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Ópera en Madrid

La italiana en el Real”: un Rossini cómic-o

Carlos de Matesanz

La italiana en Argel

Temporada Lírica del Teatro Real. G. Rossini: “La italiana en Argel”, dramma giocoso en dos actos con libreto de Angelo Anelli. Nueva producción del Real en coproducción con el Maggio Musicale Fiorentino, el Gran Teatro de Burdeos y la Houston Grand Opera. Dir. escena: Joan Font. Escenografía y figurines: Joan Guillén. Iluminación: Alberto Faura. Dir. Musical: Jesús López Cobos.

6 de noviembre de 2009. 20:00 h. Isabella: Silvia Tro, Mustafá: Nicola Ulivieri, Lindoro: David Alegret, Taddeo: Paolo Bordogna, Haly: Borja Quiza, Elvira: Eugenia Enguita, Zulma: Angélica Mansilla.

7 de noviembre de 2009. 20:00 h. Isabella: Vesselina Kasarova, Mustafá: Michele Pertusi, Lindoro: Maxim Mironov, Taddeo: Carlos Chausson, Haly: Borja Quiza, Elvira: Davinia Rodríguez, Zulma: Marifé Nogales.

Con una estética propia del Bagdad fantástico de los cómics de Iznogoud, el montaje de “La italiana en Argel” de Rossini realizado por Joan Font, de Els Comediants, para el Teatro Real, ha inundado el escenario madrileño de color por doquier. Un montaje por el que los personajes se mueven de un modo convencional, sin pasar de ser meros estereotipos cómicos –como en un cómic–: el bufo bobo, la primadonna vivaracha, el tenor enamorado, etc. Si Font no ahonda en los personajes, ni les dota de un movimiento e interacción originales, sí que mueve, de modo incesante, en torno a ellos, todo el aparato escénico, que no deja de cambiar.

La escueta pero eficaz escenografía, apoyada por unos figurines de colores brillantes y potenciada por una iluminación magnífica, consigue casi un cuadro distinto para cada escena. Desde una sauna turca (al comienzo) hasta una cenorra playera (en la escena final), el escenario, sin variar demasiado, cambia constantemente; generalmente, todo es a costa de meter y sacar atrezzo, y el movimiento, no siempre bien pensado, acaba por cansar un poco. También la presencia habitual de varios personajes de figuración (el león del Bey, sus escoltas, los eunucos del serrallo, etc) acaban abigarrando en exceso una acción ya de por sí movida y distrayendo la atención en momentos necesariamente estáticos, como las arias de los protagonistas.

Temporada Lírica del Teatro Real

Sin embargo, y esto es fundamental, hay que alabarle al señor Font su respeto absoluto por la obra: no ha caído en el error de querer hacer de ella algo que no es; todo lo que ha añadido son adornos, más o menos ingeniosos, que no modifican ni la trama ni los personajes, que siguen minuciosamente las pautas del libreto. He aquí el infrecuente caso de un hombre de teatro que pone, en unos casos con más fortuna que en otros pero siempre con nivel, sus muchos conocimientos del espectáculo escénico al servicio de una ópera.

Musicalmente, y probablemente dejándose llevar por la animación escénica, Jesús López Cobos consiguió evitar el principal peligro que de él nos temíamos y con el que tanto nos metemos: su inveterada sosería (el maestro zamorano –buen conocedor del estilo de este autor– piensa que el Rossini serio no hay que hacerlo tan serio ni el bufo tan bufo, motivo por el cual suele salirle un Rossini ni serio ni bufo, sino soso). Pero aquí no: los tiempos fueron vivos e, incluso, vertiginosos en momentos decisivos como el final del primer acto; momento delicadísimo en el que, a pesar de la velocidad, todo funcionó como un reloj suizo, acreditando una vez más las reconocidas capacidades concertadoras de López Cobos; así pues: ¡viva el maestro! En la Sinfónica de Madrid estuvieron excelentes trompa y clarinete en los obligati de las arias de tenor y la flauta en Pensa alla patria, pasable el oboe en la obertura y molesto el flautín en varias de sus intervenciones. El coro, en este caso la sección masculina del Coro de la Comunidad de Madrid, cargó con salero con sus imponentes turbantes, lució carnes como nunca antes –aunque creemos que el próximo Míster Madrid no saldrá de sus filas– y cantó con mayor discreción de la que esperábamos.

Sin embargo, qué sería de una ópera de Rossini si, aun siendo todo tan bueno, fallase el elenco de protagonistas. Pues bien; en este caso bien podemos decir que eso no pasa, ni de lejos, en ninguno de los dos repartos convocados para las doce representaciones que de “La italiana” da el Real: ambos son realmente excelentes y dignos de cualquier coliseo lírico de primera categoría. Aun así, creemos que funcionó mejor el segundo reparto reseñado, aunque con poca diferencia.

Las dos divas encargadas de dar vida a la protagonista titular cantan el papel de Isabella habitualmente en la Staatsoper vienesa, su calidad es indiscutible y su manera de cantar Rossini, absolutamente opuesta y, por ello, complementaria. Silvia Tro Santafé, con una voz clara, de un solo y homogéneo color, perfecta en toda su amplia tesitura, hizo una Isabella canónica, cantada con un rigor y una exactitud realmente asombrosos; mientras que Vesselina Kasarova, de voz más oscura y aterciopelada pero de similar volumen, estuvo realmente pasada de rosca, hizo lo que le dio la real gana, con una coloratura sobreornamentada y ejecutada de modo caprichoso y cambiante, con unos contrastes dinámicos bruscos que la caracterizan (para mal) cada vez más; pero, como los buenos funambulistas (y los gatos), siempre cayó de pie y no perdió la cuadratura en ningún caso. Además, escénicamente actuó de modo mucho más desenvuelto y carismático que Tro. Además, la valenciana fue dosificándose, in crescendo, hasta llegar a un “Pensa alla patria” radiante; mientras que la Kasarova salió pidiendo guerra desde su primer recitativo y mantuvo el nivel hasta el final.

El papel de Mustafá se lo repartieron dos excelentes bajos italianos, de instrumento idóneo para el papel y de características muy similares; pero, a despecho de su mayor juventud y de su coloratura un poco más suelta, a Nicola Ulivieri alcanzó a mojarle la oreja el veterano Michele Pertusi, de voz más cubierta y resonante y, sobre todo, de fraseo más flexible e intencionado; en cualquier caso, sólo diferencias sutiles. Las diferencias fueron más notables en el caso de los dos bufos: los que interpretaron el papel de Taddeo, pero no por una cuestión de calidad, sino por abordar el papel de modo muy distinto. El joven Paolo Bordogna, que es muy payaso y no paró quieto en toda la representación, tiene una voz sana, muy grata, clara, casi lírica, y actúa más con el cuerpo que con el canto; el maño Carlos Chausson, que más sabe por viejo que por bajo, consigue el mismo o mayor efecto con mucho menos esfuerzo, la voz sigue siendo realmente importante e imponente, canta con una sabiduría y gusto muy aquilatados y estuvo memorable en la escena de la investidura como Kaimakán; de hecho, se llevó la ovación de la noche, para mayor mosqueo de la Kasarova.

“La italiana en el Real”: un Rossini cómic-o

Donde la diferencia sí fue palpable, fue en el caso de los tenores. El debutante David Alegret, a pesar de sus recientes éxitos internacionales, está más verde que una acelga; la voz, típica de tenorino rossiniano, es de poco volumen, escasa de apoyo y proyección, y muy roma en el extremo agudo, casi inaudible si tiene que competir con la orquesta. Pese a su aplicación y buenas intenciones, su canto no es especialmente distinguido y la coloratura queda algo borrosa, defectos que, de seguro, irán desapareciendo con el rodaje. También hay que admitir que fue creciendo conforme avanzó la función y que estuvo mejor en “Concedi, amor pietoso” (aria alternativa del acto II que cada vez se interpreta más) que en “Languir per una bella”, del acto I; esperamos que, con un poco más de experiencia, David Alegret alcance los logros que de seguro merece. Con todo, lo peor viene por la comparación, ya que en el otro reparto incorporó el papel de Lindoro el ruso Maxim Mironov, tenor de formación muy sólida, magnífica técnica, voz amplia y grata, de timbre muy dulce y con suficiente cuerpo, coloratura magnífica –escuchábanse todas y cada una de las notas de cada grupetto perfectamente definidas–, agudos (sin ser Juan Diego Flórez, verdad) notables y que ya tiene una carrera totalmente asentada en el panorama internacional; ah, y para colmo, es bastante más mono. Total, una faena. Eso sí: Alegret bailó mucho mejor, arrancándose por lo flamenco (esto, claro, a un ruso no le sale) en el terceto masculino del acto II.

En cuanto a los papeles menores, el barítono Borja Quiza cantó Haly –un poco bajo para su tesitura– en ambos repartos, sin cosechar demasiados aplausos en su aria “Le femmine d’Italia” ninguna de las dos noches, y la pareja femenina formada por Eugenia Enguita y Angélica Mansilla se vio claramente superada, al día siguiente, por Davinia Rodríguez (que abusó de su considerable caudal en los concertantes, desequilibrándolos) y Marifé Nogales.

En fin, un festival de voces bien concertado, en un marco lleno de color y movimiento –casi como en un cómic–, que ha convertido las representaciones de esta joyita del género bufo en el Real en un espléndido Rossini cómic-o. Nada más. Y nada menos.

Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real