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Celibidache en el foso
Fernando Morales
Palau de les Arts Reina Sofía. 25 de marzo de 2010. La vida breve, drama lírico en dos actos. Música: Manuel de Falla. Libreto: Carlos Fernández Shaw. Estrenada en Niza, Casino Municipal el 1 de abril de 1913. Salud: Cristina Gallardo-Domâs. Paco: Jorge de León. Abuela: María Luisa Corbacho. Tío Sarvaor: Felipe Bou. Carmela: Sandra Ferrández. Manuel: Isaac Galán. Voz en la fragua, voz lejana: Antonio Lozano. Vendedoras: Sandra Ferrández, Natalia Lunar. Cantaora: Esperanza Fernández. Guitarrista: Juan Carlos Gómez Pastor. Nueva producción del Palau de les Arts Reina Sofia. Director Musical: Lorin Maazel. Director de Escena y Escenografía: Giancarlo del Monaco. Vestuario: Jesús Ruiz. Iluminador: Wolfgang von Zoubeck. Coreógrafo: Goyo Montero. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del Coro: Francesc Perales.
Cavalleria rusticana, melodrama en un acto. Música: Pietro Mascagni. Libreto: Giovanni Targioni-Tozzetti y Guido Menasci, basado en el drama homónimo de Giovanni Verga. Estrenada en Roma, Teatro Constanzi el 17 de mayo de 1890. Santuzza: Anna Smirnova. Turiddu: Jorge de León. Mamma Lucia: María Luisa Corbacho. Alfio: Gevorg Hakobyan. Lola: Natalia Lunar. Producción del Teatro Real de Madrid. Director Musical: Lorin Maazel. Director de Escena: Giancarlo del Monaco. Escenografía: Johannes Leiacker. Vestuario: Birgit Wentsch. Iluminador: Wolfgang von Zoubeck. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del Coro: Francesc Perales.
En noviembre de 1995, la violinista Anne-Sophie Mutter dirigida por André Previn, tocó una versión ultrarromántica del Concierto para violín de Beethoven en el Palau de la Música. Un servidor, por aquél entonces en pleno proceso de asimilación del estilo historicista - estaba maravillándome con el Beethoven de Harnoncourt-, asistía atónito a la ejecución caprichosa de la diva de la genial partitura. Los torrentes de aplausos, vítores, ovaciones, gritos y demás muestras de entusiasmo dirigidos a La gallina que toca el violín –como la denominó Sergiu Celibidache-, y la posterior manifestación de la crítica local –encabezada por el mítico, inolvidable y gran maestro Gonzalo Badenes-, no sólo aumentaron mi desconcierto, sino que hicieron nacer en mí la necesidad de tener algo que decir. Y me hice crítico de música. Pues hacía mucho tiempo que no percibía en el personal una reacción similar a la que tuve en aquél concierto de la Mutter. Sobre todo en la fila de la crítica –como observó mi colega Joaquín Guzmán, los críticos somos los únicos que no vamos con corbata el día del estreno-, que se manifestaba con pasión, con furia, con vehemencia tras la deleitosa, morosa y pausada dirección de Lorin Maazel de Cavalleria rusticana. Y el público se deshacía en gritos hacia Maazel, como siempre. Y los críticos se marchaban indignados y hablaban con los ojos casi fuera de las órbitas de la manera en que Maazel se había cargado la partitura de Mascagni. Yo grité bravo al maestro, pero todos los que me lean –mil gracias-, saben que Maazel es una de mis debilidades, aunque reconozco que en este caso creo que el norteamericano se equivocó.
En casa tengo las interpretaciones de Celibidache de las sinfonías de Bruckner –el que no las tenga que marche rápidamente a confesar o a la tienda de discos que quede en pie-, tanto las de los setenta en DG como las de los ochenta en Munich con EMI. Respecto de las últimas, las más interesantes y las que vienen al caso, se caracterizan precisamente por eso, por la tremebunda lentitud, la parsimonia exagerada en los tempi –como me dijo un día mi querido Roberto Forés, los abuelos en taca-taca. Considero que la Séptima o la Novena son interpretaciones mágicas, milagrosas, reveladoras y cuantos epítetos se me puedan ocurrir, pero por ejemplo, considero que la Tercera, la Quinta o incluso la Octava son excesivamente lentas y que no funcionan igual. Son interesantes, pero no me resultan tan convincentes.
A esa conclusión llego tras esa interpretación de Maazel de la partitura germinal del verismo: escuchamos algo interesante, único, original, irrepetible, pero que posiblemente no acabara de funcionar… o sí, porque a la gente le gustó. Al final ocurre que los críticos pasan a la historia por machacar los estrenos de las grandes obras maestras, quedando como el hazmerreír de todo este montaje. ¿Con qué autoridad discutimos a Lorin Maazel esa elección de tempi?, ¿Quiénes somos nosotros o cuáles son nuestros méritos para estar legitimados para decir que Maazel se ha cargado la partitura?
Lo que le agradezco a Lorin Maazel, una vez más, y por encima de que me gustara personalmente más o menos, es que en sus manos la música está siempre viva, siempre nos cuenta algo nuevo, siempre tiene cosas nuevas que enriquecen, engrandecen y hacen justicia a la calidad artística de las obras, y por supuesto, sus interpretaciones siempre resultan estimulantes: vaya si lo fueron, no hay más que recordar los aspavientos de ciertos críticos diciendo que el dúo Ad essi non perdono de Alfio y Santuzza no puede hacerse así, que se le quita toda su intención, ¡por Dios, pero si está clamando venganza antes de que acabe el día!
Es cierto, ¿qué le queda a Cavalleria si se le quita esa impetuosidad, ese fuego latino, esa energía racial?, poco más, porque la obra no tiene mucho más. Maazel le quitó buena parte de ese ardor, pero a mí se me erizó el vello igual en momentos como la maldición de Santuzza o en el dúo Turiddu-Santuzza. Suficiente.
Como siempre, Maazel nos regaló gestos para la galería, por ejemplo dirigir el intermezzo sin batuta, con las manos y… a tempo, o por lo menos con un tempo ortodoxo o normal. Bravo.
Ya hace tiempo que Maazel dirige con tempi más reposados. Lo que pasa es que nunca hasta ahora había sido tan evidente, posiblemente por lo que he dicho antes: Cavalleria no tiene trasfondo como sí lo tiene Turandot, por ejemplo, obra que dirigió hace poco Maazel con unos tempi también sorprendentemente lentos y con excelentes resultados. Igual es simplemente cosa de la edad.
La vida breve que la precedió en el programa, también la llevó lenta, pero no tanto. Posiblemente por la cantidad de números de baile que tiene y que obligan a llevar tiempos más ligeros, porque en las partes más dramáticas de la ópera los tiempos también fueron lentos. La ópera de Falla sí funcionó a la perfección. Maravilloso, y además la dirigía por primera vez.
Una discusión que sí que llegó a buen puerto en el sector de la crítica fue convenir como un acierto haber emparejado estas dos óperas breves. Las semejanzas y afinidades, tanto dramáticas como musicales, tanto de temperamento como de argumento, son evidentes y han funcionado perfectamente. Enhorabuena a los responsables del Palau de les Arts por ello, sobre todo por darle cancha a la ópera de Falla, que normalmente no encuentra acomodo en las temporadas operísticas.
Respecto de la puesta en escena, también hubo consenso para aplaudir el trabajo de Giancarlo del Monaco. Especialmente acertado en el planteamiento de la ópera de Falla. Como si fuera una horrenda ensoñación de Salud, se presentan los acontecimientos en un escenario único en el que dos enormes paneles verticales se mueven para cambiar los ambientes y para remarcar la angustia que vive la protagonista en cada momento. Todo ello coronado por una iluminación en tonos rojo plomizo que dan a la atmósfera de la ópera un tono opresivo y de tremenda intensidad psicológica.
No tan convincente fue la plasmación de la ópera de Mascagni. Ya la conocíamos, porque proviene del Teatro Real, donde se hizo acompañada de su habitual pareja: Pagliacci. Sobre unos bloques semiinclinados de color blanco se manejan los personajes que visten de negro. Un paisaje neutral, pero tan blanco que no sabemos si estamos en la luna, en la Antártida o en Sierra Nevada.
La coreografía en La vida breve fue estupenda, como lo fue la intervención de la cantaora Esperanza Fernández.
Respecto a las voces, para La vida breve contamos con la participación –por fin, tras varias cancelaciones- de la chilena Cristina Gallardo-Domâs, gran triunfadora por su sensacional plasmación del atormentado personaje, así como con la mezzo María Luisa Corbacho y el bajo Felipe Bou, magníficos acompañantes de la soprano.
En Cavalleria encontramos la sorpresa agradable de la noche en la voz de la soprano Anna Smirnova, de poderosos medios y muy interesantes capacidades, como muy interesante fue el barítono Gevorg Hakobyan en el papel del carretero Alfio.
Por su parte, el doble tenor fue el español Jorge de León como Paco y Turiddu respectivamente. Calificado por Giancarlo del Monaco como “el mejor tenor spinto español del momento”, mostró una voz suficiente, convincente, a la que habremos de seguir en el futuro. Que le vaya bien, esperemos. Fue el que peor se adaptó a la morosidad demandada desde el foso.
Respecto de la orquesta y el coro, ¿qué más se puede decir?: fantásticos como siempre.
Fotografía cortesía Palau de les Arts Reina Sofía ©Tato Baeza
Escribir a Fernando Morales