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Índices
Temporada de la Orquesta y Coro de Radiotelevisión Española
ORTVE: Temporada variadita
Carlos de Matesanz
Temporada de la Orquesta y Coro de Radiotelevisión Española. Teatro Monumental. 20:00 h.
22 de enero de 2010. Ángel García Jermann (violoncello); dir: Adrian Leaper. E. Elgar: Obertura Cockaigne “In London Town”, Concierto para cello en Mi menor y Variaciones sobre un tema original “Enigma”.
29 de enero de 2010. Guillermo Pastrana (violoncello); dir: Carlos Cuesta. J. Torres: “La tumba de Antígona”, A. Khachaturian: Concierto para cello, I. Stravinsky: “Petrushka”.
5 de febrero de 2010. Eva Oltiványi (soprano), Barbara Hölzl (mezzo), Alexander Kaimbacher (tenor), Jochen Kupfer (barítono) y Matthias Helm (bajo); dir: Matthias Bamert. F. Martin: “Gólgota”.
12 de febrero de 2010. Elisabeth Leonskaja (piano); dir: Juanjo Mena. F. Chopin: Concierto para piano nº1 en Mi menor, C. Nielsen: Sinfonía nº4 “Inextinguible”.
18 de febrero de 2010. Dir: Günther Herbig. L. van Beethoven: Sinfonía nº 8 en Fa mayor, D. Shostakovich: Sinfonía nº 10 en Mi menor.
La Orquesta de Radiotelevisión Española presenta una temporada tan variada en contenidos y artistas que el resultado de la misma tiene que ser, necesariamente, también heterogéneo; máxime a lo largo del anterior mes, en que el número de conciertos ha sido crecido y en ninguno de los programas se ha repetido compositor ni batuta.
El monográfico Elgar que dirigió Adrian Leaper a finales de enero presentaba algunas de las obras más manidas del compositor británico y, como la orquesta no es la más sutil y poderosa del panorama, no nos las prometíamos muy felices. Pero la música de Sir Edward resultó muy bien servida, merced a las artes del director titular de la agrupación, que se las sabe todas y que en la música de su paisano “juega en casa” y sabe por dónde hay que ir. Así, la Obertura Cockaigne tuvo el brío y la brillantez requerida, pero sin apabullar, y las Variaciones Enigma fueron muy bien traducidas por una orquesta que parecía encontrarse más cómoda en las partes movidas que en las variaciones lentas e intensas, a pesar de lo cual rindió con aplicación en la famosa “Nimrod”, que resultó debidamente emocionante. La lástima fue no contar con un solista más expresivo para el Concierto para cello, porque Ángel García Jermann –instrumentista de la orquesta, poseedor de un amplio y hermoso sonido y de sólida técnica– no dio ese plus de involucración y desgarro sin el que esta obra queda bastante mermada.
Dentro del X Ciclo de Jóvenes Músicos, el último concierto de enero nos presentó a dos nombres emergentes: el del director Carlos Cuesta y el del cellista Guillermo Pastrana, que resultó ser el auténtico protagonista de la velada. Con un sonido personal y un dominio absoluto, realizó una traducción óptima del muy largo y exigente Concierto de Khachaturian, obra un tanto derivativa aunque de muy grata escucha: un nombre, ciertamente, que hay que tener en cuenta. Carlos Cuesta acompañó atenta pero poco imaginativamente este concierto e hizo una lectura ordenada y enérgica de la pieza inicial de Torres –extensa y de densa orquestación–; pero no pudo con buena parte del “Petrushka” stravinskiano, que se daba en su versión de 1911, y en cuyos momentos de mayor complejidad rítmica (y son unos cuantos) fue incapaz de hacerse entender por la orquesta ni de ponerla en su sitio.
El oratorio “Gólgota” del compositor suizo Frank Martin era una de las apuestas más originales de la temporada, y eso que la temporada de la Orquesta de RTVE no es precisamente original, en contra de lo que debería ser. Y la apuesta salió bien porque era apostar sobre seguro: a estas alturas, Martin es –o debería ser– un auténtico clásico. El oratorio, muy bachiano en su concepción y de una estética contenida, sobria y de escaso colorido, pero rica en sugerencias, encontró en el veterano Matthias Bamert un defensor riguroso y competente que dio una lectura mucho más dulce de lo frecuente en esta obra, con momentos de tierno lirismo –resonancias massenetianas– pero sin caer nunca en lo almibarado, ni de lejos. La orquesta respondió a la perfección a las pautas de la batuta; pero el coro, gran protagonista de la obra, aunque riguroso y exacto, pecó de agresividad en los fortes y no estuvo delicado ni espiritual. Los solistas: mitad y mitad; rozando lo insuficiente tenor (al borde del gallo en algún momento) y bajo, y bien o muy bien soprano (joven, fresca y de encantador timbre angélico), mezzo y barítono. Este último, Jochen Kupfer, no llega hacer un Jesús de antología como hiciera en su día Dietrich Fischer-Dieskau, pero tiene excelentes modos expresivos y una voz de muy amplio registro.
Elisabeth Leonskaja y Carl Nielsen eran los principales reclamos de concierto de abono B10; la primera, por su indiscutido prestigio como gran dama del piano que es, y que no desmintió en su interpretación del Primero de Chopin –aunque Chopin no parece el compositor en que más pueda brillar el talento de esta excelente intérprete de Schubert, Schumann o Brahms–; el segundo, Carl Nielsen, por lo poco frecuente que es en los atriles de nuestras orquestas, a pesar de estar asentado perfectamente en el repertorio internacional. Sin embargo, ambas expectativas quedaron truncadas por la batuta invitada. Juanjo Mena acompañó muy eficazmente el primer movimiento del Concierto de Chopin, desapareció en el segundo y reapareció, para mal, en el tercero, con un remate chusco y arrabalero de la obra, al que la Leonskaja pudo sobreponerse a duras penas. Pero la peor parada, lógicamente, fue la Cuarta Sinfonía, la Intextinguible, de Nielsen, obra que, haciendo honor a su nombre, es de una energía incesante. Durante todo el primer tiempo, lo que fue incesante fue el torrente de decibelios y el clamor de metales desbocados que convirtieron ese Allegro en una batahola infernal. El Allegretto subsiguiente fue un puro alivio para el tímpano, con unas maderas muy en sazón, seguido de un Poco Adagio a la deriva, para terminar con un Allegro final en el que ni siquiera el famoso duelo de timbales logró el efecto deseado, porque una obra con tal mal principio no podía llegar a tener buen final. Para escuchar un Nielsen modesto pero bien hecho, en el que no se confunde el ruido con las nueces, habría que remitirse a la Segunda Sinfonía que dirigió esta misma temporada Pablo González a la ORCAM. En fin: una lástima.
Por contra, fue la batuta –en este caso, la del veterano Günther Herbig– la que nos hizo disfrutar de un programa bien comprometido en el último de los conciertos reseñados. Siempre elegante, relajado y altamente profesional, el maestro alemán hizo una versión muy musculosa –tal vez, demasiado– de la Octava Sinfonía beethoveniana, con una cuerda excesiva en cantidad (8 contrabajos, 60 instrumentos de cuerda, 73 músicos en total: con la mitad hubiese bastado y sobrado), pero bastante entonada en cuanto a calidad. De hecho, esto fue mucho más evidente en la exigentísima Décima de Shostakovich, que Herbig dirigió muy atento a la partitura, pero no menos atento a los músicos: las cuerdas sonaron como nunca esta temporada, las maderas se lucieron en sus solos de la sección Andante del último movimiento y los metales, con la mitad de decibelios que en el Nielsen de la semana anterior, lucieron el doble, perfectamente empastados entre sí y con el resto de la orquesta. El Shostakovich de Herbig es clásico y ordenado, sin caer en tremendismos o excesos de mordacidad; alumno del romántico Abendroth y del vanguardista Scherchen, Herbig sabe cómo conseguir un perfecto equilibrio entre ambos extremos. Tal vez, algunas partes del segundo tiempo hubiesen exigido mayor mordiente o algunos de los tutti desesperados, más contundencia; pero habría sido a costa de desequilibrar un conjunto casi al límite de sus actuales posibilidades. De todos modos, ya se sabe que, aunque lo toque la Filarmónica de Berlín, Shostakovich siempre pide más. Cuentan que Herbig, bien asentado en circuitos tan exigentes como el inglés o el americano, cobra suculentos cachés cuando actúa en nuestro país; pero, viendo los resultados, comprendemos por qué. Que vuelva pronto...