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Índices
Concierto en Barcelona
Sombras de antes y después
Albert Ferrer Flamarich
Barcelona: L’Auditori, Sala Sinfónica, 24-10-2009. Iván Martín, piano. OBC. Paul Mann, director. Obras de Suriñach, Beethoven y Schumann.
Iván Martín
Poca asistencia tuvo el concierto de abono con repertorio convencional en el que se presentó el pianista Iván Martín ante la OBC dirigida por Paul Mann. Lo hizo con el Segundo concierto para piano y orquesta de Beethoven en una lectura de texturas ligeras, dinámicas suavizadas y una uniformidad que dio coherencia y reposo a la obra, evitando la tópica agresividad y los contrastes protorrománticos. Destacaron los cambios humorísticos del tercer movimiento y el Adagio, que tendió a lo mozartiano (bajo Alberti incluido) en un canto sereno y poético, ocasionalmente melancólico, apenas cercano al oscurecimiento dramático que citaban las ñoñas notas al programa. La propuesta gustó y Martín regaló dos bises de Bach ante cuya excelencia sólo cabe preguntar si no hay más compositores para las propinas. Previamente, la síntesis fallesca en ritmo y plasticidad que es la Sinfonía Chica de Suriñach había mostrado la versatilidad idiomática de Mann, capaz de convertir en aquelarre lo stravinskiano de una obra que exige opulencia y energía sin efectismos.
La Segunda sinfonía de Schumann discurrió por vías emocionalmente más complejas pero imperfectas. En los detalles y la construcción convergieron Beethoven y Brahms pero faltó mayor tensión acumulativa, unidad y un enfoque lisztiano de lo cíclico como sí logró, por ejemplo, Pablo González en la Cuarta de Schumann de la temporada pasada. Mann optó por un Finale de cierta profundidad intelectual en la atractiva dualidad entre violines (dulzura) cuerdas graves (conflicto), aunque sin plantear el coral conclusivo como una resolución proporcionalmente afirmativa ni visionaria. El concepto pre-mahleriano se intuyó en la preocupación existencial (vacío y soledad) con que Schumann convive en el Adagio, digno de recordar por la plenitud lírica de la orquesta tras un frenético final de Scherzo.
Escribir a Albert Ferrer Flamarich