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Ópera en Madrid

Una “Jenůfa” en condiciones

Carlos de Matesanz

Jenůfa

Temporada Lírica del Teatro Real. Leoš Janáček: “Jenůfa”, ópera en tres actos con libreto del compositor basado en una obra de Gabriela Preissová. Nueva producción del Real en coproducción con La Scala de Milán, basado en una producción del Châtelet de París. Dir. Escena y escenografía: Stéphane Braunschweig. Figurines: Thibault Vancraenenbroeck. Iluminación: Marion Hewlett. Dir. Musical: Ivor Bolton. 8 /10 de diciembre de 2009. 20:00 h. Jenůfa: Amanda Roocroft / Andrea Danková, Kostelnička: Deborah Polaski / Anja Silja, Laca: Miroslav Dvorský / Jorma Silvasti, Steva: Nikolai Schukoff / Gordon Gietz, Abuela Buryja: Mette Ejsing, Capataz: Károly Szemerédy, Alcalde: Miguel Sola, Su mujer: Marta Mathéu, Karolka: Marta Ubieta.

Las puestas en escena minimalistas se llevan mucho, ya se sabe: poco aparato escénico, más concentración de la acción, presupuestos más accesibles y menos quebraderos de cabeza para unos directores de escena que cada vez saben mover menos y peor a las masas por el escenario; o sea: menos bulto y más claridad, que se decía en mi pueblo. La “Jenůfa” que ha estrenado el Teatro Real de Madrid para despedir el año 2009, y que es de las pocas óperas de Leoš Janáček que le quedaba por escenificar, es de éstas. Lo cual, aunque peligroso, no es bueno ni malo per se; todo depende, como la energía atómica, del uso que se le dé.

En este caso, se le ha dado el buen uso: la acción escénica no se desnuda y se vacía –como en la “Lulu” que abrió la temporada–, sino que se concentra en unos actores realmente bien dirigidos; los espacios se transforman mínimamente pero los ambientes cambian muy significativamente según la disposición que adopten los paneles de madera laterales, que son casi el único elemento escénico disponible. La iluminación cobra una especial importancia para la creación de esos ambientes, y, en este caso, un diez es poco para calificar la certerísima sobriedad con que la iluminación funcionó. Quede como ejemplo el momento central de la obra –la febril ensoñación de la protagonista mientras su hijo está siendo ahogado por la Sacristana–, en que una brillante luz cenital ilumina a Jenůfa sobre la cuna del niño mientras cae una nieve cenicienta sobre el escenario.

Sobre tan despejado escenario se movieron dos repartos de cantantes que actuaron de este mismo modo: sobria y concentradamente. En cuanto al canto, cada cual dio todo lo que pudo de sí, que en algunos casos fue mucho. Si ninguno de los cuatro tenores convocados en los dos repartos para dar vida a los hermanastros Laca y Steva alcanzaron el ideal de lo que sus papeles exigen vocalmente –habría que destacar a Miro Dvorský (quien tuvo, retuvo)–, las cuatro sopranos resultaron realmente notables, aventajando las del primer reparto a las del segundo. La Jenůfa de Amanda Roocroft estuvo soberbiamente actuada, transmitiendo la angustia del personaje desde el comienzo, y cantada con enorme astucia y conocimiento, no dejando la voz libre hasta el final mismo de la obra, evitando así que las durezas del registro agudo afloraran hasta que la circunstancia dramática pudiera justificarlas. Andrea Danková hizo una Jenůfa menos eléctrica e intensa, aunque su voz, más joven y cremosa, es realmente hermosa, oscura y lírica a la vez.

Leoš Janáček: “Jenůfa”

En el papel de la sacristana Kostelnička, Deborah Polaski conserva aún sus arrestos de soprano wagneriana de pro para darle un gran empaque vocal al personaje, además de que tiene el físico exacto, por edad y presencia, para el papel; Anja Silja, con un físico más para la abuela Buryja que para la Sacristana, conserva muchísimo menos caudal (74 años y medio son muchos años y medio) pero sus acentos son más imperiosos y la actuación es la de una actriz de raza (sus padres fueron actores). Los numerosos papeles menores estuvieron, sin excepción, magníficamente cubiertos; aunque habría que destacar el caudal vocal de Károly Szemerédy como el capataz y la dulzura de Marta Ubieta como Karolka.

Pero la auténtica protagonista, la narradora del drama, fue la orquesta que, en buena forma, estuvo dirigida por un exultante y enérgico Ivor Bolton, que sudó la camiseta a base de bien en una interpretación entusiasta y muy sentida. Los colores luminosos y líricos, de clara filiación dvořakiana, que aparecen en esta obra primeriza mucho más que en otras óperas posteriores de Janáček, fluyeron sin complejos y llenos de pujanza en momentos como el preludio del acto II. Sin embargo, tanta energía llevó a Bolton a abusar en líneas generales del volumen orquestal en detrimento de las voces. Única pega que podría ponerse a estas representaciones que nos han permitido disfrutar de una “Jenůfa” en condiciones, a la altura de los anteriores títulos del mismo compositor que han podido verse en el coliseo madrileño.

Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real