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Índices
Ciclo Complutense de Conciertos
Directores británicos y magníficas orquestas en la Complutense
Carlos de Matesanz
Auditorio Nacional. XIV Ciclo Complutense de Conciertos.
30 de enero de 2009, 22:30 h. Dejan Lazic (piano), Orquesta Sinfónica de Bamberg; dir: Jonathan Nott. F. Chopin: Concierto para piano nº1 en Mi menor; G. Mahler: Sinfonía nº 1 en Re mayor.
11 de febrero de 2009, 22:30 h. Isabelle Faust (violín), Mahler Chamber Orchestra; dir: Daniel Harding. L. van Beethoven: Obertura “Egmont” en Fa menor, J. Brahms: Concierto para violín en Re mayor, L. van Beethoven: Sinfonía nº 3 en Mi bemol mayor.
Antaño ciclo súper numeroso, de hasta dieciséis conciertos por temporada, y hoy miniciclo de cuatro conciertos nada más; ésta es la realidad de la actividad musical organizada por la Universidad Complutense de Madrid, que se ha amparado en la crisis, excusa universal muy bien aprovechada, para hacer estos recortes. Por suerte, el tajo presupuestario no ha afectado más que a la cantidad: los precios siguen siendo realmente asequibles y la calidad –lo más importante– realmente considerable. Como muestra, véanse los dos conciertos aquí reseñados.
Tal vez la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo, inicialmente prevista, sea una orquesta más cara que la Sinfónica de Bamberg, que es la que finalmente actuó en el Ciclo; pero difícilmente podría habernos ofrecido un concierto mejor que el que se dio. Bajo la batuta de su titular, el británico Jonathan Nott, la agrupación –un tanto arrinconada en el circuito internacional últimamente– parece ir recuperando a ojos vista su antiguo prestigio merced a interpretaciones muy valoradas del gran repertorio alemán romántico y post-romántico.
Tras una primera parte de mero acompañamiento del solista –Dejan Lazic, un joven pianista croata de hermoso sonido muy claro, que se ventiló el Primer Concierto de Chopin con una seguridad y una sencillez pasmosas y que dio una versión lírica e intimista de la obra–, la orquesta encontró inmejorable campo de lucimiento en la Sinfonía Titán de Mahler. Esta extensa y heterogénea obra es una auténtica trampa sinfónica en la que caen los directores que, perdidos en los meandros de la forma o cegados por sus cambiantes climas, acaban convirtiéndola en la Sinfonía Tintín, llena de accidentes, aventuras y color, en vez de en la Titán. Nada más lejos de la interpretación seria y concentrada –tal vez demasiado para algunos gustos– de Nott; interpretación que empezó un poco vacilante, pero que se encauzó enseguida hacia una senda alejada de los ataques de histeria controlada de, por ejemplo, Bernstein, de las descargas de energía de Solti o del mundo de sugerencias sensoriales y la narratividad de Horenstein. La orquesta, muy equilibrada en todas sus secciones, le respondió justísimamente: todo se escuchó nítida y precisamente, con colores bastante claros y ninguna pesadez o espesura. La obra se desarrolló con una lógica –como suele decirse– implacable, sin parar demasiadas mientes en los aspectos anecdóticos (fanfarrias militares, valses de orquestina, “Frère Jacques”, etc), encaminándose a un final exultante sin estridencias, en el que la orquesta, aun sin tener el sonido más potente o brillante del mundo, no se arrugó.
La siguiente orquesta en comparecer en el Ciclo Complutense fue la Mahler Chamber que, con sólo 44 músicos, ofreció un programa plenamente sinfónico merced al sonido lleno y generoso que la agrupación tiene y del que su director, el joven e hiperpromocionado Daniel Harding, se aprovechó inteligentemente. Con un planteamiento clasiquísimo, este magnífico maestro hizo un Beethoven nítido, organizado milimétricamente y ejecutado con una claridad y seguridad pasmosas –muy británico, vaya–, utilizando trompetas sin pistones y baqueta dura para los timbales; la enérgica Obertura “Egmont” fue un ciclón sin caos y la Sinfonía Heroica, un dechado de perfección y claridad: tras los dos bruscos acordes iniciales, la frase siguiente de cellos –sólo cinco– sonó con una belleza inmaculada que marcaría el largo camino hacia un finale grandioso en el que apenas hubo algún desfallecimiento antes del pasaje fugado de la tremenda Marcha Fúnebre. Habrá quien prefiera Beethovenes más reposados, o más densos, pero hoy por hoy es difícil encontrarlos mejores.
Además, Harding supo acompañar con dulzura y sentimiento, en el Concierto Op. 77 de Brahms, a una Isabelle Faust lírica y contenida, de una gran seguridad y naturalidad técnica y de expresividad nada forzada ni truculenta; la excelente solista francesa no tiene un sonido grande ni especialmente brillante, pero tampoco lo necesita: en ningún caso fue sofocado por el acompañamiento –aquí con trompetas modernas y baquetas más blandas– porque, al ser producido con naturalidad se proyecta también naturalmente sobre él. Realmente notable: sin aspavientos ni excentricidades, sólo emoción y musicalidad. Así que, con esta solista, con una orquesta joven y de primera categoría, y con un director realmente digno de tal nombre que es capaz de, en plena juventud, levantar una Heroica tan sólida y coherente, disfrutamos de una velada musical de la que lo único que podemos decir es: ¡que se repitan muchas así!