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Ópera en Madrid
“El árbol de Diana” lleno de frutos
Carlos de Matesanz
Temporada Lírica del Teatro Real. Vicente Martín y Soler: “El árbol de Diana”, dramma giocoso en dos actos, con libreto de: Lorenzo da Ponte. Coproducción con el Liceo de Barcelona. Dir. Escena: Francisco Negrín, Escenografía: Rifail Ajdarpasic y Ariane Unfried. Figurines: Louis Désiré. Iluminación: Bruno Poet. Dir. Musical: Ottavio Dantone.
19 / 20 de marzo de 2010. 20:00 h. Diana: Lyubov Petrova / Ekaterina Lekhina, Amore: Marina Comparato / Ketevan Kemoklidze, Silvio: Pavol Breslik / José Luis Sola, Endimión: Dmitry Korchak / John McVeigh, Doristo: Simón Orfila, Britomarte: Ainhoa Garmendia, Clizia: Marisa Martins, Cloe: Jossie Pérez.
Por tercera vez en 222 años, “L’Arbore di Diana” ha subido a escena en Madrid; la primera fue en el antiguo Teatro de los Caños del Peral, en el estreno en España de la obra, dos años después de su estreno en el Burgtheater de Viena en 1787. La segunda, casi dos siglos después, en 1982, en el Teatro de la Zarzuela, con cantantes como Carlos Chausson, Raquel Pierotti y Eduardo Giménez en el reparto.
En este caso, y no sólo por esta escasez de presencia, hay que felicitar al Teatro Real por su reposición, pues ha coproducido con el Liceo barcelonés un montaje escénico moderno y de calidad, ha convocado a dos repartos excelentes, ha asignado al título un número de representaciones no simbólico –ocho– y, en definitiva, ha hecho cuanto en su mano estaba porque la recuperación de este título sea digna y eficaz, y no un bolo para salir del paso. La escenografía, decorado único –limpio y aséptico, reflejando la frialdad del mundo sin amor de la casta Diana–, no es el colmo de la imaginación y el encanto, pero resulta eficaz y no carente de recursos dentro de su escuetez; aunque tiene el defecto de restarle algo de proyección acústica a las voces. La dirección escénica no ahonda demasiado en la naturaleza de unos personajes que están muy cerca del estereotipo, pero los mueve con mucha soltura por el escenario; los figurines son graciosos –y, en el caso de Diana, elegantes– y la iluminación, no siempre certera, da variedad cromática al blanquísimo escenario. Lo que sí es cierto es que, a pesar de sus aciertos en lo visual y en la dirección, la producción no consigue romper con su frialdad la frialdad del público y mucho menos encandilar o entusiasmar. Los aplausos fueron muy escasos a lo largo de las dos representaciones reseñadas.
La culpa no puede achacarse en absoluto a la parte musical. La obra de Martín y Soler es una auténtica joya que, en conjunto, no alcanzará el nivel de las óperas de su colega Mozart pero que, por partes, tiene momentos que el genio salzburgués no hubiera dudado en hacer suyos. De hecho, críticos como Jaume Radigales han señalado certerísimamente aspectos de esta ópera que parecen anunciar a “La flauta mágica” o “Così fan tutte”. Y si la música es de primera calidad, la interpretación también lo fue, con dos repartos cohesionados y equilibrados, dirigidos por un Ottavio Dantone que concertó con eficacia y que mantuvo el pulso animado y sin caídas durante toda la obra, aunque no consiguiese mayores sutilezas de una Sinfónica de Madrid, conjuntada pero de sonido un poco excesivo en algunos momentos.
El rol protagonista de Diana tiene las exigencias de la Fiordiligi mozartiana (largo, de tesitura muy amplia, con aria heroica de coloratura en el primer acto y rondó d’affetto en el segundo) pero más agudo. En ambos repartos estuvo encomendado a dos sopranos esbeltas y guapas, conocedoras del estilo vocal clásico y muy motivadas ante el reto de semejante papelón. Lo cubrió mejor, en general, Lyubov Petrova, que tiene voz más ancha y proyectada, y no tuvo problemas con las partes más dramáticas. Cosa que sí le ocurrió a Ekaterina Lekhina, que, al ser una ligera coloratura casi pura, estuvo muy suelta en las agilidades y brillante en los agudos y sobreagudos, pero casi desapareció en el comprometido y furibundo finale primo. Coprotagonista es el simpatiquísimo papel de Amore, para para mezzo in travesti, que cantó y actuó muy bien en el primer reparto Marina Comparato, de tal manera que llegamos al segundo lamentando que se lo hubieran encomendado a la georgiana Ketevan Kemoklidze, que hizo un Cherubino realmente inane y frígido en “Las bodas de Fígaro” de hace un par de temporadas. Pues bien: fuera prejuicios; la Kemoklidze nos dio la agradabilísima sorpresa de entregarse por completo al papel, actuarlo con una gracia y una picardía insuperables, cantarlo con deliciosa y bien proyectada voz, y de acabar convirtiéndose en la reina de la velada.
Los cuatro tenores, cuatro, convocados para cubrir los papeles de los pastores que pretenden a Diana estuvieron un peldaño por debajo de las damas –también sus papeles son menos lucidos–, pero siempre con buen nivel. La primera noche, Pavol Breslik entró con mejor pie, por su voz más dulce y sus modales canoros más mozartianos que Dmitry Korchak, que, no obstante, fue creciéndose hasta acabar en una excelente escena de amor con Dianal. En el segundo reparto, José Luis Sola tuvo a su favor una voz más grata y proyectada –más mediterránea– que la de su rival John McVeigh, típico tenor británico de materia prima blanquecina y agudo rebelde, pero notable estilista y actor certero.
Para el papel bufo de Doristo –una mezcla de Papageno y Leporello– se había contado en principio con dos bajos; finalmente, cayó del reparto Marco Vinco y se hizo cargo de las ocho representaciones –con sólo dos días de descanso entre ellas– Simón Orfila, al que hay que agradecer no sólo el considerable esfuerzo físico de semejante reto, sino también la gracia escénica y la brillantez musical –y eso que la voz no es de una belleza deslumbrante– con que cubrió el papel en las dos veladas, funcionando igual de bien con ambos repartos y pudiendo considerársele el tercer protagonista de la obra, después de Diana y Amore. Las tres ninfas, que son un claro precedente de las tres damas de la Reina de la Noche en la “Flauta” mozartiana –Ainhoa Garmendia, Marisa Martins y Jossie Pérez– actuaron con una conjunción envidiable, de tal manera que sonaron mejor en sus múltiples intervenciones de conjunto que un sus ariettas di sorbetto.
Es probable que, con producciones y, sobre todo, interpretaciones como ésta, las óperas de Martín y Soler alcanzaran a abrirse un hueco en los corazones del aficionado español y en las carteleras de nuestros teatros. Todo es cuestión de insistir. Su música bien lo merece.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2010 by Javier del Real