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Índices
Temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España
La ONE: que si no, que si sí, pero casi como que no
Carlos de Matesanz
Auditorio Nacional. Temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España.
28 de noviembre de 2009. 19:30 h. Katherine Broderick (soprano), Marie-Claude Chappuis (mezzo), Robert Murray (tenor) y Franz-Joseph Selig (bajo); dir: Simone Young. A. Gª Abril: “Cantico de las siete estrellas”, A. Bruckner: Misa nº 3 en Fa menor.
6 de diciembre de 2009. 11:30 h. Leticia Moreno (violín); dir: Josep Pons. W.A. Mozart: Sinfonías nº 27 en Sol mayor y nº 40 en Sol menor, E. Lalo: “Sinfonía Española”, Op. 21.
18 de diciembre de 2009. 11:30 h. Christina Landshamer (soprano), Iestyn Davies (contratenor), Tilman Lichdi (tenor) y Klaus Mertens (bajo); dir: Ton Koopman. J.S. Bach: Oratorio de Navidad, partes I-II-III.
La Orquesta Nacional de España continúa dando una de cal y otra de arena con tanta frecuencia que uno no sabe si es que esta agrupación ya no tiene remedio y vive en un impasse eterno o es que mejora (o empeora) con un ritmo tan sutil y dilatado que uno ya no es capaz de apreciar la trayectoria; al comienzo de la “era Pons”, la mejoría parecía tan evidente como esperanzadora: ahora ya no está uno tan seguro. Al que sí que se le aprecia claramente la trayectoria es al Coro Nacional: lleva un par de temporadas de un gritón, que da miedo.
Los dos Antones
Él fue el responsable de que descendiera apreciablemente el nivel del primero de los programas reseñados, ya que intervino en ambas obras. Un programa interesante que unía a dos Antones: Bruckner y, salvando las distancias, García Abril. De este último, se estrenaba el “Cántico de las siete estrellas”, una pieza para orquesta y coro de unos veinticinco minutos de duración cuyo título hace referencia a las estrellas de la bandera de la Comunidad madrileña, pero cuyo texto –escrito por el compositor mismo– no alude a ella de modo directo. Una obra llena de dulzura y encanto un tanto acaramelado pero no empachante, muy agradable de escuchar –como suele ser habitual en el maestro aragonés– y escrita con la sabiduría de un artesano veterano que se las sabe todas. La directora, además, leyó la obra con atención y mimo.
Sin embargo, Simone Young esperaba a la segunda parte para ponerse las botas –o, en su caso, los zapatos de alto y finísimo tacón de aguja– con la fantástica Misa en Fa mayor de Bruckner. La competentísima maestra australiana, probablemente consciente de las limitaciones de los conjuntos que tenía delante, se dejó de trascendencias y refinamientos metafísicos, y fue derecha al grano. Dictó una interpretación directa, movida, basada en los constantes contrastes dinámicos que animan la obra, limando aristas más que definiéndolas y manteniendo en todo momento un pulso más dramático que trascendente, denunciando tal vez su habitual trabajo en fosos como el de la Ópera de Hamburgo, de la que es directora musical. Desde esos presupuestos, impulsó, con mucha energía y dominio, una interpretación vibrante, en la que las melodías cobraron un realce inusitado en una obra tan polifónica y habitualmente servida de un modo mucho más denso. De entre los solistas, destacar a la soprano Katherine Broderick por su excelente estado vocal, y al solemne y resonante Franz-Joseph Selig, de pastosa voz de “tiefer bass”.
Los dos Mozart
Libre del lastre del coro, esperábamos que la orquesta brillase en un programa que, entre lo clásico y lo romántico, parecía fácil de disfrutar y no difícil de redondear. Pero, para una orquesta como la Nacional, que no se preocupa ni lo más mínimo de “reciclarse” con música del XVIII –que es perfecta para “limpiar los bajos”– y que basa su repertorio en las obras más masivas de épocas posteriores, creyendo tal vez que “tocar muchos” es “tocar mejor”, dar vida a una sinfonía de Mozart es tarea casi imposible, aunque la dirija su titular, Josep Pons. La Sinfonía nº 27, K. 199, desde luego quedó ayuna de toda la gracia y el encanto que la obra pide a gritos, leída sin más, como quien la toca a modo de calentamiento. También la versión de la celebérrima Sinfonía nº 40, K. 550 fue discreta, no especialmente imaginativa, con tempi poco contrastados, pero, eso sí, con un momento magnífico: el Minuetto fue atacado a gran velocidad, con brío e intención, creando un revelador contraste con la parte central lenta, en la que las maderas tuvieron mucho que decir, aunque no lo dijeran con gran belleza sonora.
Entre ambas sinfonías, interpretóse una bien distinta: la Sinfonía Española de Edouard Lalo, en la que el acompañamiento orquestal fue adecuado y nunca obstaculizó la labor de la violinista solista: una Leticia Moreno totalmente dominadora tanto de la partitura como del instrumento, sin problemas ni de volumen ni de registros, pero extraordinariamente mecánica, que no le dio ni el charme ni el desgarro ni los arrestos que la obra, de tan cambiantes ambientes, permite y requiere.
Y al tercer concierto, resucitó
Y eso que es en el que menos felices nos las prometíamos, visto lo visto. Pero la presencia de un tan gran veterano como Ton Koopman en un repertorio que le es tan afín, obró el milagro. Muy sensatamente, no se cargó al conjunto con el trabajo ímprobo de dar el Oratorio de Navidad de Bach completo, sino sólo las tres primeras cantatas. Y, así, relajada y bien ensayada, la orquesta sonó empastada, cálida y redonda, con una dirección que no tuvo miedo de extraer un sonido romántico –sólo en algunos pasajes– de una orquesta “romántica”, aunque hizo tocar a las cuerdas con muy poco vibrato. Por lo demás, la interpretación fue de tempi generalmente animados, pero, a la vez, muy espiritual y sentida.
El coro estuvo más en su sazón que en la Misa de Bruckner o que en la Novena de Beethoven que cantó con la Sinfónica de Madrid sencillamente porque se le exigió menos, sobre todo en volumen. De entre los solistas, destacaron claramente el muy joven y delicado contratenor Iestyn Davies –que tenía que haber debutado en Madrid en la “Agrippina” händeliana del Real, de la que se descolgó a última hora– y el veterano bajo Klaus Mertens, que sigue manteniendo un empaque vocal considerable y un fraseo bachiano de primera, y al que, además, el frac le sienta imponentemente.