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Disco del mes

El volumen VI de la integral de Albéniz

Joaquim Zueras Navarro

Isaac Albéniz, Piano Music Volume VI: Rapsodia española (versión para piano y orquesta), Concierto Fantástico para piano y orquesta, Navarra, Sonata nº5, Troisième Suite Ancienne, Azulejos. Miguel Baselga, piano; Orquesta Sinfónica de Tenerife; Lü Jia, director. Sello: Bis, CD 1745.

Isaac Albéniz, Piano Music Volume VI

Si los anteriores volúmenes de esta integral de Albéniz me parecieron relevantes, frecuentando su escucha con verdadero placer, éste último tiene algo que me lleva a calificarlo de imprescindible: a la singular poética interpretativa y portentosa técnica de Miguel Baselga, se añaden ahora elementos de cierto interés, como por ejemplo Navarra acabada por Pilar Bayona, la versión piano-orquestal escogida para la Rapsodia española... por no hablar del conmovedor texto de Antonio Muñoz Molina, incluido en la carpetilla.

La Rapsodia española (1886-1887) fue escrita originalmente para dos pianos, pero pronto aparecieron diferentes versiones para piano y orquesta y una reducción para piano solo. Aquí se ha utilizado la elaborada por el musicólogo Jacinto Torres. Tras un inicio algo lánguido y misterioso al que siguen unos arpegios apretados y febriles, escuchamos desfilar una petenera, una malagueña, una jota y una estudiantina. Como ya señalara el biógrafo Gabriel Laplane, es la primera tentativa de Albéniz para otorgar derecho de ciudadanía al arte popular en una composición ambiciosa.

El Concierto para piano y orquesta en la menor (1887), llamado “fantástico”, consta de un primer movimiento melancólico, interrumpido por pasajes burbujeantes que no logran disipar, salvo al final, una  atmósfera  tan poética, tan schumanniana. Le sigue una Rêverie que dice expresar “la vaguedad de un ensueño”, a la que se opone un radiante Presto en el que detectamos la influencia de Mendelssohn. El Allegro final recupera ideas del Allegro inicial, utilizando una expresión más decidida. La obra es de un eclecticismo amable y complaciente, que busca agradar sin entrar en complejidades y asombramos con la virtuosística audición del Scherzo (Presto), poniendo a prueba al ejecutante.

Pasemos ahora a las piezas para piano solo. Una característica de los compositores tardorrománticos fue la de reparar en el pasado, revisitando formas musicales en desuso. Albéniz conocía bien la música antigua y era un intérprete excepcional de las obras de Scarlatti, las cuales programaba por entonces en sus conciertos. Son testimonio de este afecto por la tradición olvidada sus tres Suites antiguas, que prueban hasta qué punto había penetrado en el estilo de los clavecinistas franceses e italianos. La Troisième Suite Ancienne (1887) agrupa un grácil Minuetto y una aristocrática Gavotta, en donde no faltan los mordentes utilizados como un hábil efecto de arcaismo. Parece que Albéniz compuso hasta siete Sonatas, pero de la Segunda y la Sexta no hay ninguna referencia, por lo que se sospecha de un error o de algún plan por parte de Albéniz o de sus editores que no llegó a cuajar. Empezó la Primera y la Séptima pero nunca las terminó. Sólo la Tercera, la Cuarta y la Quinta podemos disfrutarlas por completo. La Sonata para piano Nº5 (1888) en cuatro movimientos era su preferida. Albéniz no atendió tanto al equilibrio formal del conjunto en aras de un discurso pianístico amplio y libre, en el que percibimos ecos de la música de Chopin, Schumann y Scarlatti.

En 1903 aparecieron los problemas de salud, una nefritis crónica agravada por problemas cardíacos. Se retiró para descansar cerca de Niza, en donde Fauré lo visitó en repetidas ocasiones. En 1908 volvió a París, comprendiendo que estaba deshauciado. En su casa de Passy recibía a cuantos músicos franceses se acercaban preocupados por su estado, mientras Marguerite Long interpretaba sus obras. En la primavera de 1909 se instaló en Cambo-les-Bains, falleciendo el día 18 de mayo de 1909, dejando inacabadas dos obras. Navarra, cuyo manuscrito quedó interrumpido en el compás 245, es una pieza a ritmo de jota recia y deslumbrante, de intrincado acompañamiento. La completó Déodat de Séverac, aunque aquí se nos invita a otra oportuna propuesta de Pilar Bayona (1897-1979). El aroma extrovertido y alegre de Navarra contrasta con el intimismo impresionista de Azulejos, para el crítico Justo Romero: “de una exquisitez melódica y tímbrica que anuncia y se anticipa a los pentagramas ravelianos. Obra de última madurez, Azulejos es, sin duda, verdadera obra maestra del repertorio pianístico de todos los tiempos, digna de figurar junto a las doce maravillosas joyas de Iberia”. Enrique Granados acabó la composición y Miguel Baselga realiza un cambio al final que se detalla en la carpetilla.

La Orquesta Sinfónica de Tenerife se muestra sólida, compacta y sutil en todos los matices y texturas. A Miguel Baselga lo avalan elogiosas críticas en medios tan prestigiosos como The New York Times,  Sunday Times, Jyllands-Posten, BBC Music Magazine o Le Monde de la Musique; comentarios que suscribo en su totalidad.

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