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Índices
Ópera en Oviedo
Un Ariodante épico
Eugenia Fernández Tejón
“Ariodante”. Georg Friedrich Haendel. Intérpretes: Joan Martín-Royo (barítono, El rey de Escocia), Verónica Cangemi (soprano, Ginevra), Alice Coote (mezzosoprano, Ariodante), Paul Nilon (tenor, Lurcanio), Sarah Tynan (soprano, Dalinda), Marina Rodríguez-Cusí (mezzosoprano, Polinesso), Javier Galán (barítono, Odoardo). Dirección de escena: David Alden. Realización dirección de escena: Ian Rutherford. Diseño de escenografía y vestuario: Ian MacNeil. Diseño de iluminación: Wolfgang Goebbel. Coreografía: Michael Keegan- Dolan. Realización coreográfica: Rachel López de la Nieta. Dirección musical: Andrea Marcon. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Concertino: Andoni Mercero. Clave: Giorgio Paronuzzi. Tiorba: Evangelina Mascardi. Dirección del coro: Patxi Aizpiri. Coro de la Ópera de Oviedo. Teatro Campoamor de Oviedo, 14, 16, 18 y 20 de diciembre de 2009.
El éxito de Don Giovanni tuvo su continuidad con Ariodante de Haendel en la penúltima representación de la temporada ovetense, lo que confirma el acierto de incluir el género barroco en el repertorio. Un estreno con el que esta ciudad se adhiere a la ardua lucha de los últimos veinte años por recuperar la ópera seria haendeliana, injustamente olvidada durante siglos.
El público acogió con una verdadera ovación el gran esfuerzo vocal y físico que suponen las casi cuatro horas de virtuosismo vocal de los protagonistas de esta historia épica basada en el Orlando furioso de Ariosto. Destacaron especialmente Ariodante y Ginevra, que dieron una dimensión dramática y casi romántica a las arias tripartitas que configuran la obra y que tradicionalmente se suelen considerar poco desarrolladas psicológicamente al responder a esteriotipos y afecti cerrados, independientes del dramma per musica al que pertenecen. Esto responde a la tendencia cada vez más consolidada de abrirse hacia una mayor libertad en la interpretación barroca.
La mezzo Alice Coote emuló a los castrati, para quienes se concibió el papel de Ariodante a base de divisiones del canto de cadencias interminables. Su técnica le permitió resolver sobradamente la compleja ornamentación e incluso el reto más difícil de la improvisación propia del aria da capo. Su momento culminante fue el segundo acto, concretamente el aria Scherza infida, a partir del cual se fue creciendo con intervenciones de gran intensidad como el dúo con Ginevra al final del tercer acto.
El resto del elenco también fue excelente, empezando por Verónica Cangemi que dio vida a una Ginevra llena de matices y colores. Aunque algo rígida en la articulación en los agudos, mantuvo a raya los tremendos pasajes de coloratura. Las otras dos voces femeninas fueron la soprano Sarah Tynan, con un timbre lírico-ligero acorde con el papel y la mezzo Marina Rodríguez-Cusí, a la que ya hemos podido escuchar en este teatro en numerosas ocasiones demostrando su flexibilidad y rigor en estilos bien diferentes, así como su gran energía interpretativa.
Otra voz que se está asentando en la temporada es la de Joan Martín-Royo, que apenas dejó atrás el reciente Masetto de Don Giovanni para meterse en el cuerpo de un rey de Escocia demasiado rotundo en algunos momentos y con algún problemilla para abordar la extensa tesitura de bajo, pero correcto en su conjunto. También repiten su presencia en Oviedo Paul Nilon, con una larga experiencia en el rol de Lurcanio que interpreta desde la recuperación de las óperas de Haendel en Europa y el barítono Javier Galán, como Odoardo, más conocido por el Festival de Zarzuela.
Desde el punto de vista de la escenografía es importante señalar que, aunque paradójicamente Haendel se convirtiera en el representante del arte italiano en Inglaterra, con Ariodante quiso rendir tributo a la ópera-ballet francesa. Para algunos estudiosos esto está justificado por la presencia en Londres de un grupo de bailarines galos y para otros por el éxito de la primera ópera de Rameau, Hippolyte, aunque sin nexos estilísticos entre ambas obras. Sin duda, esto no debió pasar inadvertido para el director de escena David Alden en este montaje que ideara ya en 1996 para la English Nacional Opera. La presencia constante y con verdadero protagonismo de un cuerpo de baile profesional convirtió la escena en algo excepcional reinterpretando la danza de tradición francesa. En la coreografía de Michael Keegan-Dolan los pasos de la suite se estilizaron con una expresión conceptual y unos personajes que parodiaban a la aristocracia que solía actuar en las tragedias líricas francesas. En algunas escenas fue el vehículo para hacer presente aspectos de la imaginación de los protagonistas; haciendo visibles al espectador sus ensoñaciones, se consiguió romper el estatismo característico de este tipo de óperas de largas arias para lucimiento de cantantes que deben permanecer solos en escenas durante largos minutos. El vestuario a cargo de Ian MacNeil derrochó imaginación más simbólica que historicista y con reminiscencias al travestissement propio de la época, convirtiendo la parte visual en un placer estético.
El resto de la escenografía estuvo a la altura en todo lo demás, salvo en pequeños detalles como la presencia de espejos sin mucha finalidad en el último acto o la tan manida costumbre de que los personajes se arrastren por el suelo para expresar sufrimiento o dolor. En cambio, hubo guiños interesantes al complejo atrezzi barroco, como por ejemplo la máquina a manivela que representaba el mar embravecido o las referencias al arte y sus efectos ilusionistas y de trampantojo por medio de una cúpula que se convertía en techo o suelo intercambiable en los diferentes actos. La estructura en cuatro planos dio el dinamismo necesario en perfecta simbiosis con la iluminación. Ambos aspectos contribuyeron a encadenar las escenas con naturalidad. Un teatrillo que a la vez hacía de ventana al exterior formaba el plano más alejado al fondo de la caja escénica, a partir del cual avanzaban los demás planos separados por paneles semitransparentes hasta el más cercano al público, que entraba en contacto directo con el exhibicionismo vocal del cantante.
Andrea Marcon, titular de la Orquesta Barroca de Venecia y auténtico especialista en el género, moldeó a su antojo a una versátil OSPA lejos de su repertorio habitual. Le acompañó para la ocasión su concertino así como los intérpretes del clave y la tiorba que proporcionaron ese sonido auténtico que se precisa. Ya desde la obertura en dos movimientos, también según el modelo francés, se desarrolló con rigor la exigente orquestación que Haendel creó de forma más espectacular de lo que solía, para captar a un público londinense reticente a las constantes luchas políticas de su compañía con la competencia.
En definitiva, el encaje de todas las piezas hizo posible lo que seguramente será uno de los mejores momentos de la historia de la temporada.
Fotografías cortesía de la Fundación Ópera de Oviedo © Carlospictures
Escribir a Eugenia Fernández Tejón