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Índices
XV Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo
Zacharias y Zimerman en el CGI
Antonio José López Domínguez
XV Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Auditorio Nacional de Música de Madrid.
Christian Zacharias (piano). L. van Beethoven (1770-1827): Sonata nº 6 en fa mayor op. 10, nº 2; K. Stockhausen (1928-2007): Tres signos del zodiaco de "Tierkreis" : Cancer, Aquaris, Tauru; J. Brahms (1774-1856): "Baladas" op.10; F. Schubert (1797-1828): Sonata en re mayor D850. 13 de Enero de 2010.
Christian Zimerman (piano). Obras de F. Chopin (1810-49), 25 de Enero de 2010.
Christian Zacharias (Jamshedpur, 1950) abre el XV Ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo en el Auditorio Nacional de Madrid. Primera cita de las diez que componen el surtido elenco de recitales de esta temporada. La expectación fue enorme para la que ya es una cita inamovible dentro de la vida cultural de nuestro país, esta vez a cargo de uno de los pianistas que se ha constituido durante estos años como uno de los más frecuentes dentro del ciclo. Asistimos a un recital soberbio de Zacharias, un pianista extraordinario pleno de musicalidad y elegancia. Una interpretación sin excesos, totalmente transparente y rigurosa de un programa ciertamente comprometido. Antes de iniciar el recital se dirigió a los allí presentes para comunicar que la primera parte iba a englobar Beethoven, Stockhausen y Brahms, y no sólo hasta Stockhausen como indicaba el programa.
Espontáneo en su indumentaria, de gesto concentrado y expresivo, inició el recital con un Beethoven quizás algo comedido, pero interpretado elegantemente con un dominio técnico impecable. El Stockhausen fue una grata sorpresa donde combinó sutilidad y expresión para recrear un ambiente delicado con ciertas sonoridades orientalizantes. Por el contrario, a las Baladas de Brahms le faltaron magia y encanto, aunque realizó una lectura sólida y rigurosa. La Sonata de Schubert fue la mejor obra de la noche. Zacharias hizo gala de un discurso musical fluido, muy nítido, articulado dentro de una coherencia estructural muy explícita y empapado de cierto grado de intimismo. Generoso con las propinas, nos ofreció dos intermezzi de Brahms, de mayor calidad que las baladas, para finalizar el recital.
Por su parte, el pianista polaco Krystian Zimerman (Zabrze, 1956) cosechó un éxito abrumador en su reencuentro con el público madrileño en el Auditorio Nacional de Madrid. Hay que reseñar que todos los allí presentes sufrimos un control de seguridad previo debido a la asistencia de Su Majestad la Reina Doña Sofía a la contigua sala de cámara del Auditorio Nacional. Antes de iniciar la velada, Zimerman se dirigió al público para dedicar el recital a la recientemente fallecida Alicia de Larrocha, de quien fue profeso admirador.
En lo artístico el recital fue todo un cúmulo de perfección técnica y sensibilidad musical que fue in crescendo durante la velada. Cuidadoso y meticuloso hasta la obsesión, el pianista polaco consiguió, desde el Nocturno inicial, una calidad sonora extraordinaria que mantuvo durante todas sus interpretaciones: su sonido es siempre redondo incluso en los fortes, que nunca llega a forzar. Krystian Zimerman gusta de dejar abiertos sus programas hasta el mismo comienzo del recital. De hecho, se comunicó a última hora que abordaría un programa monográfico centrado en Frédéric Chopin, compositor del que este año se celebra el bicentenario de su nacimiento. Además de las Sonatas nº 2 y nº 3, el pianista interpretó el Nocturno op. 15, nº 2, el Scherzo nº 2 y la Barcarola op 60.
Comenzó con un íntimo y evocador Nocturno, ya con unas dosis de delicadeza, elegancia y seguridad inauditas, para afrontar con gran brillantez y sólida construcción la Sonata nº 2, colmada de fraseo belcantista, con un total control de las dinámicas y los tempi, de un virtuosismo apabullante y una limpieza total de ejecución. En el fogoso Scherzo nº 2 en si menor, Zimerman manifestó todavía más todo su lirismo en un contexto perfectamente graduado donde sucesivamente aparecían nuevas sonoridades de su amplia paleta de matices y colores. En la Sonata nº 3 incluso creció su nivel de pianismo; interpretó cada movimiento a la perfección, dueño de los tempi, siempre destilando sensibilidad y belleza y haciendo gala de un perfecto control. Inolvidable fue el clima poético creado por Zimerman en el tercer movimiento de esta sonata. Concluyó el programa con una Barcarola llena de sutileza, al igual que destiló la deliciosa versión del Vals op. 64 nº 2 con que agradeció las cerradas ovaciones finales. La cita se convirtió en un concierto de referencia que se recordará durante mucho tiempo. Un Chopin incomparable interpretado por un pianista de leyenda.
Fotografías ©Rafa Martín, cortesía de la Fundación Scherzo
Escribir a Antonio José López Domínguez