo pero sí escaso “sabor de boca”, se vio completamente compensado por el manjar de la segunda parte. Que vuelva pronto la Staatskapelle Dresden y que Ibermúsica nos la traiga, por lo menos, otros cuarenta años más.

Fotografías cortesia  Ibermúsica ©Martin UK Lengemann