Isaac Albéniz
Un grande entre los grandes
Paula Coronas
La fascinante biografía del maestro camprodonés Isaac Albéniz acompaña la vida artística de un compositor español de verdadera talla universal. Su figura está considerada, junto a Falla, Granados y Turina, como máximo exponente de la escuela nacionalista musical española. Así lo avalan obras tan importantes en la literatura hispana para piano como la Suite Española y la monumental Suite Iberia, una de las mejores colecciones jamás escritas para teclado.
Son numerosos los trabajos bibliográficos y discográficos que no han dejado de proliferar en estos últimos años con la intención de recoger y aportar nuevas perspectivas y ángulos que ofrece el carismático creador catalán. Sin embargo, se constata cierto halo de leyenda en torno a la azarosa existencia de este genio musical: polémica trayectoria vital debatida por eruditos e investigadores musicales que no aciertan a establecer acuerdos respecto a determinados hitos que, tradicionalmente, han rodeado el historial del músico —fechas no coincidentes sobre sus primeras escapadas de casa, sus primeros viajes y posteriores etapas de formación en Leipzig y en Bruselas, o su cuestionado conocimiento personal con Franz Liszt (a quien al parecer nunca llegó a conocer).
En cualquier caso, y admitiendo la posibilidad de equívocos y confusiones grabados en su proyección artística, no es éste el momento de avivar la llama de su carismática imagen, sino por el contrario, de admirar la innovación del arte albeniciano, porque Albéniz fue indiscutiblemente un renovador de la cultura musical española de comienzos del siglo XX. “Hacer música española con acento universal” es la síntesis de su pensamiento estético.
Su destacada labor como virtuoso del piano, músico de cámara, profesor, mecenas, director, organizador de conciertos, crítico y sobre todo, compositor, le llevó a ocupar una posición decididamente relevante en su época, e influyente sobre generaciones posteriores como J. Rodrigo y Federico Moreno Torroba entre otros.
Su modelo estético se anticipa de forma natural al impresionismo de Claude Debussy o al romanticismo tardío de Richard Strauss. Y es su trato cordial y afectuoso el que cautiva y convence definitivamente a eminentes músicos e intérpretes como David Popper, Arthur Rubinstein, Alfred Cortot, Gabriel Fauré, Oliver Messiaen, y Francis Poulenc. Recordemos que Marguerite Long alababa siempre su “amabilidad y dedicación”.
“La amabilidad y generosidad del hombre eran insuperables […] Era sensible sin desear que esto se notara, y la bondad de su corazón era de gran encanto. No escatimaba su elogio a los demás; su forma de hablar era siempre amistosa, afectuosa y alegre. Nunca lo vi de otro modo” (1) .
Para penetrar en su espíritu artístico ha de recordarse que nació en el seno de una familia de clase media alta y talante liberal. Su padre, Ángel Albéniz, era natural de Vitoria. La región alavesa era el lugar de origen de los antepasados de la familia Albéniz. Inteligente y trabajador, este funcionario de aduana era un masón activo, filiación que con casi toda seguridad profesó el propio Isaac. De hecho, gran parte de la vida artística de Albéniz está ligada a nombres que pertenecieron a la masonería: socios, colaboradores, libretistas como Eusebio Sierra; su mecenas y también libretista, el abogado inglés Money Coutts; su editor madrileño Benito Zozaya o su protector el conde Guillermo Morphy, secretario particular de Alfonso XII.
Ángel Albéniz había comenzado a forjar su carrera en la Administración en Gerona, donde cortejó y contrajo matrimonio con Dolores Pascual, nacida en Figueras. Isaac Manuel Francisco Albéniz fue alumbrado el 29 de mayo de 1860 en la localidad de Camprodón, situado en el valle pirenaico, siendo éste el cuarto y único varón de los hijos.
A muy temprana edad se advierten sus extraordinarias cualidades y dotes musicales como pianista, que brotan con espontaneidad y son alimentadas de forma autodidacta. A ellas se suman su espíritu cosmopolita y su afán de aventuras que le lleva a viajar y recorrer toda la geografía española y a cosechar algunos éxitos en Cuba y Puerto Rico, donde llega en compañía de su padre a la edad de tan sólo quince años. Su constante avidez por visitar nuevos lugares, contemplar paisajes, conocer costumbres y culturas diversas, constituye un rasgo esencial de su personalidad inquieta y moderna. Otro rasgo acusado de su carácter (no sabemos si motivado en parte por la conflictiva y problemática relación conyugal de sus padres) fue la capacidad desarrollada para fantasear e incluso para la falsedad. La depresión y la euforia eran dos extremos que cohabitaban en el músico con frecuencia.
Los primeros frutos compositivos del maestro no ven la luz hasta el año 1880, fecha en la que escribe colecciones de gran solidez y excelente sello como Recuerdos de viaje y la primera serie de su Suite Española. Estos ciclos rememoran la imagen sonora de sus impresiones personales fruto de sus numerosos periplos. Cada una de las piezas que en ellos se recoge, representa un modelo de folklore popular español llevado a su máximo exponente, donde prima la calidad rítmica y melódica de estas páginas célebres impregnadas de fuerte inspiración.
Poco tiempo después, hacia 1883, la escuela del nacionalismo español, liderada por el patriarca Felipe Pedrell, con el que estudia en Barcelona, deja una profunda huella en el lenguaje albeniciano. El maestro Pedrell aclara sobre el temperamento musical de Albéniz que al joven no se le podía aleccionar sino conducir o guiar “a fin de no contener ni enturbiar jamás el hilito de agua cristalina de su intuición nativa” (2) . Así mismo, la impronta de los románticos –Liszt, Chopin, Schumann-, cuya influencia es evidente en su discurso musical, confiere universalidad a su legado. Recordamos gran número de partituras que se adscriben a la música de salón: Pavana-capricho, Barcarola, Seis pequeños valses, Estudios de concierto, Estudio impromptu, Seis mazurcas de salón, Recuerdos, Seis danzas españolas, Cantos de España, Piezas características, Mallorca (Barcarola), etc. Son también representativos en su catálogo las Sonatas, los Conciertos para piano (concierto Fantástico, Rapsodia Española) y las canciones de concierto (Rimas de Bécquer, Seis Baladas italianas sobre textos de la marquesa de Bolaños).
Hacia esta época el joven músico contrae matrimonio con Rosina Jordana Lagarriga, una de sus alumnas e hija de una destacada familia catalana. La boda se celebró el 23 de junio de 1883 en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en el barrio gótico de Barcelona, cerca del puerto. De esta unión nacerían Blanca —que falleció con tan sólo veinte meses de edad—, Alfonso, Enriqueta y Laura.
A pesar de su enorme filiación nacionalista que abandera el desarrollo musical en nuestro país, y como paradoja del destino, siempre se sintió ajeno a España, por lo que vivió desde 1889 fuera del país, en Londres primero y luego en París. Albéniz se rebelaba contra el retraso cultural español de aquella época y mostraba particular animadversión hacia los críticos musicales españoles.
Una amplia gira de conciertos protagonizada como intérprete favorito de los salones europeos, el discreto éxito de su opereta El ópalo mágico —estrenada a principios de 1893 en el Lyric Theatre de Londres— y la estrecha colaboración mantenida con el libretista, poeta y adinerado abogado londinense Francis Burdett Money-Coutts, son las experiencias más destacadas durante la estancia del compositor en Londres.
En el otoño de 1893 abandona Londres y tras permanecer unos meses en España, se establece en París en 1894, en una suerte de exilio voluntario. Su proyecto de crear una temporada de ópera española en Barcelona junto a sus amigos Morera y Granados fracasa. A partir de ese momento, el compositor rechaza volver a trabajar en nuestro país, en el que no obtuvo justo reconocimiento a su labor de creación. Albéniz se siente atraído por la estética de César Franck y la doctrina de la Schola Cantorum, entablando una intensa relación con Ernest Chausson, Vicent d´Indy, Paul Dukas y Gabriel Fauré. La capital francesa sí valoró desde el principio las excelencias de su música, por lo que le fue concedida la Gran Cruz de la Legión de Honor.
Entre 1905 y 1908 compone la obra que corona y culmina toda su vida creativa: Suite Iberia. Se trata de una prodigiosa y magistral colección pianística de doce piezas, agrupadas en cuatro cuadernos que se emplazan entre el más alto nivel de exigencia pianística. Se distingue por su enorme complejidad técnica e interpretativa, donde Albéniz muestra una vez más su fuerte compromiso con la renovación del lenguaje armónico, sonoro, tímbrico y melódico del piano moderno. Iberia representa un canto entusiasta a la España que no había sabido valorar su riqueza como compositor, y sobre todo, a su amada Andalucía, región a la que están dedicadas once de las doce piezas. El propio Albéniz reconoce “que en estos números he llevado el españolismo y las dificultades al último extremo”, aunque como bien afirma Manuel de Falla “Iberia no es sólo una evocación, sino que tiene una significación nacional mucho mayor que la de un verdadero documento histórico. Es la Andalucía de los tiempos pasados que reaparece a través del lenguaje musical”. Todos los elementos de esta obra están impregnados de folklore culto plasmado de un plano intelectual y creativo, donde se refleja el talento pleno de un Albéniz maduro y auténtico. La pianista Blanche Selva fue la encargada de estrenar la ingente composición en Francia, donde desde el primer momento la Suite Iberia fascinó a sus contemporáneos, quienes vieron en ella la cima del genio albeniciano.
Estos años estuvieron marcados por sus graves problemas de salud, derivados de una insuficiencia renal. A finales de marzo de 1909 Albéniz se retiró con su familia a la pequeña localidad de Cambo-les-Bains, en el País Vasco, donde recomendaron su internamiento en una estación termal. Dada la precaria situación física del músico, precisaba la visita diaria de un médico, Víctor Ruiz Albéniz, sobrino del compositor, quien le ayudó y cuidó durante la etapa crítica de su enfermedad. La visita que más le impactó fue la de su gran amigo Enrique Granados, ferviente admirador de su obra y personalidad. Reproducimos a continuación un telegrama fechado en Bayona el 9 de mayo de 1909, enviado por Granados a la prensa barcelonesa, en el cual se comunicaban los sentimientos de Fauré y del Conservatorio de París: “aquí todos adoramos a Albéniz; le consideramos muy grande como artista y como hombre, deseamos de todo corazón su pronto restablecimiento”. Es posible que la emoción de la visita de Granados empeorara su estado de salud. La muerte le sobrevino a las ocho de la tarde del 18 de mayo de 1909, dejando inacabadas dos nuevas páginas pianísticas, Navarra y Azulejos, completadas, respectivamente, por Sevérac —alumno de Albéniz— y Granados.
Su prematura muerte a la edad de 49 años constituyó una gran pérdida para la música española y para el catálogo pianístico de todos los tiempos. No olvidemos que el piano fue su vehículo ideal de expresión, y a este instrumento dedicó el grueso de su corpus y sus mejores creaciones. Sus grandes partituras pianísticas están concebidas desde y para el piano. La grandeza de su legado ha conservado popularidad y fama entre sus admiradores, gracias a la excelente difusión de sus obras, repletas de brío, lirismo y atractivo.
Isaac Albéniz fue una de las voces más elocuentes de la creación musical española. Su originalidad y eclecticismo artísticos le convirtieron en un visionario de los nuevos procedimientos compositivos, haciendo renacer en España las raíces populares de nuestra cultura y la dimensión filosófica de la música nacionalista. Tal vez para entender plenamente el atractivo de sus piezas españolas, debemos valorar su personal nostalgia romántica de una España soñada. “Albéniz estuvo en la vanguardia de aquellos que ayudaron a España a trascender el pasado y abrazar el futuro sin perder un sentido de la identidad mítica, no menos potente por residir en la imaginación” (3) .
Bibliografía:
Aaron Clark, Walter: Isaac Albéniz. Retrato de un romántico. Ediciones Turner Música. 2002.
Moreno, Juan Carlos: Isaac Albéniz, un español universal. Revista Amadeus nº 75, pp. 26-29.
Marco, Tomás: Pensamiento musical y siglo XX. Fundación Autor. Madrid. 2002.
(1) Georges Jean- Aubry: Musical Times. 1 de diciembre de 1917.
(3) Walter Aaron Clark: Isaac Albéniz. Retrato de un romántico. Ediciones Turner. Madrid. 2002. p. 322.
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