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Índices
Ópera en Berlín
La favorita de Hitler
Lorena Jiménez Alonso
Rienzi, der letzte der Tribunen; Ópera de Richard Wagner. Intérpretes: Torsten Kerl (Rienzi), Camilla Nylund (Irene), Kate Aldrich (Adriano) Orquesta de la Deutsche Oper. Coro de la Deutsche Oper. Dirección musical: Sebastian Lang-Lessing. Dirección escénica: Philipp Stölzl. 24-I-2010. Deutsche Oper Berlin. Estreno.
Hitler se veía a sí mismo en el papel de Rienzi, el último tribuno romano. La ópera que Wagner escribió con la mirada puesta en la Grand Opéra francesa, está basada en la novela homónima de Bulwer-Lytton: Cola di Rienzi. Inspirada en la figura histórica del líder populista que quiso liberar al pueblo romano de la tiranía de los nobles y devolver a la Roma medieval los antiguos fastos del Imperio. Según Kubizek, el amigo de juventud del futuro Führer, tras asistir a una representación de Rienzi en Linz, éste quedó profundamente impresionado y, en ese instante, decidió que su vida debería seguir el ejemplo del tribuno romano. Más tarde, el propio Hitler le confesaría a Winfred Wagner: «Allí comenzó todo». Desde su estreno en Dresde (octubre 1842), la prohibición expresa del propio Wagner para Bayreuth, y tras la Segunda Guerra Mundial, el veto no oficial sobre la obra debido a su asociación con Hitler, perjudicaron la supervivencia de esta tercera ópera del compositor alemán, que rara vez se representa. De ahí, la expectación generada en Berlín ante la nueva producción de una ópera que nunca antes se había representado en la DOB, y que congregó a políticos, artistas, críticos y toda la prensa berlinesa en su Première.
Pero no fue un estreno de consenso, hubo aplausos y abucheos para la controvertida puesta en escena del director muniquense. Tiene su mérito, no cabe duda, la revitalización metafórica de Rienzi que hace Philipp Stölzl; una parodia de los gobiernos totalitarios y, a la vez, un irónico retrato de la figura grotesca, megalómana e histriónica de los hombres que se creyeron superhéroes: Mussolini, Hitler, Göring, Stalin… Sin embargo, su propuesta escénica no es nueva, debe demasiado a Chaplin, al humor de Helge Schneider, y a la estética de F. Lang (Metrópolis), Lubitsch, Eisenstein (Acorazado Potemkin) y Leni Riefenstahl. Germania (la monumental metropólis diseñada por Albert Speer) proyectada en una pantalla gigante, suplanta la Roma de Rienzi de mediados del siglo XIV. Stölzl escenifica la obertura –utilizada como himno no oficial en el III Reich- con Hitler de espaldas al espectador contemplando los Alpes Bávaros en su residencia de Obersalzberg, envuelve toda la ópera en una atmosféra opresiva en blanco y negro, que debe mucho al pathos del expresionismo alemán, y acorta la ópera original a más de la mitad. En resumen: una puesta en escena que no tiene grandes defectos, pero que resulta demasiado estática y aporta pocas novedades.
En cuanto al reparto vocal; aplauso unánime para la mezzosoprano americana Kate Aldrich en su rol de Adriano, que estuvo realmente brillante, y exhibió una autentica voz de mezzo, de timbre rotundo, bien emitida, buenos ataques y un fraseo excelente. Torsten Kerl construyó un Rienzi (mezcla de Mussolini y el Nerón, de Peter Ustinov) más sólido que su Tannhäuser, pero su voz sonó algo metálica y escasa de emisión. Segura y expresiva, la soprano filandesa Camilla Nylund en su rol de Irene (¿Eva Braun?). Convincentes y correctas actuaciones las del resto del elenco vocal. A pesar de ligeros desajustes en la obertura, Lang-Lessing (director residente de la Deutsche Oper desde 1994 hasta el 2001) acompañó con mimo a los cantantes y dirigió con acierto desde el foso, consiguiendo un sonido netamente wagneriano. Especial mención merece la memorable y espléndida actuación del coro. William Spaulding realizó una impresionante labor de ensayo.
Fotografía cortesia Deutsche Oper Berlin © by Bettina Stoess
Escribir a Lorena Jiménez Alonso