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Índices
Ópera en Oviedo
Dramma Giocoso
Eugenia Fernández Tejón
Don Giovanni. Wolfgang Amadeus Mozart. Intérpretes: Bo Skovhus (barítono, Don Giovanni), Felipe Bou (bajo, El comendador), Cinzia Forte (soprano, Donna Anna), Antonio Lozano (tenor, Don Ottavio), Lioba Braun (mezzosoprano, Donna Elvira), Simón Orfila (bajo, Leporello), Joan Martín-Royo (barítono, Masetto), Ainhoa Garmendia (soprano, Zerlina). Dirección de escena e iluminación: Alfred Kirchner. Diseño de escenografía: Alfred Kirchner y Ulrich Schulz. Diseño de vestuario: María Elena Amos. Dirección musical: Pablo González. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Clave: Aarón Zapico. Mandolina: Héctor Braga. Violonchelo: Alejandro Marías. Dirección del coro: Patxi Aizpiri. Coro de la Ópera de Oviedo. Teatro Campoamor, 22, 24, 26 y 28 de Noviembre de 2009.
El éxito de Don Giovanni, tercer título de la temporada ovetense, fue unánime. El público se rindió ante un espectáculo equilibrado tanto en el aspecto vocal como en el escénico. Este hecho es importante si se tiene en cuenta que no se había vuelto a representar desde que se estrenara en 1996 y que Mozart es uno de los grandes olvidados del repertorio, con un sector del público todavía reticente a su obra.
El prestigioso escenógrafo Alfred Kirchner dio vida a esta coproducción entre la Ópera de Oviedo y el Theater Magdeburg con un montaje sin alardes, por otra parte imposibles en los tiempos que corren en que todo son recortes para el género, pero con recursos más sutiles como la ironía o el humor elegante y potenciando el filón de grandes actores que demostraron tener los cantantes.
El decorado se simplificó al máximo a partir de unas estructuras en forma de torre que cambiaban su posición e iluminación según el momento y con el contraste cromático en el vestuario como elemento estético principal. Ya pudimos reconocer hace dos años, con el estreno de Tristán und Isolde, su capacidad para captar la esencia dramática y narrativa, si bien en Don Giovanni el reto es diferente y viene determinado por la contradicción de una ópera que el propio autor definió como dramma giocoso. La propuesta de Kirchner manejó con naturalidad el límite borroso entre lo cómico y lo dramático sin que la puesta en escena perdiera en ningún momento credibilidad y consiguiendo que la acción no dejara de ser inteligible para el espectador a pesar de la compleja sucesión de escenas diferentes ideadas por su libretista Da Ponte.
Algunos momentos destacados fueron la escena en que Zerlina seducía a Masetto que colgaba y se balanceaba de un cable como si de una marioneta se tratara o la escena del Comendador, que aunque vocalmente le faltara densidad, desde el punto de vista teatral fue resuelta con convicción, incluyendo un descenso a los infiernos ingenioso y efectista.
Era imprescindible, ante la sobriedad escénica, el complemento de unas voces de nivel que al mismo tiempo supieran actuar, como así fue en su conjunto. El más flojo fue Don Giovanni, interpretado por el barítono danés Bo Skovhus. En las dos arias principales como solista ( Fin ch´han dal vino y Deh, vieni alla finestra ) se le escuchó forzado en las zonas altas de la tesitura y sin el brillo de barítono lírico que requiere el papel. Sin embargo, su sobrada experiencia al haberla representado más de 300 veces sirvió para recrear un protagonista de gran presencia física y que, según sus declaraciones, debía romper la tradicional concepción de simple conquistador fracasado y sin escrúpulos. Prefirió, en cambio, mostrarnos a un hombre valiente y libre para decidir su forma de vivir a pesar de las consecuencias, precedente de la Revolución cercana a la época en que fue escrita la obra.
Simón Orfila fue la voz de Leporello que estuvo perfecto desplegando seguridad vocal e intensidad expresiva, propia de bajo bufo, en sus arias emblemáticas como la del catálogo. Desde el primer recitativo secco, en el que las voces de ambos se vuelven intercambiables sin que se note a penas la transición entre ellas, se estableció la complicidad y el juego narcisista en espejo que implica a los dos personajes. A Don Giovanni le gusta contemplar la imagen que de sí le devuelve su criado y este se complace al convertirse en su cómplice, acercándole a la condición de gentilhombre a la que aspira.
En las otras voces masculinas destacó Antonio Lozano que sorprendió en su debut en la temporada con una interpretación ágil, aunque algo afectada, de Don Ottavio, adivinándose un futuro de éxito para este joven tenor. Del mismo modo Joan Martín-Royo, como Masetto, y Felipe Bou, como El Comendador, mantuvieron el nivel vocal y de acción en el escenario.
Las voces femeninas fueron lo mejor de la noche. La soprano Cinzia Forte, con un timbre cálido y equilibrado de registros, nos ofreció una Donna Anna distinguida y noble que evidencia en su estilo contenido los límites que le impone su rango social y le impiden ser libre para expresar sus verdaderos sentimientos. Por su contra, Donna Elvira es la mujer ardiente, marcada por la vida y el amor ultrajado que debe superar las difíciles variaciones de su línea vocal que va del extremo agudo al grave con intervalos de 9ª mayor ya desde la primera escena. Estas dislocaciones vocales no fueron problema para una experimentada Lioba Braun que quiso probar un rol nuevo para ella ya que es especialista en Wagner. En el primer acto le costó contener el ímpetu expresivo al que está acostumbrada pero a medida que se desarrollaba la representación fue controlando la emisión y se dejó llevar por una actuación muy lograda tanto en las partes más cómicas como en las que requerían temperamento y pasión. Ainhoa Garmendia bordó una Zerlina pícara y seductora con una voz adecuada, ligera, extensa en el agudo y con la levedad que requieren sus melodías en series de figuras cortas.
El público ovetense acogió calurosamente al director de orquesta asturiano Pablo González que ya cuenta con una brillante carrera y una gran proyección internacional. Aunque este no es un repertorio habitual para la OSPA supo transmitir la sutileza del estilo de Mozart que maneja las familias instrumentales con un sentido psicológico de la trama y que debe adaptarse en cada momento al acompañamiento o al protagonismo. Resolvió con maestría el difícil efecto de estereofonía cuando la orquesta debe dividirse entre el foso y el escenario, incluso ante el problema de espacio que supone la superposición de tres orquestas que interpretan tres danzas, distintas en métrica e instrumentos pero que deben sonar juntas tal como era costumbre en los bailes públicos de Viena. Lo que fue esbozado en la obertura tuvo su momento más sublime en el último acto en la escena en que la estatua del Comendador acude a la cena de Don Giovanni y en donde se nos mostró todo el despliegue orquestal con la intervención del viento metal, reservado por Mozart para marcar este momento sobrenatural.
Por último destacar la perfecta ejecución de Aarón Zapico al clave en los recitativos, acorde con la brillante labor que lleva realizando como líder de la agrupación de cámara Forma Antiqva.
Fotografías cortesía de la Fundación Ópera de Oviedo © Carlospictures
Escribir a Eugenia Fernández Tejón