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Índices
Mozartwoche 2010
¡Qué habría sido de Salzburgo sin Mozart!
Lorena Jiménez Alonso
Mozartwoche 2010 de Salzburgo. Del 22-I-2010 al 31-I-2010.
Salzburgo y Mozart son inseparables. En ninguna otra parte del mundo existe una explotación comercial más evidente de la figura del compositor: bolas de chocolate y mazapán, camisetas, ceniceros, batidos, perfumes…Pero, escandalosa comercialización aparte, lo cierto es que Salzburgo ama la música y ama a Mozart. Un año más, la ciudad fue punto de encuentro para los amantes de Mozart y la música clásica. Su tradicional Festival de invierno (menos famoso y más modesto que el Festival de Verano), también celebró este año el nacimiento de su hijo más célebre (27 de enero de 1756), al que no faltaron renombrados directores e intérpretes de la obra mozartiana. Edición que este año superó su propio récord, con una tasa de ocupación del 96% en cada uno de los veinticinco conciertos. Rotundo éxito de público, y lleno total durante las dos representaciones de Idomeneo: la producción de Olivier Py, con Marc Minkowski a la batuta de Les Musiciens du Louvre-Grenoble. Había mucha curiosidad entre el público, tras la polémica que provocó la puesta en escena de Olivier Py en su estreno de Aix-en-Provence. Y fue curioso ver como a diferencia del abucheo de entonces, el público de la Haus für Mozart acogió con manifiesto entusiasmo (al que me sumo) el estrenode Idomeneo, Re di Creta, que por primera vez se presentaba en un país de habla alemana. Más allá de las críticas exacerbadas de algunos sobre la frialdad mecánica del montaje, y el abuso de la estructura de acero; de principio hay que aplaudir que es una producción visualmente impactante, audaz, moderna e imaginativa. Impresionante la proeza técnica y el montaje del escenógrafo Pierre-André Weitz; un espectacular paisaje de espejos, tubos de neón, escaleras, rampas y plataformas de metal en constante movimiento que giran, suben, bajan, y se deslizan con precisión absoluta, totalmente en silencio y en completa armonía con la música. Un choque visual de acero, en blanco y negro y espejos a veces cegadores, que invita a preguntarse sobre la intemporalidad de los abusos del poder y la desigualdad entre vencedores y vencidos (los troyanos son aquí emigrantes africanos). La propuesta de Olivier Py no es estática ni contemplativa, se sumerge en los conflictos humanos para expresar su universalidad y permanencia, y centra su atención sobre el conflicto padre-hijo y la violencia del sacrificio. A pesar del torbellino coreográfico, o quizá por ello, no se pierde la continuidad dramática, y la fluidez de la acción es permanente. Ni un minuto de aburrimiento en esta producción, que incluye el ballet final del que habitualmente se prescinde y que normalmente resulta larga en exceso. Sin duda, su éxito debe mucho a la dirección orquestal de Marc Minkowski y sus Musiciens du Louvre- Grenoble. El director parisino, que siente una profunda fascinación por Mozart, realiza una vigorosa y emocionante lectura, equilibrada y expresiva. Minkowski estableció desde las primeras notas de la inquietante obertura una lectura ágil, precisa, de tempi rápidos, extraordinario dramatismo musical, factura impecable y atenta a los matices cromáticos, que el público agradeció con prolongadísimos aplausos. En lo vocal, los aplausos fueron para los tres tenores: Richard Croft; un creíble Idomeneo, de refinado fraseo, sólidos graves y seguras agilidades. Espléndido, en la virtuosística aria “Fuor del mar”. Un gran acierto fue el rescate de la voz de tenor para Idamante (convertido aquí en arquitecto de un futuro esperanzador), Yann Beuron, algo corto en las agilidades, exhibió su bello timbre e innata musicalidad. Julien Behr fue un excelente Arbace.
La Filarmónica de Viena mantuvo una intensa actividad durante toda la semana; dirigida por Eschenbach, por el joven director canadiense Yannick Nézet –que hizo su debut con el Requiem de Mozart-, y por un auténtico mito viviente: Nikolaus Harnoncourt, que a pesar de su delicada salud, tampoco faltó este año. En su programa: Schubert y Mozart. Fiel a su personal forma de abordar la interpretación, y a lo que se supone que eran las intenciones del compositor vienés, Harnoncourt dibujó una pausada y enormemente melancólica Sinfonía núm. 5, con tempi tan sosegados en el movimiento lento, que incitaban al tedio. Y lejos de lecturas más convencionales, imprimió tiemposextremos a la famosa Inacabada, la Octava (Séptima, según la nueva numeración) que sonó más atormentada y dramática que emotiva. Arropado por la notoria calidad de los filarmónicos de Viena, el pianista Leif Ove Andsnes, muy comedido y respetuoso con el criterio de Harnoncourt, demostró en el Concierto KV 488 de Mozart, rigor interpretativo, y pulcritud técnica.
La combinación Mozart y Música Contemporánea contó con la presencia de uno de los compositores más interesantes de la segunda mitad del siglo XX: György Kurtág, compositor en residencia de la Mozartwoche 2010, quien a sus ochenta y cuatro años, participó como intérprete de su propia obra, como compositor, en conferencias introductorias, talleres, Masterclasses, y en la planificación del programa del festival. Lástima, que Daniel Harding a la batuta de la Mahler Chamber Orchestra, hiciera una lectura tan superficial de su “… Quasi una fantasia…”. Obviamente, tampoco ayudó la acústica de la sala. Quien sí realizó una magistral interpretación de la obra de Kurtág (impresionante en la Introduzione y el Recitativo), fue el pianista milanés Marino Formenti; gran conocedor de la obra del compositor de Transilvania, y de la música del siglo XX. Dentro de este ecléctico programa de concierto hay que destacar también, el excelente trabajo de Lars Vogt (“Artista en residencia”) como solista del Concierto KV 467 de Mozart. Sin embargo, el encumbrado director de orquesta británico, probablemente el de mayor prestigio internacional (¿merecido?) entre los de su generación, no hizo honor a su considerable valoración profesional. Con una concepción muy subjetiva de las obras, irregulares tempi, fraseos poco precisos, transiciones forzadas, y escasa atención a los detalles, entradas poco precisas aparte; exhibió gestualidad y dinamismo en exceso, lo que le redimió de desafortunados errores. Su lectura de Mozart resultó trivial. Y su versión vigorosa —pero falta de grandeza y emoción— de “La Heroica” de Beethoven, incluyó un primer movimiento (Allegro con brio) desprovisto del vibrante dramatismo del genial compositor alemán. Mención aparte merece la célebre marcha fúnebre, con inauditos pianissimi, y escasa fuerza emotiva. Tal y como era de esperar, la respuesta del público del Mozarteum fue cortés, pero poco entusiasta.
Fotografía cortesia Mozartwoche © by Elisabeth Carecchio
Escribir a Lorena Jiménez Alonso