Crítica musical
De lo personal a lo responsable en la crítica
José Antonio Tello Sáenz
Las palabras recogidas en el número de marzo de una revista del medio, al hilo y propósito de las novedades de la serie Naxos USA, las de un crítico en funciones —como lo somos todos cuando se nos presta una tribuna y descargamos en ella nuestra opinión—, me abrieron las carnes de par en par. Su ofensiva contra Cage y Feldman, al ser concebidos como “inefable” y “soporífero” respectiva y despectivamente, confundiendo las conclusiones del difícilmente extrapolable sentido del gusto con las sentencias definitivas de un casting innecesario, han cuestionado en un contexto de desprecios la importancia de estas dos figuras tan brillantes en la historia de la música contemporánea. Muchos son los que se acercan a estas lecturas también para el aprendizaje, así que en medio de la morralla de últimos compositores americanos de cuya amenaza se nos advierte, al menos del buen puñado que alcanza la reseña y a quien se niega un mínimo derecho a la cuarentena, podrán encontrar inoportunos reduccionismos que facilitan la memoria más injusta y la inercia de sus prejuicios.
Con Cage el inefable, se pierde la ocasión de remarcar su inclasificación artística para acabar en este eufemismo que invita al sobreseimiento de una obra maravillosamente abierta, además, a un interés extramusical. Como revolucionario, fue naturalmente controvertido; otra cosa es que no se le pueda pronunciar, un presupuesto que cierra en falso cualquier debate. Muy cerca, Feldman el soporífero queda caricaturizado por esta capacidad marginal de su sonido relajante y profundo, cuando se debiera mostrar la instantánea de una música expresiva, reflexiva y serena, independiente y ajena a los límites de su representación.
¿Debe el crítico escribir con todas las armas y a campo abierto? ¿Y esperar a que se necesite su opinión más beligerante antes de ser manifestada? Porque la crítica está también para atender necesidades, aceptémoslo. Lo contrario sería la excusa más narcisista de exaltar el paladar propio, que se mira a sí mismo e invade al resto con su ausencia. Un verdadero peligro, sin duda. Se ha escrito mucho sobre la crítica y su artificio frente a la naturalidad del arte, del fraude de ciertos artes y la utilidad de su denuncia pública, pero antes de comprender estas teorías más o menos interesadas, deberíamos preocuparnos de encontrar los mínimos de nuestra responsabilidad. Traducir lo bello en una materia diferente, así entendía Oscar Wilde el papel del crítico. Si nos adaptamos al compromiso de mutua dependencia que inspira este precepto básico, dejando fuera de cuestión la oportunidad de lo personal que va a interpretar y valorar una manifestación artística, entenderemos la conveniencia de que la crítica del plumazo se autolimite. La escritura es la más alta de las voces, la que más y mejor se escucha por su virtud de permanencia, y a la que se sigue reservando una de las extensiones del arte cuando le toca contarlo. No hay mejor razón.
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