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Índices
Temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España
Cuatro buenos directores para la Nacional
Carlos de Matesanz
Auditorio Nacional. Temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. 19:30 h.
30 de enero de 2010. Lang Lang (piano); dir: Tan Dun. T. Dun: Internet Symphony “Eroica”, “Cuatro caminos secretos de Marco Polo” y Concierto para piano “El fuego”.
6 de enero de 2010. Detlef Roth (barítono), Kristina Hammarström (mezzo), Gustavo Peña (tenor) y Marco Vinco (bajo); dir: Pablo González. A. Valero-Castells: “Los fusilamientos de Goya”, G. Mahler: Selección de “Des Knaben Wunderhorn”, F. Mendelssohn: “La primera noche de Walpurgis”.
13 de febrero de 2010. Dir: James Conlon. M. Musorgsky: Scherzo, Intermezzo y Marcha Solemne, A. Dvorák: Obertura “Otello”, Op 93. ; J. Brahms: Sinfonía nº 1 en Do menor.
19 de febrero de 2010. Ruth Ziesak (soprano), Monica Groop (mezzo), Steve Davislim (tenor), Robert Holl (barítono); dir: Rafael Frühbeck de Burgos. L. van Beethoven: Misa en Do mayor, P.I. Tchaikovsky: Sinfonía nº 5 en Mi menor.
La gira de Lang Lang por España concluyó en Madrid, en la temporada de la ONE, que, aprovechando esta circunstancia, decidió dedicar un concierto monográfico al compositor chino Tan Dun, que escribió el Concierto del Fuego, precisamente para Lang. La obra pretende contraponer dos caracteres de muy distinta naturaleza sonora –orquesta y solista–, ofreciendo al piano algunos solos de amplio vuelo lírico, muy rachmaninovianos, en un enfrentamiento enriquecedor con una orquesta abrupta y muy rítmica. El resultado no es como para proclamar a voz en cuello “Ha nacido un nuevo concierto”, porque no: es sólo un intento. Mucho más logradas e interesantes fueron las obras meramente orquestales que llenaron la primera parte: la brevísima y jocosa, brillante y divertida Internet Symphony, compuesta como un encargo de Google, y los cuatro cuadros sinfónicos –muy ambientales y muy orientales– extraídos de la ópera “Marco Polo” y orquestados para 12 cellos y orquesta, pensando en los famosos 12 cellos de la Filarmónica de Berlín, para la que se escribió la obra; desgraciadamente, los cellos de la Nacional estuvieron bastante lejos de poder con todas las exigencias que la escritura de la pieza demanda, pero al menos lo intentaron. El compositor dirigió su música con mucha exactitud, exigiendo siempre el máximo de la orquesta, aunque fueron bastantes los momentos de más ruido que nueces.
El joven Pablo González, director decididamente en alza, se enfrentó a un programa original y bonito, con una obra que merecería escucharse más de lo que es habitual: “La primera noche de Walpurgis”, cantata de Félix Mendelssohn atractiva y llena de momentos interesantes, de la que González dio una lectura irreprochable, un poco lánguida en algún caso –un peligro muy de Mendelssohn– en la que solistas, coro y orquesta, sin deslumbrar, estuvieron muy bien. Menos bien, hablando de solistas, estuvo el barítono Detlef Roth en la primera parte, cantando cuatro de los lieder Wunderhorn de Mahler con voz corta y cansada: comenzó flojo en “Revelge”, tuvo un pasar en la “Prédica de Antonio de Padua a los peces” y “Elogio de la alta sabiduría”, aunque no lució demasiado el humor zoológico que las piezas requieren, y se vio claramente sobrepasado por las exigencias dramáticas y vocales de “Der Tambursg’sell”. Antes, y como comienzo del programa, González dirigió “Los fusilamientos de Goya” del joven levantino Andrés Valero-Castells, una obra de 2002 estrenada hace casi tres años, en la que la orquesta no estuvo muy fina en el violento comienzo, para ir entonándose camino del delicadísimo, casi naïve final.
Una de las sorpresas de la temporada: James Conlon. El maestro americano, tan sistemáticamente bombardeado por la crítica francesa durante su época como director de la Ópera Bastilla de París, no parecía, a priori, el director indicado para dar vida a una partitura de tan exaltado y dramático romanticismo como la Primera Sinfonía de Brahms, obra comprometida donde las haya. Pues bien, desde el comienzo, con ese timbal ominoso marcando un ritmo tenso, hasta el finale radiante y liberador, Conlon dio una interpretación de una pieza, llena de una energía arrolladora, pero en ningún caso excesiva, de considerable volumen sonoro –muy de orquesta americana, con maderas innecesariamente dobladas– pero sin estridencias. La orquesta, constantemente motivada, rindió al nivel más alto alcanzado esta temporada. Puede que la interpretación, en determinados momentos, no fuese tan sutil o emotiva como la música requiere, y tampoco puede decirse que no hubiera alguna caída de tensión, especialmente en el complejo último tiempo; pero, en conjunto, la interpretación fue realmente notable y, con muchas como ésta nos daríamos por muy contentos. De hecho, las obras de la primera parte, coloristas y agradables, quedaron a la sombra de lo que vino después; justo lo contrario de lo que uno hubiera esperado. Y es que los prejuicios nunca son buenos.
No por conocido, menos bueno, Frühbeck de Burgos obtiene de la agrupación de la que es director emérito resultados variables en función del repertorio –bastante conservador– que aborda con ella. Beethoven, y esto ya se ha observado en anteriores temporadas, no es de lo que mejor le queda. La Nacional frecuenta el Clasicismo demasiado poco como para que no se note su escasa exactitud y dureza de sonido en la cuerda cuando frecuenta repertorios cercanos a esa estética. Así, la Misa en Do del sordo de Bonn, aunque planteada a lo grande –en lo expresivo y en lo técnico, incluyendo ocho contrabajos y maderas dobladas– y muy bien organizada por Frühbeck, no tuvo una traducción ideal. Además, nos preguntamos por qué se habrán gastado el pastón que ha debido costarles el lujoso cuarteto solista para una obra en que tiene tan poco relieve. Las cosas fueron distintas con la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, que el maestro planteó ejemplarmente, basándose más en una sabia dosificación y alternancia de tensiones que en arrebatos puramente pasionales; no hubo caídas de tensión, la introducción del tiempo lento sonó maravillosamente cálida y expresiva, y sólo al Vals se le habría pedido un poco más de delicadeza y picardía. Las cuerdas, menos expuestas que en Beethoven, parecieron más cohesionadas –quizá también más trabajadas– y los metales estuvieron en todo momento bajo control –consciente el director del peligro que tienen en esta obra–; pero la palma se la llevan unas maderas elocuentes y refinadas, especialmente los omnipresentes clarinetes y el primer oboe. Por cierto, Juanjo Guillem al timbal, mucho mejor de sonido y exactitud que Pascual Osa, algo duro, la semana anterior.