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Opinión

Los (otros) derechos de autor

José Prieto Marugán

De vez en cuanto salta a las páginas de la prensa generalista la polémica sobre los derechos de autor; polémica recurrente y que, en la práctica, a nada conduce. El problema, especialmente complejo y que despierta la sensibilidad de las gentes, sólo puede encontrar una solución si ambas partes se sientan en una mesa y dialogan con intención de resolverlo.

El tema de los derechos es muy interesante y complicado. Se puede discutir sobre cuánto hay que pagar y cuánto tiempo deben durar los derechos de los autores; se debe discutir y aclarar cómo se gestionan el cobro y el reparto de estos derechos, a pesar de que sean tramitados por empresas privadas, y hay que eliminar el célebre canon que presupone una práctica predelictiva de quienes compran cualquiera de los productos que lo gravan.

Pero no es a estos derechos a los que nos referimos; sino a los derechos morales del autor que en algunos casos, especialmente en lo que al teatro lírico se refiere, están siendo violentados por personas que se justifican por necesidades de “actualización” y “adecuación” de las obras a nuestro tiempo. Muchas veces –aunque no lo confiesen- responden a intereses económicos basados en la generación de “nuevos” derechos de autor. No faltan, desde luego, deseos de exhibicionismo y provocación, que, entre otras cosas, proporcionan, gratis, espacio y espacio de los medios de comunicación.

Estos derechos morales están siendo conculcados por personas que tergiversan impunemente los deseos explícitos de los autores, especialmente los de los literarios. Luis Olmos ha presentado una Francisquita, con los versos originales “traducidos” a prosa; Lluis Pasqual, ha tomado el libreto de Chateaux Margaux, y “lo he tirado por la ventana”, según declaraciones propias; Calixto Bieto puso en escena un Barberillo poco menos que irreverente, y Marina Bollaín tuvo la picardía de llamar a su espectáculo Noche de verano en la Verbena de la Paloma, aunque, realmente, lo que había detrás era la célebre zarzuela de Tomás Bretón “adaptada”. ¿Por qué el texto de Las Leandras o La corte de Faraón ha de presentarse lleno de tacos, basteces, ordinarieces y groserías que no están en el original? ¿Qué dirían Luis Mariano de Larra y Barbieri al enterarse de que su Barberillo ha sido representado en Bilbao y Valladolid con un narrador que resume la acción? ¿Se imaginan ustedes la indignación de Carlos Fernández Shaw y Falla si supieran que Calixto Bieto convirtió la ópera de Friburgo en un vertedero para representar La vida breve?En la ópera es peor: para algunos, sexo, droga, orgías, violaciones, sangre …, vengan o no a cuento, no deben faltar en las obras de Mozart, Rossini, Verdi, Strauss, Wagner

Cambio de diálogos, sustitución de personajes, texto eliminado, versos desaparecidos, desarrollos escenográficos cambiados de lugar, alejados de lo que imaginaron los autores… son práctica frecuente que, a nuestro juicio, nada añaden a las obras originales. Dentro de cien años, se seguirá disfrutando de Doña Francisquita, de La verbena, de Châteux Margaux y de El barberillo.

Pero, ¿alguien se acordará de estas versiones, aunque “permanezcan” gracias a la tecnología de que hoy disponemos?  ¿Por qué se hacen estas cosas en la zarzuela y en la ópera? A nadie se le ocurre “actualizar” el poema de Schiller que empleó Beethoven en su Novena Sinfonía, ni traducir Él Mesías o la Misa de la Coronación.

Quienes se muestran a favor de estas versiones, argumentan que son espectáculos excelentes, que la gente aplaude, que llenan los locales… En muchos casos es así, son espectáculos excelentes, brillantes, bien dirigidos e interpretados, pero no responden a lo que dice el título.

¿Quién tiene la culpa?

Aunque el que da la cara es el director de escena, los responsables de esta situación somos todos, aunque es cierto que en distinta medida, porque no todos tenemos las mismas posibilidades de evitarlo.

Son responsables, en primer lugar, los adaptadores y directores de escena que no muestran el más mínimo respeto por el trabajo ajeno, enarbolando banderas de actualización, de adecuación, de puesta al día, de poda literaria… De romper tópicos, para caer en otros tópicos. Un director tiene muchas posibilidades de plantear su propia visión de una obra, especialmente si a las indicaciones y deseos del autor añade las opciones que hoy le ofrecen las nuevas tecnologías.

No carecen de responsabilidad los intérpretes, capaces de aceptar cualquier cosa con tal de participar en espectáculos dirigidos por un personaje de postín, escandaloso o polémico, o actuar en un teatro de primera fila. Otros se niegan en redondo y no entran en este juego; la mayoría –creo- que sopesan mucho todos los elementos de la producción, incluso los riesgos de cancelar su contrato. Pero estos últimos lo único que consiguen es… perder el contrato y, en muchos casos, aparecer en la prensa como anticuados o retrógrados.

Los críticos y comentaristas deberíamos aprender a distinguir entre el espectáculo y su adecuación a los textos escritos por los autores. No se puede dudar de que hay producciones excelentes por sus intérpretes, escenografía, movimiento de actores …, pero esos espectáculos no siempre corresponden al título que llevan. Y no se olvide que son el título y el autor anunciados los que llenan el teatro. Prueben éstos a ofrecer lo contrario.

Los gerentes de los teatros tienen una responsabilidad añadida en este tema, mucho más si se trata de teatros públicos o subvencionados, locales en los que, curiosamente, suelen darse estos espectáculos “modernos”. Nada se hace en un teatro si su director no lo autoriza.

Los espectadores, que deberíamos tener el valor de levantarnos de la sala y salir de ella, cuando lo que nos dan no es lo que corresponde. El problema es que muchas veces, el espectador cuando paga su entrada (piensen ustedes en los abonos) no sabe si le van a dar gato por liebre. Para resolver esto, quizá deberíamos pagar al salir. ¿Habría sorpresas?

¿Tiene solución?

La respuesta es afirmativa. Sólo hace falta poner los medios. El primero es pedir autorización a los autores, a sus derechohabientes o a las entidades que se ocupan de sus derechos económicos. Y para aquellos autores que no pertenecen a ninguna sociedad de gestión de derechos, o para las obras que ya no devengan derechos monetarios, está la ley.

No hay nada que inventar. Uno de los fines declarados en los Estatutos de la SGAE es “la defensa de los derechos morales y corporativos de sus socios”. Y la Ley de Propiedad Intelectual determina que son derechos irrenunciables e inalienables del autor, entre otros: "Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación". ¿Cuál es el problema?

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