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Conciertos en Madrid

Tres veladas soviéticas en el Auditorio Nacional

Carlos de Matesanz

12 de marzo de 2010, 19:30 h. Temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Akiko Suwanai (violín), dir: Yakob Kreizberg. F. Mendelssohn: Obertura “Las Hébridas”, Op. 26 y Concierto para violín en Mi menor, Op. 64; D. Shostakovich: Sinfonía nº 11 en Sol menor, Op. 103.

12 de marzo de 2010, 22:30 h. Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica. Orquesta Filarmónica Nacional Rusa, dir: Vladimir Spivakov. P.I. Tchaikovsky: Sinfonía nº 5 en Mi menor, Op. 64; D. Shostakovich: Sinfonía nº 5 en Re menor, Op. 47.

16 de marzo de 2010, 19:30 h. XIV Ciclo Complutense de Conciertos. Angelika Kirchschlager (mezzo), Die Singphoniker y Orquesta Gulbenkian de Lisboa; dir: Lawrence Foster. F. Liszt: Vals Mephisto nº1, K. Weill: “Los siete pecados capitales”, S. Prokofiev: Sinfonía nº 3 en Do menor, Op. 44.

Vladimir Spivakov

No es frecuente que dos orquestas distintas coincidan el mismo día, en la misma sala, tocando sinfonías de Shostakovich una detrás de otra; y mucho menos que, poco después, otra más se animara a ofrecer una de las tan poco tocadas –excepción hecha de Primera y Quinta– sinfonías de Prokofiev. Así, se reunieron, en tres veladas, los dos principales compositores soviéticos en programas orquestales de enjundia.

De Yakob Kreizberg, maestro sólido y serio, bien asentado en el panorama internacional, esperábamos una traducción de la Undécima de Shostakovich bien definida, aunque no fuera demasiado efusiva o desgarradora, pero nos sorprendió con una lectura correcta –y sólo correcta– en la realización de las partes, pero deslavazada en conjunto, carente de arrastre, de ilación narrativa (no olvidemos que es una obra programática titulada “El año 1905”) y de garra dramática en los momentos en que la música lo requería. Una interpretación escasa de climas y de clímax. La Orquesta Nacional de España respondió en consecuencia: poco. Mucho mejor estuvo la primera parte del concierto, dedicada a Mendelssohn: con una Obertura “Las Hébridas” extraordinariamente lenta y contemplativa (parecía mas bien la Obertura “Mar en calma y viaje feliz”) y un Concierto en Mi menor brillante y vibrante gracias a la prestación solista de Akiko Suwanai, que impuso carácter y una línea muy firme a la interpretación, con un dominio del violín indiscutible y un sonido grande y claro, nada remilgado.

La Orquesta Filarmónica Nacional Rusa, creada en 2003 para el violinista Vladimir Spivakov, que es hasta hoy su director titular, sorprendió a quienes no la habíamos escuchado antes. De un sonido compacto, claro y asentado, no responde en absoluto al tópico de la orquesta rusa, un poco apisonadora, de sonido duro con metales ácidos y estridentes. Sin tener la brillantez perfecta de los metales anglosajones, los de esta agrupación son discretos y empastados, y mucho mejores que el de otras agrupaciones paisanas que han pasado antes por Madrid, como la Filarmónica de San Petersburgo o la del Teatro Mariinski. Tal vez, su talón de Aquiles sea una cierta debilidad de potencia en el sonido de la cuerda, de timbre aterciopelado y hermoso no obstante.

Con tan buena agrupación a su servicio, Spivakov podría haber dado una mejor interpretación de la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky que, excelentemente leída, no alcanzó a coronar ninguno de sus clímax, faltándole el arrebato romántico que el compositor requiere en todas sus grandes obras sin excepción. Por lo tanto, el mejor momento de la misma, fue el tercer tiempo, el delicioso vals, que resultó realmente exquisito y en el que la orquesta lució su refinado sonido. La otra Quinta en programa, la de Shostakovich, se benefició mucho más de la indiscutible capacidad analítica de Spivakov. Y, aunque también en esta partitura se le habría podido pedir si no más pasión, sí más desgarro, redondeó una lectura pujante y sin caídas de tensión. Además, las múltiples virtudes instrumentales de la Nacional Rusa encontraron mejor vehículo de lucimiento en la magnífica orquestación shostakovichiana.

De menor categoría, pero profesional, cohesionada y entregada, la veterana Orquesta Gulbenkian de Lisboa, se lanzó a interpretar la Tercera Sinfonía de Prokofiev, totalmente confiada en la rectoría de su actual titular: Lawrence Foster, al que no perdieron de vista y que hizo una lectura justa, inteligente y no carente de emoción e impacto. Muestra del nivel más que notable de la interpretación y de los intérpretes fue el tercer movimiento, que no se convirtió en el concierto de maullidos desafinados en que suele desembocar al menor descuido. Esta sinfonía, cuyo material procede de la ópera “El ángel de fuego” que cuenta la historia de una posesión demoníaca, se vio acompañada en programa muy coherentemente por otra obra demoníaca –el brillante Vals Mephisto nº 1 de las Dos escenas del “Fausto” de Lenau de Liszt, leído sin mayor interés– y los infrecuentes Siete pecados capitales de Kurt Weill, que recibieron una interpretación mucho más sinfónica y menos cabaretera de lo que es habitual y pertinente en la obra de este compositor. No obstante, en la última obra mencionada, los auténticos protagonistas fueron los cuatro miembros (dos tenores y dos bajos) del conjunto vocal Die Singphoniker, que hicieron el coro comentarista, y, sobre todo, la magnífica mezzo Angelika Kirchschlager, en excelente estado vocal, magnífica en el decir y totalmente entregada al texto. Texto incomprensible para la gran mayoría de los asistentes, al no incluirse en el paupérrimo programa de mano de una Complutense que ya no sabe de dónde recortar.

Fotografía cortesía de Ibermusica ©Alexander Kurov