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Crítica de discos

Cantatas tristes de Scarlatti, ossia La corrección enjauló al Ruiseñor

Carlos de Matesanz

Alessandro Scarlatti: Cantatas. Intérpretes: Susanna Crespo Held (soprano) y Musica Poëtica. Sello: Naxos. Referencia: 8.551283.

Alessandro Scarlatti: Cantatas

Con una presentación más cuidada de lo habitual en el sello y con una documentación más nutrida, la sección alemana de Naxos saca al mercado un disco con cinco de las más de 780 cantatas que, para voz y acompañamiento instrumental, compusiera Alessandro Scarlatti; o sea: Scarlatti padre. Cantatas que son las que comienzan con los versos “Io son pur solo”, “Qui, dove al fin m’assido” (más conocida como “Il Rossignuolo”), “Sento nel core”, “Io morirei contento” y “Lascia, deh, lascia”. Con una buena toma sonora –la música no presenta grandes dificultades a este respecto– realizada en tres días de octubre de 2007 en la Capilla del Sagrado Corazón de Triuggio (Milán), se dan las condiciones perfectas para dar vida a esta música cuajada de hermosuras. De hecho, bien puede decirse que, entre los cientos de cantatas de don Alessandro, nos encontramos algunos de los pentagramas más afortunados de todo el Barroco italiano, y esto es mucho decir.

Contando con el acompañamiento del conjunto Musica Poëtica, formado por instrumentistas de reconocido prestigio (Gianluca Capuano, clave; Marco Testori, cello barroco; Rosario Conte, tiorba), el álbum supone, además, el debut discográfico de la soprano alemana pero formada en España Susanna Crespo Held, alumna, entre otros, de Carmen Bustamante y Enedina Lloris.

Hasta aquí, todo perfecto: buena presentación, buen sonido, músicos sólidos y una joven y fresca voz. Pero a partir de aquí acaba todo lo bueno... y lo malo. No hay incorrecciones, tropiezos ni excesos; tampoco hay momentos sublimes, ternura ni arrebato. No es que vayamos a decir que la música está muerta, pero, desde luego, no es el compendio de pasiones y afectos que la cantata barroca –amorosa como lo son las cinco aquí reunidas– debe ser.

El enfoque interpretativo, que no varía a lo largo de las cinco obras, es de una sobriedad... no, mejor: de una parquedad –expresiva, técnica, sonora– extrema: el ruiseñor canta en una jaula, al pastor le han puesto traje negro y corbata y las lágrimas se han secado dejando apenas un cerco salobre. Si hablásemos de Barroco español diríamos que han equivocado los tonos humanos con los divinos, y que estas cantatas suenan más a una melancólica y recogida lección de tinieblas que a lamento amoroso. No hay tal lamento, ni ruego, ni nostalgia, ni dulzura amante, ni desengaño, hasta tal punto que el comienzo de la tercera cantata, “Sento nel core”, parece estar cantado en tercera persona, como si quien sintiera “nel core certo dolore” fuese alguien muy lejano, apenas conocido. Tampoco hay sensualidad ni dramatismo, y en ningún caso debe olvidarse que el origen de la cantata es la escena operística. Hay que esperar a la última cantata –recitativo Sú, sú, che tardi– para encontrar algún atisbo de emoción.

Junto a este estrechísimo abanico expresivo, casi opresor, la soprano solista utiliza una voz tan sin vibrato que, al estar grabada muy cerca, resulta hiriente en los agudos, obligando a bajar el volumen del reproductor. Y el acompañamiento instrumental queda tan en segundo plano, sin establecer auténtico diálogo con la voz, que no es capaz de hacer nada por sacar el discurso musical de esa uniforme tristeza gris. Y es lástima porque, como se dijo al principio, los mimbres interpretativos parecen óptimos; pero con tan poca entrega e imaginación, poco se puede hacer.

Quien quiera saber lo que realmente da de sí una cantata de Alessandro Scarlatti, que recurra a los sofisticados y amenos discos del contratenor Brian Asawa con la Arcadian Academy en Deutsche Harmonia Mundi, antípodas –por imaginación, gusto y despliegue de colores y sentimientos– del presente álbum. O, incluso, tirándose por lo barato, váyase al triple compacto de Brilliant dedicado a cantatas de Scarlatti (varios intérpretes) y saldrán mucho más remunerados.

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