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Ópera en Madrid

Una “Agrippina” salada y una Fleming sosa

Carlos de Matesanz

Agrippina

2 de noviembre de 2009. 20:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. G. F. Händel: “Agrippina”. Dramma per musica en tres actos, con libreto de Vincenzo Grimani (Versión de concierto). Agrippina: Ann Hallenberg (mezzo), Nerone: Roberta Invernizzi (soprano), Poppea: Klara Ek (mezzo), Ottone: Xavier Sabata (contratenor), Claudio: Umberto Chiummo (bajo). Il Complesso Barocco; dir: Alan Curtis.

12 de noviembre de 2009. 20:00 h. Grandes Voces. Renée Fleming (soprano), Orquesta Sinfónica de Madrid; dir: Jesús López Cobos. Obras de: B. Gritten, G. Rossini, G. Verdi, R. Strauss, P. Mascagni, U. Giordano, R. Leoncavallo y G. Puccini.

Como en el repertorio barroco se refugian tantos cantantes pulidos y muy formados pero de voces cortas y poco proyectadas y de temperamento escaso y reseco, encontrarse a una Ann Hallenberg –mezzo habitual en el circuito de música antigua– de voz amplia, redonda y opulenta, y de expresividad extrovertida y generosa, no deja de ser una de las sorpresas más gratas de la temporada; y más, protagonizando la versión concertante de una de las óperas de la etapa italiana de Händel: “Agrippina” HWV 6. Su interpretación de la intrigante madre de Nerón fue la de una auténtica matrona romana con una importante vena de lianta, con ribetes cómicos muy pronunciados; en lo musical, a lo ya apuntado, hay que sumar un excelente dominio de la coloratura, una perfecta diferenciación entre las arias d’affetto y las de bravura y una proyección de la voz capaz de hacerla llegar a cualquier rincón del teatro.

El resto del reparto, solvente y profesional, acusó el exceso de homogeneidad y falta de relieve que antes comentábamos como males habitual de las interpretaciones barrocas que se llevan en la actualidad, alentados por la dirección clásica y serena, sin grandes contrastes, de Alan Curtis. El veterano maestro americano, en las antípodas de, por ejemplo, Marc Minkowski, opta por el acompañamiento discreto, los colores claros y los sonidos pulidos y nada ásperos, potenciando una visión íntima del drama. Habría que destacar la actuación del contratenor Xavier Sábata, más por el mérito de sustituir con competencia a última hora al inicialmente previsto Iestin Davies y por el bonito timbre de una voz un tanto roma, que por la interpretación en exceso manierista de su hermosa parte.

Renée Fleming

Y, después de habernos encontrado a una auténtica diva –en el mejor sentido de la palabra– donde no lo aguardábamos (porque los discos no hacen justicia a la categoría de la Hallenberg), la echamos de menos en donde más era de esperar: en el concierto del ciclo de Grandes Voces de Caja Madrid protagonizado por la soprano americana Renée Fleming, reina de las portadas discográficas desde hace una década larga, a pesar de tener una voz realmente pequeña. Después de calentar, de aquellas maneras, con un “D’amore al dolce impero” de la “Armida” rossiniana de juzgado de guardia, se embarcó en una lenta e inacabable escena de Desdémona del último acto de “Otello” de Verdi, en la que se confundió lirismo con languidez, fraseo escasísimamente variado y quedándose, además, el último agudo del Ave María corto de fiato.

La segunda parte se abrió con cuatro lieder orquestales de Richard Strauss (Visión amistosa, Serenata, Tiempo de invierno y Dedicatoria), un tanto intempestivos entre tanto gorgorito italiano, pero que fueron lo mejor de la velada, ya que la voz pequeña, cremosa y jamás forzada de la Fleming parece convenir especialmente a música tan lírica. Después vino el compromiso comercial: doña Renée acaba de darse el gusto de grabar un bonito disco de arias veristas, que le ha quedado muy pintón, y ahora está en la obligación de cantar esa música en directo –que no es lo mismo– para promocionar el álbum. Francamente mal, por inadecuación vocal y falta de temperamento –pero, ojo, también por no estar muy centrada– en arias de “Siberia” de Giordano y “La Bohème” de Leoncavallo; mucho mejor en una modélica “Donde lieta uscì” de la otra “Bohème”, la pucciniana, y en la escena de la muerte de la protagonista en “Fedora”, también de Giordano, para volver a quedarse corta en “Un dì, ero piccina” de “Iris”, de Mascagni, aunque estuvo aplicadísima e inteligente como intérprete. El respetable (esto era de esperar) aplaudió a rabiar y Fleming regaló un bellísimo “O mio babbino caro”, una vistosa aria menos fácil de lo que parece de “Conchita” de Zandonai y “Morgen” de Strauss.

Es lástima que director y orquesta, que hicieron un acompañamiento apropiadísimo y mimoso para con la cantante (que buena falta le hacía), no pudieran lucirse más que en la Matinées musicales, Op. 24 de Britten con que se abrió la velada, porque el horrible ballet del “Otello” verdiano y la breve obertura de “Le maschere” de Mascagni no dieron para más.

Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real