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Índices
Ópera en Milán
¡Una Carmen "siciliana" en Milano!
Massimo Viazzo
Carmen, opéra comique de Georges Bizet. Funcion del 20 de diciembre del 2009. Teatro alla Scala de Milan. Elenco: Anita Rachvelishvili (Carmen), Jonas Kaufmann (Don José), Erwin Schrott (Escamillo), Adriana Damato (Micaela), Adriana Kučerová (Mercedes), Michèle Losier (Frasquita) y otros. Regia y vestuarios: Emma Dante. Producción escénica: Richard Pedruzzi. Iluminación: Dominique Bruguière. Orquesta y coro del Teatro alla Scala de Milán. Director musical: Daniel Barenboim.
Dos fueron las apuestas ganadas por el intendente del Teatro Alla Scala Stéphane Lissner y por Daniel Barenboim, “maestro scaligero” hasta finales del 2013, en esta importante inauguración de temporada: la protagonista Anita Rachvelishvili de veinticinco años de edad, y la directora de escena la siciliana Emma Dante (quien de hecho debutaba en la escena lírica). La primera, es egresada de la Accademia della Scala, y la segunda, aunque tiene experiencia en la dirección de cierto nivel, es sólo en el ámbito del teatro de prosa, pero aun así ¡ambas convencieron!
Emma Dante mostró dotes fuera de lo común para poder captar la verdad escénica sin violentar la dramaturgia del libreto (en esta producción se reestablecieron los indispensables diálogos hablados). Poco importó que en lugar de España, la acción se haya ambientado en su Sicilia, sombría, intolerante, supersticiosa (con todo el despliegue de las procesiones, crucifijos, toldos y quemadores de incienso). Olvidando el folclore convencional, esta Carmen fue hecha con cuerpo, ritualidad y sensualidad mediterránea (las cigarreras en el baño fueron inolvidables) y así, hubieron tantas ideas, que sería verdaderamente largo enumerarlas todas, y quizás hasta sería poco sustancial.
Es suficiente afirmar que Emma Dante logró la difícil empresa de separar esta opera de ese cliché que la tradición tiene en gangrena, restituyéndola de manera viva, carnal, y también violenta (la pelea entre las cigarreras en el primer acto, como ejemplo, fue emblemática). Es normal que cuando el público (por fortuna sólo hubo una pequeña pero ruidosa facción) se encuentra desorientado comience a protestar. Pero creo que en el siguiente montaje de esta producción en noviembre del 2010, con Gustavo Dudamel en el podio, algunos censores pronunciarán un “mea culpa”.
Anita Rachvelishvili fue un verdadero descubrimiento. La joven georgiana cantó muy bien, con perfecta homogeneidad de timbre, logrando infundir calor y pasión a cada frase. La suya no pareció una Carmen diabólica, y mucho menos una femme fatale, pero sí una verdadera mujer que seducía con su fascinación natural.
Como Don José, Jonas Kaufmann conquistó por su timbre bronceado y por su insolencia y prestancia en el acento, pero sobre todo porque nos permitió admirar capacidad de frasear sombreando con claroscuros la línea musical (una cosa rara en los tenores en la actualidad). Más ordinario fue el fraseo de Erwin Schrott, un Escamillo que como actor es experimentado.
Un poco incómoda vocalmente estuvo Adriana Damato como Micaela. La intérprete es pálida y su voz pareció no tener los apoyos justos para poder transitar siempre de manera satisfactoria. Sin embargo, su prestación fue en “crescendo”. Al final de la representación y pensando en la dirección de orquesta me surge una pregunta: ¿le habría gustado a Nietzsche la Carmen de Daniel Barenboim? Cito a Friedrich Nietzsche porque fue justamente el propio filósofo alemán quien señaló que la obra maestra de Bizet era el justo antídoto para curar el “contagio” wagneriano (al cual ni él mismo permaneció inmune). De hecho aquella ligereza, brillantez solar, y aquella luz “africana” que tanto conmoviera a Nietzsche pareció no estar presente en las cuerdas del director de origen argentino. El peso fónico de los violines y alguna desviación en el tiempo, más lento de lo normal, no hicieron más que hacernos volver hacia el compositor del Ring. El mérito de Barenboim, fue el de haber exprimido frecuentemente la partitura dejando aflorar bellezas secretas aunque después, con inusitadas rupturas nos sumergió nuevamente en el clima fatal de la obra (magistral en tal sentido fue la “escena de las cartas”). Aquel crescendo rítmico y dinámico, muy calibrado y envolvente, que en la taberna de Lillas Pastia lleva a un enredo casi infernal tuvo algo de prodigioso. Un conductor temerario guiando una embarcación que navega segura en una “prima” debe ser algo para enmarcarse.
Fotografías cortesia del Teatro alla Scala - Milano ©Marco Brescia