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En el 200 aniversario de su nacimiento (1810-2010)

Chopin, el alma

Paula Coronas

Frédéric Chopin

Probablemente penetrar en la sensibilidad y en el pensamiento artístico del prodigioso Frédéric Chopin (Zelazowa-Wola, Polonia, 1810) es más complejo de lo pensamos. Su irresistible propensión a la melancolía que se apodera de él hacia los veinte años, coincidiendo con su marcha de Varsovia, y su alejamiento de los seres y de los lugares que le son queridos, tiñe su existencia de amargura, de dolor. Un destino solitario marca afinidades con las tendencias hipocondríacas con la edad madura: introvertido, extremadamente débil, casi enfermizo. Su espíritu sensible rodeado de una atmósfera específicamente femenina del hogar familiar –donde hasta los trece años Chopin vivirá bajo la influencia de su madre y sus tres hermanas– configura un carácter demasiado proclive a conmoverse por la menor contrariedad. Sin duda, su ternura y apasionante temperamento no se encuentran entre parámetros de normalidad, casi todo en Chopin es excesivo, especial, extraordinariamente diferente a los demás.

Proceso compositivo

El proceso compositivo en Chopin era tan duro como milagroso, tan espontáneo y a la vez tan doloroso. Su compañera y confidente, la poetisa francesa Jorge Sand describe así este momento:

            “Su creación era espontánea, milagrosa. La encontraba sin buscarla, sin preverla. Acudía de repente a su piano, cantaba una melodía en su cabeza durante un paseo y se apresuraba a hacérselo oír a sí mismo, volcándola sobre el teclado. Entonces comenzaba la labor más dolosa que he visto. Era una sucesión de esfuerzos, de irresoluciones y de impaciencias con objeto de asir ciertos detalles del tema de su audición. Lo que había concebido en bloque, lo analizaba demasiado al escribirlo, y su disgusto cuando no lo encontraba claro, le sumía en la desesperación, según él mismo decía. Pasaba días enteros encerrado en su cuarto, llorando, dando zancadas, rompiendo las plumas, repitiendo o cambiando cien veces para volver a empezar a la mañana siguiente con una perseverancia minuciosa y desesperada…” (1) .

El piano

Frédéric Chopin se empapa de la cultura operística propugnada por Mozart. Su paradigma expresivo es la voz humana, la línea melódica que canta, sugiere y seduce por su belleza y flexibilidad. Es por esto que encuentra en el instrumento del piano el medio ideal para volcar su lenguaje íntimo y poético. Chopin siempre permanecerá ligado a la historia musical por su composición para piano, al que dedica exclusivamente toda su atención.

“Bajo sus dedos, cada frase musical sonaba como un canto, con tal claridad que cada nota tomaba el significado de una sílaba, cada compás el de una palabra. Cada frase el de un pensamiento. Era una declamación ajena a todo pathos, al mismo tiempo sencilla y noble” (2) .

Concretamente el compositor sentía predilección por determinados modelos de pianos: los Pleyel. Los constructores de estos instrumentos, Ignaz Pleyel y su hijo Camille, introdujeron aspectos mecánicos novedosos orientados básicamente al refinamiento del timbre y no la potenciación o brillantez sonora. Se trataba de teclados muy ligeros que ofrecían gran nitidez y precisión en el cantábile y en la expresión del sonido. Sin embargo, aún mantenían el mecanismo de escape sencillo, renunciando por tanto a las posibilidades que ofrecía el doble escape.

“Eran éstos los pianos que Chopin a amaba: instrumentos con una sonoridad plateada, dulce y transparente, que tendían a “romper” su sonido al sobrepasar el umbral del forte […]. Un Pleyel de 1840 condensaba entre el pianissimo y el mezzoforte toda la riqueza de matices necesaria para personalizar la interpretación" (3) .

Evidentemente la pureza y naturalidad de su propuesta musical hallaba en esta clase de pianos la canalización idónea para transmitir su pensamiento artístico. Pretendía ante todo conseguir la relajación en el instrumento, la facilidad en la técnica, con movimientos y gestos cómodos, rechazando en todo momento el artilugio y la superficialidad de acrobáticos ejercicios en busca del efecto. Alejado de exageraciones, su pianismo huía de los contrastes fuertes y las sonoridades estridentes. Aparentemente frágil, su volumen sonoro motivó numerosas discusiones al respecto.

            “Su apego a la “vieja escuela” del legato, la que proviene de Clementi a través de sus alumnos Cramer y Field, su pulsación suave, lo hacen aparecer un poco como “vieja guardia” comparado con las hazañas de la nueva escuela de virtuosos que utilizan al máximo las facilidades del mecanismo de Erard” (4) .

Chopin pianista

Todo nos lleva a pensar que Chopin fue un pianista radicalmente diferente a los intérpretes de la época, pues su estética desprovista de cualquier exhibicionismo y en la línea de una sonoridad extremadamente reducida, nada tenía en común con las costumbres concertísticas de sus coetáneos. Tocó realmente poco en público. Ofreció a lo largo de toda su vida una treintena de conciertos. Pero esto nunca le preocupó demasiado. Así lo asegura el propio Chopin con motivo de su debut en Viena en el verano de 1829:

            “Según la opinión general, mi interpretación se ha caracterizado por una sonoridad demasiado débil o, mejor dicho, demasiado delicada para el gusto de oyentes como éstos, acostumbrados a escuchar a los artistas destrozando su instrumento. No importa, es imposible que no haya algún “pero”, y prefiero esto a oír decir que toco demasiado fuerte” (5) .

El músico se mantuvo en general apartado de las grandes salas de conciertos, de los solistas y virtuosos del momento, limitándose a actuar en soirées privadas, en salones de reducidas dimensiones y escaso público. Era consciente de que ni su sensibilidad ni su extraordinaria delicadeza sonora eran las cualidades apreciadas por el gran público.

Es indudable que su nuevo estilo y lenguaje, vinculados estrechamente al piano, aportaron aspectos novedosos e interesantes como el nacimiento o resurgimiento de nuevas formas musicales: estudios, preludios, baladas, scherzos, nocturnos, polonesas, mazurcas, impromptus, sonatas, valses, fantasías, variaciones y conciertos.

Chopin pedagogo

Obligado por las difíciles circunstancias económicas que atraviesa, Chopin se dedicó a impartir lecciones como medio de vida. Su labor pedagógica supuso para él una fuente de ingreso más lucrativa que los conciertos –en su mayoría ofrecidos para fines caritativos o para amigos– y que la propia publicación y edición de sus obras. Al parecer cobraba unos veinte francos por hora, y se constata que la gran mayoría de sus alumnos fueron exiliados polacos y jóvenes damas de la alta sociedad parisina. Tan sólo cabe destacar entre la nómina de sus discípulos algunos nombres de verdadero talento: Adolf Gutmann, Georges Mathias, la princesa Marcelina Czartoryska, y el niño prodigio, Carl Filtsch, fallecido trágicamente a la edad de quince años.

En cualquier caso Chopin no fue nunca considerado gran pedagogo con capacidad para liderar ninguna escuela ni tendencia. Su legado –no por ello menos valioso– sugiere innumerables intuiciones y sensaciones transmitidas y testimoniadas a través de sus enseñanzas privadas y de un inconcluso Método recuperado en el año 1993 por Jean-Jacques Eigeldinger, quien los ha vuelto a publicar junto a una selección de documentos de interés relacionados con la técnica chopiniana.

            “Había proyectado escribir un método en el que pensaba resumir sus ideas sobre la teoría y la técnica de su arte y consignar el fruto de sus largos trabajos, de sus acertadas innovaciones y de sus ingeniosas experiencias. La tarea era seria y exigía redoblar el esfuerzo. Pero las fuerzas de Chopin ya no bastan a sus propósitos, aquella ocupación fue demasiado abstracta, demasiado absorbente. Continuó ideando el contorno de su proyecto, habló de él en diversas ocasiones, su ejecución le resultó imposible, tan sólo trazó algunas páginas […]” (6) .

Parece claro que el documento no revestía gran interés. Recogía una serie de consideraciones deslavazadas, postulados y principios elementales en la instrucción musical de aprendizaje básico que resultaban en suma de escaso significado válido para las pretensiones iniciales de esta especie de tratado.

Su legado: técnica y ejecución pianística

Sin embargo, debemos destacar algunos aspectos concretos que Chopin aporta a la técnica pianística: la relación establecida entre la morfología de la mano, y la construcción del teclado. Esto posibilita distender con naturalidad los dedos más largos en las teclas negras y ofrecer en consecuencia relajación a la mano que puede así amoldarse con facilidad a la forma del teclado. Es lo que reivindica Chopin una y otra vez: posición natural y elasticidad de la mano, como base para una buena técnica en la interpretación.

Y esto enlaza directamente con otra de sus claves: su concepción de la tecla como un “punto de apoyo”: si el peso del brazo es más que suficiente para provocar el descenso de la tecla, el dedo puede utilizar el teclado como una superficie que permita a los dedos ir trasladando la mano de nota a nota. El concepto del “punto de apoyo” introduce una nueva e importante dimensión en la técnica moderna apuntando hacia la idea de que el dedo –a pesar de su autonomía– forma parte de un bloque, un conjunto indisoluble junto a la mano y el brazo. De este modo Chopin lograba demostrar su teoría de naturalidad en el movimiento. Su atención se dirige muy especialmente a la movilidad de la muñeca y del antebrazo. Su legado pianístico recoge distintos tipos de ataques o gestos – (gestos lanzados y retirados).

Chopin propone igualmente hallazgos reveladores en torno a escalas, arpegios y a la digitación directamente vinculada a las propiedades de la emisión del sonido:

“Hay tantos sonidos diferentes como dedos: todo depende de saber digitar correctamente” (7) .

Siempre con el objetivo de alcanzar la mayor fluidez posible, su música rechaza la articulación y la dureza en los ataques. El legato de Chopin consiste en la emisión natural de la voz del instrumento, un contacto seguro con el teclado que permite la no interrupción del sonido.

Conclusiones

Sin duda la talla artística alcanzada por Chopin es indiscutible en la Historia de la Música. Es precursor en descubrimiento de nuevas armonías y encadenamiento de acordes. Recordemos el empleo de los modos antiguos como parte esencial de la melodía popular chopiniana –singularmente en las Mazurkas.

Aunque el maestro es un gran improvisador, se interesa por una notación muy precisa. Consigue en la ornamentación efectos de resonancia jamás logrados hasta el momento. Multiplicó las más atrevidas combinaciones de notas, las modulaciones a los tonos alejados, los movimientos cromáticos, los choques armónicos.

Otra de sus novedades es la variedad en los diseños escritos en divisiones impares –generalmente en la mano derecha– que manifiestan el rigor en la anotación del aspecto rítmico. Todo ello implica el dominio del “tempo” en el discurso musical, con sus correspondientes variaciones –rubato– en aras de conservar siempre un único movimiento.

Para Chopin el papel de los bajos en la obra musical adquiere el sentido de nota pedal, por lo que sugiere avances en el manejo de los pedales en relación a la línea del acompañamiento entendido como un solo acorde distendido en el tiempo.

Notorio es que su lenguaje bebe directamente en las fuentes del folklore polaco: ritmos de danza, modos antiguos, construcciones melódicas. Al mismo tiempo constatamos una estrecha relación entre su obra y la historia y la cultura de la Polonia del siglo XIX. La interacción entre música y sociedad que se produce ante la aportación de este genio, tiene dos máximos exponentes en su corpus: la mazurca –de origen popular– y la polonesa –difundida en ambientes aristocráticos–. Ambas profundizaban en las raíces de cantos y danzas de Polonia, a través de los cuales el músico alcanzaba la posibilidad de comunicar diversos aspectos y niveles de su cultura. En esta misma línea, Chopin se nutre de la melodía italiana para inspirar la curva de sus largas frases musicales.

Posiblemente aún nos falte perspectiva histórica para comprobar y apreciar los encantos e innovaciones de este genial compositor que seduce con la ternura y exquisitez de sus melodías.

“A Chopin no le conoció, ni le conoce todavía, la gran masa. Será menester que se operen grandes progresos en el gusto de la inteligencia del arte para que sus obras se popularicen… Llegará un día en que todo el mundo sepa que aquel genio tan vasto, tan completo, tan sabio como cualquiera de los grandes maestros, encerraba una individualidad exquisita […]" (8) .

En efecto, su estética puede resultar antigua y moderna, conservadora y renovadora. En este contexto, el piano, eje central de su objetivo creador, ha sido ampliamente favorecida en su campo expresivo gracias a su valiosa inspiración. Exuberante, original, frágil, tierno, inteligente, refinado y místico: Chopin, la música, el sentimiento, el alma.

(1) Jorge Sand: Chopin. Espasa Calpe, Madrid, 1988, pp. 124-125).

(2) Karol Mikuli  en Koczalski: Frédéric Chopin. Betrachtungen, Sizzen, Analicen, 1936, citado en Eigeldinger: Chopin vu par ses éléves, 1970/1988, p. 67.

(3) Luca Chiantote: Historia de la Técnica pianística. Alianza Música, Madrid, 2001, p. 308.

(4) Denis Levaillant: El Piano. Editorial Labor, Barcelona, 1990, pp. 43-44.

(5) Chopin: carta a su familia, Viena, 12 de agosto de 1829 (en Correspondance de Frédéric Chopin, 1981, Vol I, p. 107).

(6)Franz Liszt: Aspectos de Chopin. Alfred Cortot. Alianza Música Editorial, Madrid, 1986, p. 34.

(7) Chopin: Esquisses  pour uno méthode de piano, 1993, pp. 74 y 76.

(8) Jorge Sand: Chopin. Espasa Calpe, Madrid, 1988, pp. 124-125).

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