Actualidad Musical
- “Andrea Chénier” en el Real o la inspiración a medias
- Un Barbero “Florido”
- Mariella Devia: la reina del belcanto
- Mutismo y expresión
- Ticciati dirigió a su Scottish Chamber Orchestra en Turín
- Conciertos de la Filarmónica de la Ciudad de México
- Doña Francisquita
- Peter Grimes: El triunfo de la hipocresía
- Miguel Baselga, a golpe de Albéniz
- Los dieciocho Dos de Flórez
- Una Carmen de plató
- Concierto de José Carreras en México
- Nagyida, desde Hungría, pone a bailar Madrid
- Una delicia de principio a fin
- Janáček compone y Chéreau humaniza
- Leif-Ove Andsnes y Grigory Sokolov en el CGI
- La Ópera Garnier de París recuerda a Federico Chopin
- Le Poème Harmonique: Lecciones de Tinieblas
- Tres veladas soviéticas en el Auditorio Nacional
- Entrevista con el bajo italiano Mirco Palazzi
- Enredos en la casa del conde
- “El árbol de Diana” lleno de frutos
Índices
Ópera en Madrid
“Andrea Chénier” en el Real o la inspiración a medias
Carlos de Matesanz
Temporada Lírica del Teatro Real. Umberto Giordano: “Andrea Chénier”, drama histórico en cuatro cuadros, con libreto de: Luigi Illica. Producción de la Ópera Nacional de París. Dir. Escena: Giancarlo del Monaco, Escenografía: Carlo Centolavigna. Figurines: Maria Filippi. Iluminación: Wolfgang von Zoubeck. Dir. Musical: Víctor Pablo Pérez.
27 / 28 de febrero de 2010. Andrea Chénier: Fabio Armiliato / Jorge de León, Maddalena di Coigny: Daniela Dessì / Fiorenza Cedolins, Carlos Gérard: Marco di Felice / Marco Vratogna, Bersi: Marina Rodríguez-Cusí, Condesa de Coigny: Stefania Toczyska, Madelon: Larissa Diadkova, Roucher: Felipe Bou, Fléville y Tocquier-Tinville: Marco Moncloa, Increíble: Carlo Bosi, Schmidt: Károly Szemerédy.
Las dos últimas representaciones de este título tan emblemático del verismo italiano supusieron una vuelta a la normalidad al Teatro Real después de los incidentes técnicos del día 25, que supusieron un alboroto de considerable repercusión mediática. La consecuencia más importante fue la espantada del tenor Marcelo Álvarez de uno de los tres repartos convocados y su sustitución por el joven canario Jorge de León, que ha resultado una revelación en toda regla y del que podríamos decir aquello de “ha nacido una estrella”.
Después del desastroso “Holandés errante” wagneriano que lo precedió en cartelera, esperábamos desquitarnos con este “Chénier” que hace tanto tiempo no se veía en Madrid y que prometía, con los nombres de Víctor Pablo Pérez y Giancarlo del Monaco a la cabeza, funciones de buenas a memorables. Desde luego, el maestro burgalés cumplió con todas las expectativas, y de largo: la orquesta hace tiempo que no sonaba tan cohesionada y opulenta, la cuerda tan expresiva y cálida, los metales tan metidos en cintura y tan empastados; la sonoridad fue eminentemente sinfónica, pero en ningún caso sofocante ni excesiva; la concertación, excelente y no hubo el más mínimo desajuste entre escenario y foso, y Víctor Pablo estuvo siempre atento a los cantantes, dirigiéndoles también a ellos, marcándoles incluso la duración de los calderones.
El primer cuadro, así, transcurrió según lo deseado, e incluso más allá; la escenografía, vistosa y original a la vez, con figurines llenos de inventiva e ironía –un ancien régime caricaturesco– y una iluminación brillante, enmarcaban una dramaturgia contenida pero elocuente que, al final, cuando el decorado como de porcelana se dislocaba, nos hacía esperar momentos imponentes en los siguientes tres cuadros; con un drama tan bien planteado, el nudo y el desenlace tenían que ser apabullantes. Pero no. A Giancarlo del Monaco se le acabó la (magnífica) inspiración ahí: los tres últimos cuadros, de escenografías convencionales y básicas o muy básicas, figurines sin pizca de imaginación e iluminación cada vez peor, se limitaron a enmarcar el argumento sin darle ninguna vida. Y, como “Andrea Chénier” tampoco es la ópera más intensa y sólida jamás compuesta, el aburrimiento vino solo, potenciado por dos intermedios muy largos que rompieron aún más la (escasa) tensión dramática.
Al final, en este tipo de óperas y con estos montajes corrientes, todo acaba reduciéndose a las voces; que, en este caso, fueron buenas pero tampoco elevaron mucho el nivel. Ya hemos mencionado el debut por sustitución –en plan película de las de antes, en las que la vicetiple acaba siendo reina de la revista– de Jorge de León, que conquistó al respetable con una voz intensa, bien timbrada, homogénea y efusiva; pegas, se le pueden poner muchas –tendencia a cantar en forte, fiato un poco justo y no bien administrado del todo, abuso de los resonadores nasales, etcétera– pero no más que a otros, porque nadie es perfecto, y no hay que pasarse de crítico a criticón. Ya quisieran muchos tenores, de esos que llevan muchos años asentados en primera línea del panorama lírico, hacer un Chénier tan entregado, cálido y empático como el del joven canario. Entre ellos, Fabio Armiliato, que pareció no estar cómodo con la vocalidad spinto del papel más que hacia el final de la función, aunque, eso sí, los agudos estuvieron siempre en su sitio (algo es algo); sus tres solos le califican: suficiente en el “Improvviso”, insuficiente en “Sì, fui soldato” y notable en “Come un bel dì di maggio”; en el dúo final, desapareció devorado por su señora esposa.
En Maddalena, Daniela Dessì estuvo mejor de voz –aunque con un tinte algo metálico– y Fiorenza Cedolins, de timbre algo más dulce pero con agudos nada proyectados, mejor de actuación; ambas, solventes y profesionales, con buen estilo de canto, pero ninguna de las dos arrebató ni hizo una “Mamma morta” realmente emocionante. Como Gérard, tal vez le llevara una ligera ventaja Marco di Felice –de voz más sonora y sana, con un timbre que recuerda ligeramente a Bruson pero sin su fraseo señorial– al otro Marco, Marco Vratogna, que, no obstante, es mucho más adecuado para este papel que para otros que ha cantado en el Real (Renato, de “Un ballo in maschera”, por ejemplo). Frente a estas primeras figuras, de mucho nombre y escaso relieve, destacó un personaje secundario: la Madelon cantada de lujo por Larissa Diadkova, con resonante y bella voz eslava y mucha emoción contenida. Ella fue la mejor del largo elenco de secundarios, que estuvieron todos ellos muy bien, aunque hay que destacar lo desapercibida que pasó la siempre notable Marina Rodríguez-Cusí como Bersi y lo poco que se aprovecha el pedazo de voz de Károly Szemerédy en el breve papel de Schmidt.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2010 by Javier del Real