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Índices
Ópera en Valencia
Una delicia de principio a fin
Fernando Morales
Palau de les Arts Reina Sofía. 26 de febrero de 2010. La novia vendida, ópera cómica en tres actos. Música: Bedřich Smetana. Libreto: Karen Sabina. Estrenada en Praga, Teatro Provisional el 25 de septiembre de 1870. Mařenka: Sabina Cvilak. Jeník: Aleš Briscein. Vašek: Vicenç Esteve. Kecal: Vladímir Matorin. Krušina: Miguel Ángel Zapater. Ludmila: Pilar Vázquez. Mícha: Ventseslav Anastasov. Háta: Hannah Ester Minutillo. Comediante: Robert Burt. Esmeralda: Luca Espinosa. Indio: Lluís Martínez Agudo. Producción Ópera North de Leeds. Director Musical: Tomáš Netopil. Director de Escena: Daniel Slater. Escenógrafo y vestuario: Robert Innes Hopkins. Iluminador: Simon Mills. Coreógrafo: Tim Claydon. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del Coro: Francesc Perales.
No hay sensación más reconfortante que salir de una ópera con ese sabor de boca de satisfacción plena, y con deseos ardientes de volver a tener la oportunidad de disfrutarla. Una maravillosa delicia ha sido esta producción de La novia vendida que hemos disfrutado en el Palau de les Arts. No ha habido lunar excesivamente visible, nada ha defraudado, todo ha funcionado y todos hemos disfrutado como hacía mucho que no disfrutábamos. Cierto que a nivel concreto hemos visto mejores directores musicales en Lorin Maazel o Zubin Mehta, mejores voces, sin ir más lejos la Lucia de Nino Machaidze o el Edgardo de Francesco Meli de quince días antes, pero a nivel global hemos visto uno de los espectáculos más redondos, convincentes y satisfactorios de cuantos se nos han presentado en el coliseo operístico calatravino.
Para empezar, la dirección escénica de Daniel Slater se merece un bravo. No es ninguna novedad, ni ninguna audacia trasladar la acción en el tiempo, es decir, actualizarla, pero no por ello ha de estar mal seguir haciéndolo. Porque llevar la acción de un pueblo de Bohemia del siglo XIX a la Checoslovaquia de la década de los setenta del pasado siglo XX ha sido un acierto total y la acción ha funcionado a la perfección. Ya la primera idea de convertir a la masa de campesinos en una agrupación coral que hace su ensayo es realmente sensacional, el movimiento actoral es continuo, rico, inteligente, pero nunca molesta ni distrae de la acción importante. Las coreografías son extraordinarias, sin caer en el folklorismo excesivo, brindándonos bailes tradicionales checos, pero dentro del discurso planteado por Slater, engarzándose a la perfección con lo que acontecía en el escenario. El tercer acto, con el circo y los acróbatas, malabaristas y el comediante, es realmente asombroso, sensacional, ocurrente, como la broma que gasta: “Movida por más hilos que una tregua con Moscú”. Los aspectos bufos, en este caso, están potenciados desde el comienzo, pero sin caer en la excesiva caricaturización, ni en el personaje de Kecal ni en el del tartamudo Vašek.
A nivel musical, hay que reconocer con otro bravo la dirección de Tomáš Netopil. Esta ha sido su mejor intervención hasta el momento en Valencia, y en ella ha demostrado llevar la música checa en las venas: colorista, vivaz, delicada, llena de luces, de claroscuros, con chispa. En sus manos, la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a mostrarse como una seda, con una obertura deslumbrante en el fugado inicial. El Cor de la Generalitat sumó otro tanto a su ya muy importante historial en el coliseo valenciano. Brillante, rotundo, compacto, con una cada vez más suelta participación escénica.
Las voces, sin ser las mejores que se han escuchado, han sido todas de un nivel medio más que notable. La pareja protagonista estuvo más que correctamente defendida por Sabina Cvilak como Mařenka y Aleš Briscein como Jeník. Seguramente ella ganó la batalla, porque él se mostró menos brillante en sus prestaciones, con una voz que tendía al engolamiento, pero que en líneas generales se mostró en la línea de los grandes tenores checos.
No hay palabras para alabar la contribución del bajo bufo Vladímir Matorin, al que ya conocíamos por su también maravillosa intervención en Esponsales en el Monasterio de Prokófiev de hace varios años. Su Kecal fue divertido, truculento, intencionado, hasta ridículo cuando tocaba, adornado todo con esa voz cavernosa, oscura y penetrante que le da el toque definitivo. Se llevó una enormidad de vítores más que merecidos.
No menos brillante el tenor Vicenç Esteve, que completó el otro gran personaje bufo de la ópera, el Vašek. Realmente Vicenç Esteve ha alcanzado en este papel su auténtica mayoría de edad en el Palau de les Arts, en el que ya nos ha mostrado en anteriores intervenciones su más que sobrada competencia. Especialmente acertado en lo actoral, dibujó un personaje entrañable, divertido, ingenuo, de una riqueza interior y exterior maravillosa. A nivel vocal, tiene unos medios más que notables y supo recrear la tartamudez con una facilidad asombrosa.
Aplausos para todos los demás, de menor relieve en sus papeles comprimarios, si bien destacaría especialmente la Háta defendida por Hannah Ester Minutillo. En definitiva, un espectáculo en toda regla para recordar y para despertar en todos nosotros los deseos de volver pronto a encontrarnos con un espectáculo tan completo, de tan alto nivel y con tantas cosas que decirnos.
Fotografía cortesía Palau de les Arts Reina Sofía ©Tato Baeza
Escribir a Fernando Morales