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Índices
Ópera en Valencia
Pura poesía
Fernando Morales
Palau de les Arts Reina Sofía. 9 de diciembre de 2009. Madama Butterfly, tragedia japonesa en tres actos. Música: Giacomo Puccini. Libreto: Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Estrenada en Milán, Teatro alla Scala el 17 de febrero de 1904. Cio-Cio San: Oksana Dyka. Suzuki: Marianna Pizzolato. Kate Pinkerton: Dolores Lahuerta. Pinkerton: Misha Didyk. Sharpless: Gevorg Hakobyan. Goro: Emilio Sánchez. Yamadori: Paul Armin Edelmann. Zio Bonzo: Abramo Rosalen. Comisario Imperial: Lluís Martínez. Oficial del registro: Boro Giner. Dolore: Héctor Ros. Producción Teatro Wielki (Opera Narodowa), Varsovia. Director Musical: Lorin Maazel. Director de Escena: Mariusz Treliński. Escenógrafo: Boris Kudlička. Vestuario: Magdalena Tesławska, Paweł Grabarczyk. Iluminador: Tomasz Mierzwa. Coreografía: Emil Wesołowski. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del Coro: Francesc Perales.
Al final, de tanto repetirse... resultará que no se podrá decir nada que no se haya dicho. Por lo menos, esta reposición de Butterfly era una producción diferente a esa clásica y estupenda que disfrutamos la pasada temporada procedente de La Scala de Milán. Porque por lo demás, lo mismo de entonces, rememoramos.
¿Por qué un teatro latino –en este caso valenciano-, se obstina en voces del este para papeles en lengua latina? Digo yo que serán más baratos que los españoles, porque para lo que se trae, damos cancha a los nuestros. Digo yo. Vuelta con lo de la dicción, que mira que es incómodo escuchar a un georgiano decir “quel diavolo d’un Pinkerton!”. Es un ejemplo, ahora mismo no sé si el Sharpless era georgiano o uzbeko o ucraniano, que en realidad no me molesta, pero sucede que es una constante.
No era, por otra parte, japonesa u oriental, la protagonista. Era, esta sí, ucraniana y realmente lo mejor vocalmente de la noche, lo que es lo más necesario para un título así, tener una pareja femenina de nivel. Oksana Dyka mostró una voz lírica de buena categoría, que mantuvo la frescura a pesar de incrementar progresivamente la tensión dramática.
Acompañada por una Suzuki muy plausible como la ¡¡¡italiana!!! Marianna Pizzolato, perfecta partenaire de la protagonista, especialmente en el dúo del segundo acto, en el que alcanzaron cotas de belleza portentosas -claro que cuando uno conduce un Ferrari, todo es más bonito... pero ya hablaremos del Ferrari Lorin...-.
Los chicos, más discretos. Todos. Que Pinkerton no sea excesivamente bueno, pasa, porque todos lo odiamos con todas nuestras fuerzas –al personaje, claro-, pero que el Sharpless no sea noblote..., pues molesta un poco más, porque su escena del segundo acto es el auténtico corazón del melodrama. Gevorg Hakobyan fue pasable, pero sin más, ni xixa ni llimonà, que decimos por estos pagos.
Francesc Perales capitanea un Cor de la Generalitat que ya no es ninguna sorpresa. Como siempre, efectivos y efectistas cuando fue necesario. Como la orquesta, auténtico terciopelo.
Acomódense que ahora va el jefe: Lorin Maazel. ¿Qué más da cómo se cante o lo que sucede en el escenario cuando lo que se está haciendo en el foso es pura poesía? Y el caso es que el año pasado –en realidad casi dos años-, también dirigió él, pero... es que cada vez lo hace nuevo, siempre encuentra algo, descubre mil y un detalles... Comenzó más lento de lo habitual, especialmente el fugato que abre la obra, y parecía que no tenía excesivas ganas de sorprender o que le había abandonado la inspiración, pero... ¡menuda nos tenía preparada! Ya el dúo Pinkerton-Butterfly que cierra el primer acto fue una delicia de claroscuros, de fraseos acariciantes, un lujo para las voces, pero el inicio del segundo acto fue clamoroso. El acompañamiento del famosísimo Un bel dì vedremo fue de los de hacer época. Vaya empleo del rubato, del ritenuto, del accelerando, del crescendo, etc... Oksana Dyka lo tuvo fácil, en bandeja de plata. Lo que hizo Lorin Maazel con el dúo del final del segundo acto, junto a las dos mujeres, fue sencillamente milagroso. Nunca jamás un servidor se había conmovido ni había sido capaz de descubrir las sutilezas que este fragmento tiene. Realmente se podía oler la música con el acompañamiento de Maazel, una vez más “¡Bravo, maestro!”. También magistral el coro a bocca chiusa que enlaza segundo y tercer acto, y en definitiva, el tercer acto. Para qué abundar en lo dicho: un lujo tenemos en Valencia, y solo él hace que merezca la pena acudir a la ópera.
En cuanto a la producción, tampoco es que descubriera América; fue bonita, práctica, con algunos momentos un tanto discutibles, pero en general bastante acertada. Personalmente, los grandes telares en gris colgando del techo con ese mobiliario que parecía sacado del Ikea, y ese caracter japonés sobre la tela, me hacía pensar que estaba en la tienda Loewe y que en cualquier momento iba a aparecer alguien cargado con bolsos de señora de marca. La coreografía de Emil Wesołowski fantástica. Especialmente impactante fue la figura de la madre siguiendo a su hija, como avanzándole el triste destino que se le avecinaba.
Una Butterfly que mereció la pena, aunque con ese genio en el foso la apuesta era a caballo ganador.
Fotografía cortesía Palau de les Arts Reina Sofía ©Tato Baeza
Escribir a Fernando Morales