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Disco del mes

Sacrificium

Alicia Perris

Sacrificium. Scuola del Castrati. Cecilia Bartoli con el Il Giardino Armonico, dirigido por Giovanni Antonini. Sello: Decca, 2009.

Sacrificium. Scuola del Castrati

Cuando hablamos de “castrati”, muy pronto sentimos la nostalgia de la famosa película “Farinelli”, de Gérard Corbiau (1994) donde relataba con poco pudor la imaginada biografía del castrato más famoso de todos los tiempos. Ahora la mezzosoprano romana Cecilia Bartoli, luego de otras incursiones musicales, desde que realizó su debut de pequeña en Tosca, pasando por sus trabajos con Baremboim, Ricardo Muti, Harnoncourt, de Rossini a Mozart, haciendo un bucle por la vida y obra de María Malibrán, dedica su pasión (que es mucha) a investigar desde varios ámbitos, la producción y los avatares de los castrati. Salieri, Glück, Haendel y Vivaldi también fueron objeto de su virtuosismo y ahora llega con arias de Porpora, Caldara, Graun, Leo, Leonardo Vinci, Haendel, Giacomelli y Ricardo Broschi (estos tres últimos en el Bonus Cd que acompaña al Cd principal).

Una vez más ofrece un cuidado producto, desde el punto de vista musical, visual e informativo, ya que el compendio de los castratos, un amplio diccionario que bucea en los detalles de esta constelación de desdichados, es una maravilla de buen gusto y creatividad, aunque navega por las procelosas aguas de la ambigüedad que enmarcaba el universo de estos cantantes tan especiales. La intensa coloratura y las fiorituras vocales de la música para castratos, que invadió la ópera de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, es “probablemente la música más difícil que he interpretado hasta el momento”, comentó Bartoli.

Grabado en el Centro Cultural Miguel Delibes de Valladolid, donde a veces ha dado conciertos, la mezzosoprano destaca que “en el siglo XVII y XVIII cientos o miles de chicos fueron castrados; esto fue un auténtico sacrificio en nombre de la música”. Oropeles, alhajas, perfumes densos, ecos de porcelanas, pedrería, terciopelos, salones aristocráticos, la corte de Felipe V (descendiente de Luis XIV y primer Borbón reinante en España), que recurría a Farinelli para calmar sus asiduas migrañas y depresiones, nada falta en el imaginario de este álbum que evoca la película, los climas de alto voltaje erótico, la voz privilegiada de una tonalidad única de los castratos (o al menos de aquellos que alcanzaron el éxito).

Bartoli parece atreverse a todo, para el disfrute de sus admiradores y las críticas de sus detractores, a quienes molesta que quiera ir siempre más allá, al más difícil todavía.

Los castratos intentaron suplir la calidad de las voces femeninas, más planas en comparación con sus registros y fiattos sorprendentes. Componente fundamental del Barroco, Haendel, entre otros compositores famosos crearon piezas escogidas para ellos. Eran insuperables en la entrega y la dedicación musicales, en el temperamento y el virtuosismo vocal, en la exploración —hasta el agotamiento— de las posibilidades de la voz humana. Las suyas eran unos instrumentos vocales sin parangón, dúctiles, seductores y fascinantes. No todos consiguieron triunfar a pesar del sacrificio de su mutilación, aunque algunos como Ferri, Caffarelli, Cesari, Moreschi, Senesino, Velluti o Guadagni, alcanzaron fama y dinero.

Con un record en la venta de su discografía, exquisita y escogida, la cantante afirma que lo que le atrae del éxito es “llevar repertorios desconocidos a públicos nuevos” e “investigar y estudiar” el pasado para comprender el presente. Bartoli es puro Eros cuando canta, cuando investiga, cuando se entrega, con esa pasión y esa capacidad de seducir al público, fascinado por la vitalidad que la inunda, que la devuelve, cada vez más, al escenario de los indispensables de la ópera, en el campo fértil donde se incendian las fantasías de los melómanos y sus sueños.

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