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Índices
Zarzuela en Madrid
Merienda en el Canal con radio, zarzuela y Cola Cao
Carlos de Matesanz
Teatros del Canal. Manuel Fernández Caballero: “Chateau Margaux” y “La Viejecita”. Producción del Teatro Arriaga de Bilbao. Dir. escénica e iluminación: Luis Pasqual, Escenografía: Paco Azorín. Figurines: Isidro Prunés. Coro y Orquesta de la Comunidad de Madrid, dir: José Ramón Encinar. 11 de abril de 2010. 17:00 h. Angelita / Luisa: Sonia de Munck, Manuel Fariñas / Federico: Emilio Sánchez, Carlos: Axier Sánchez, Fernando: José Manuel Díaz, Sir Jorge: Miguel Sola, Don Manuel / Locutor-presentador: Jesús Castejón.
Avalada por éxitos anteriores, llegaba esta producción de origen vasco a Madrid, donde parece no haber tenido la repercusión que en otros lugares en que se ha presentado. Inmerecidamente, pues es un espectáculo bien pensado y bien realizado, original y respetuoso con las esencias, modesto y, a la vez, vistoso.
Haber convertido “Chateau Margaux” en un concurso radiofónico de los años 40, en vez de en una escena doméstica –divertida pero intrascendente–, no es traicionar la esencia de juguete cómico-lírico de la obra; sobre todo, si esto se hace con ingenio y buen gusto, como fue el caso. Después del concurso, patrocinado por vinos Chateau Margaux, la misma emisora ponía en antena “La viejecita” con un cuadro de actores de los que tenían las emisoras de antaño y coros de un regimiento y una escuela de puericultura. Pero el poder de la radio es tal que, en el acto II desaparece el decorado de la emisora y nos encontramos ya efectivamente en los salones de Sir Jorge, como si “La viejecita” fuese real y no una transmisión. Con este planteamiento, con un decorado esmerado y bien hecho, y con un bonito vestuario, Luis Pasqual consigue un espectáculo compacto –las dos zarzuelas se interpretan sin solución de continuidad y, “La viejecita”, sin entreactos–, entretenido y deleitoso, en el que no hay demasiadas cosas que chirríen (la falta de los dichosos “dragones ingleses”, por ejemplo) y en el que los añadidos (las canciones publicitarias de la época que trufan el desarrollo de “Chateau Margaux”) son divertidos. Esto y la inteligente concepción del espacio, con la orquesta sobre el escenario –perfectísimamente integrada–, auguran a esta producción presencia en muchas localidades que no tienen teatros con foso digno de tal nombre.
Musicalmente, la Comunidad de Madrid, además de contar con su orquesta y coro (que son los titulares del Teatro de La Zarzuela y que, por tanto, conocen perfectamente el género) reclutó un doble reparto de jóvenes cantantes, adecuados vocalmente, competentes en lo actoral y muy entregados: hasta el punto de hacer doble función algún día, cosa que ya casi no se da.
Precisamente, el hecho de haber asistido a uno de esos días de doble función –¡y a la hora de la merienda!– impide juzgar duramente el desempeño vocal de los cantantes que, con todo, fue muy notable. Sonia de Munck lució, además de bellísima figura, extensión y gusto, andando discreta de volumen, probablemente por reservarse para la siguiente función. Emilio Sánchez es un profesional a prueba de bomba, de esos que no se inmuta aunque vea una vaca volando, y, a pesar del timbre poco grato –o, incluso, de la falta de timbre– de su voz, perfila los personajes con sobriedad y los canta con valor y exactitud. Pero, del trío vocal protagonista, habría que destacar al joven barítono Axier Sánchez, más que por la voz, de buen volumen pero no demasiado hermosa y algo corta de fiato, por su canto generoso y su impagable entrega escénica en el lucido papel de Carlos, alias “La viejecita”. No hay que olvidarse, en este repaso del reparto, del maestro de ceremonias, el locutor encarnado por el actor Jesús Castejón, con toda la parlanchinería propia de la radio antigua, que también cantó un breve papel en la segunda zarzuela; aunque la voz, que realmente lució en las partes habladas por proyección, timbre y excelente dicción, fue el barítono José Manuel Díaz.
La orquesta, oculta tras una cortina durante buena parte del espectáculo, sonó por ello amortiguada y sin gran relieve al principio. Sin embargo, la dirección musical debió de estar muy trabajada, pues tanto los solistas como el coro, que tenían al maestro José Ramón Encinar a sus espaldas, oculto tras la cortina, cantaron “sin distraer en tanto así el compás”, que diría la Menegilda, yendo siempre a una con la orquesta, aun en los concertantes más enrevesados de “La viejecita”. Mención especial para el coro masculino en su interpretación saladísima de una versión polifónica y poliédrica del la canción del Cola Cao –aquella del “negrito del África tropical” – que debería incluir en su repertorio de bises.
Fotografías © E. Moreno Esquibel