Los recuerdos de un viaje de hace casi 200 años
Chopin en Mallorca
Enid Negrete
“Es que no se trata tanto de viajar como de partir;
¿Quién de nosotros no tiene algún dolor que distraer o algún yugo que sacudir”
(George Sand, Invierno en Mallorca)
Cuando en 1838 Los médicos le recomendaron a Fréderic Chopin cambiar de clima para mejorar su salud, Goerge Sand y el famoso pianista deciden emprender lo que, en ese tiempo, es una gran aventura: viajar a las Islas Baleares.
Considerando la cantidad inconcebible de turistas que vistan estas islas y en especial Mallorca, es interesante saber que el primer interés turístico de esta región no fue otra cosa que su clima y su paisaje. Podemos decir que la inauguración de estas temporadas de ineludibles de turismo, que han llegado a la cifra de ocho millones de visitantes en 2005, la hicieron los dos ilustres viajeros de los que tratamos en esta artículo y que huían de los climas extremos del norte de Europa para buscar una mejoría en la salud de uno de los pianistas y compositores más importantes de la historia de la música.
Después de conocer Palma de Mallorca deciden quedarse con el alojamiento de un refugiado político en el norte de la isla, en la Cartuja de Valldemossa. En esta Cartuja y en esta celda de tres habitaciones vivieron George Sand, su hijo Maurice, su hija y Fréderick Chopin del 20 de diciembre de 1838 hasta el 13 de febrero de 1839. Hicieron un larguísimo recorrido desde París y hallaron exactamente lo que un artista romántico necesitaba: un paisaje estremecedor, un clima tempestuoso y un cielo excepcional.
A Chopin y Sand los siguió lista de intelectuales, tanto españoles como extranjeros, que han encontrado en esta isla la tranquilidad e inspiración necesaria para su trabajo. Picasso y Miró, hablando de pintores, y en propia cartuja que sirvió de vivienda a Chopin, otros artistas de la pluma como Jovellanos, Unamuno, Azorín e incluso el diseñador Santiago Rusiñol.
Un estudio de Edouard Ganche, basado en los escritos de la propia Sand, los dibujos de su hijo y de ella misma, .ha demostrado cuál es la verdadera ubicación de la celda y su descripción “En la cartuja de Valldemosa de Mallorca, una celda de monje se componía de tres piezas en la planta baja, con un pequeño jardín sobre una terraza que dominaba un valle plantado de naranjos, de viñas, de almendros y palmeras” (1) .
Para este viaje, Chopin le encarga a su gran amigo Pleyel que le haga un pianino especial para poder viajar con él. Este piano, que sustituyó al que le hicieron en Mallorca, fue el instrumento para escribir las obras que terminó en esta cartuja, entre las que se cuentan: Preludios Op. 28, el Scherzo en Do sostenido menor Op. 39 y las Polonesas Op. 40.
Este piano fue embarcado en Marsella el 1º de diciembre de 1838 pero no llegó a su dueño hasta el 4 de enero de 1839, debido, sobre todo, a los problemas burocráticos y aduanales que se tuvieron que enfrentar para su entrada en Mallorca. Regresó a esta celda después de que Sand y Chopin lo vendieran al terminar su estancia a una familia de la región y fuera identificado por la propia casa Pleyel. Aún se conserva en esta celda y verlo es una experiencia conmovedora.
Las incomodidades del alojamiento, así como las hostilidades de los habitantes han quedado retratadas en un interesante libro de viajes escrito por George Sand a partir de esta experiencia y cuyo manuscrito original se encuentra en esta Cartuja de Valldemossa, que ahora es la sede del museo Chopin y que alberga un gran número de documentos interesantísimos, como algunas partituras originales o en reproducciones muy fidedignas del compositor, algunos objetos personales y una gran variedad de cartas, recibos y notas, de un enorme interés documental. Especialmente interesantes son los dibujos de Maurice, quien tenía entonces 15 años y ya era alumno de Delacroix, y cuyos dibujos ayudaron a identificar con exactitud la celda en la que se habían alojado un siglo después.
Cuando hablamos de documentos nunca debemos dejar a un lado que el verdadero valor de ellos es que son la huella material de lo que no puede detenerse. Lo efímero que deja algo material como un recuerdo de su existencia. La verdadera importancia de los documentos es que nos demuestran que nada es tan intangible como para no dejar una huella entre nosotros y, al mismo tiempo, nada es tan tangible como para no dejarnos.
Desde hace más de 20 años este recinto alberga también el concurso Chopin. Un evento anual que reúne algunos de los mejores pianistas del mundo. Los herederos vivos de Chopin aún colaboran con este museo.
En el texto de George Sand, llamado “Un invierno en Mallorca” podemos encontrar algunas descripciones arrebatadoras del paisaje y de su entorno, además de descripciones muy interesantes sobre la relación entre ambos o la manera en que Chopin componía. Es un texto interesantísimo y que, una vez que se ha visto el lugar, puede entenderse la necesidad de su escritura.
George Sand pagó cara su osadía de escribir este libro, donde se queja mucho del trato de los Mallorquís a los extranjeros y hace un retrato bastante desagradable de su idiosincrasia y cultura: “Este relato, escrito hace ya un año, me ha valido por parte de los habitantes de Mallorca una diatriba de las más fulminantes y de las más cómicas. Siento que sea demasiado larga para publicarla a continuación de mi relato; porque el tono con que está concebida y la amenidad de los reproches que en ella se me dirigen confirmarían mis aseveraciones sobre la hospitalidad, el gusto y la delicadeza de los mallorquies hacia los extranjeros. Sería una pieza justificativa bastante curiosa. Pero ¿quién podría leerla hasta el final? Además, si es vanidad y tontería publicar los cumplidos que se reciben, ¿no lo sería tal vez más, en los tiempos que corren, armar ruido por las injurias de que uno es objeto?” (2)
Pero en realidad el clima no era tan benigno como lo esperaban y la salud de Chopin caía en un rápido deterioro. Nuevamente lo cuenta George Sand: “La muerte parecía planear sobre nuestras cabezas para apoderarse de uno de nosotros, y estábamos solos para disputarle su presa” (3) Deciden pues, terminar el viaje dada la falta de socorro médico y la inminente enfermedad de Chopin y regresan a Paris intempestivamente.
Lo más interesante que uno puede tener en esta visita, por demás recomendable, es la idea clara de que lo que buscaban estos artistas, a pesar de todas las dificultades que tuvieron que enfrentar, lo encontraron: Un lugar de belleza melancólica que los inspirara, un paisaje y una tranquilidad que los dejara estar en soledad. Cuando uno mira esas montañas y esos valles, entiende las melodías de los preludios, las frases inspiradas y deliciosas. Entiende, en suma, cómo un espíritu tan netamente romántico como el que invadía a esta pareja, pudo encontrar aquí un lugar para vivir, soñar y crear, aunque fuera sólo temporalmente.
(1) Ganche, Edouard. La auténtica celda de Frédéric Chopin en la cartuja de Valldemosa. Palam de Mallorca: lleonard Muntane, editor, 1994.
(2) Sand, Geroge. Un invierno en Mallorca. Palma de Mallorca: Classic ColectionCarolina ed, 2001. Pag. 18.
Fotografía: David Pierola
Escribir a Enid Negrete
