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Ópera en Madrid
“Salomé” o por qué ser injustos con Carsen
Carlos de Matesanz
Temporada Lírica del Teatro Real. Richard Strauss: “Salome”, drama lírico en un acto, con libreto de: Hedwig Lachmann, basado en Oscar Wilde. Nueva producción del Teatro Real en coproducción con Teatro Regio de Turín y el Mayo Musical Florentino. Dir. Escena: Robert Carsen, Escenografía: Radu Boruzescu. Figurines: Miruna Boruzescu. Iluminación: Manfred Voss. Dir. Musical: Jesús López Cobos.
16 / 17 de abril de 2010. 20:00 h. Salomé: Annalena Persson / Nina Stemme, Jochanaan: Mark S. Doss / Wolfgang Koch, Herodes: Peter Bronder / Gerhard Siegel, Herodías: Irina Mishura / Doris Soffel, Narraboth: Tomislav Mužek, Paje de Herodías: Jennifer Holloway, Cinco judíos: Niklas Björling Rygert, Charles dos Santos Cruz, Ángel Rodríguez, Eduardo Santamaría, Josep Ribot; Dos nazarenos: James Creswell y David Rubiera; Dos soldados: Pavel Kudinov y Kurt Gysen.
Tampoco era para tanto el revuelo que esta “Salomé” causó en su estreno en el Teatro Real de Madrid: la desagradable escenita de los siete ancianos a culo limpio en la famosa danza de los velos y poco más. El feísmo, la concepción escénica que se da de tortas con el texto cantado, los personajes poco definidos o deformados para hacerlos encajar con calzador con las ideas genialoides del director de turno... éste es el panem nostrum quotidianum en la ópera de hoy. Es total y completamente injusto armarle una grita a Robert Carsen por este montaje... ¡porque no se la armamos a todos los demás, que es lo que deberíamos hacer, hombre ya! Pero está –también total y completamente– justificado ser injusto con Carsen, porque él no es cualquiera: sus “Peter Grimes”, “Diálogo de Carmelitas” y “Káta Kabanová” le han demostrado al público del Real que no es el típico director de escena sin idea de lo que realmente es la ópera, que es un hombre capaz de hacer teatro con casi nada, a escenario vacío –como en “Diálogo”– y que sus propuestas son sobrias y serias.
Por tanto, lo verdaderamente duro de esta “Salomé” no han sido los numeritos supuestamente escandalosos, sino ver caer a un director de escena de esta categoría en todos los tópicos y mamarrachadas “de moda” en el patético circuito operístico de hoy. Mientras ¿qué queda de la obsesión por el ser inalcanzable, qué de la luna roja de sangre y de los pavos reales, qué de la vida y la muerte fundiéndose por mor del deseo, si al final Salomé se va por el foro tan pancha? Presunta crítica al poder corruptor del dinero, ambiente asfixiante de un casino de Las Vegas... ¿es ésa la “Salomé” de sus autores, es ésa la obra de Richard Strauss, puede reconocerse ahí a Oscar Wilde? No importan los detalles chirriantes, impropios de Carsen, importa el concepto base, la traición a la obra.
Menos mal que la música, como tantas veces, salvó las veladas. Jesús López Cobos ha despertado de su letargo sorprendiéndonos a todos con la mejor dirección de la temporada; tenso, brillante, inclemente en los tutti y sensual en los remansos. La Sinfónica de Madrid actuó sumamente cohesionada, con cuerdas acariciantes y exactas, maderas muy elocuentes en sus numerosísimos solos y metales de lujo –ora ominosos, ora grandiosos, pero nunca gritones–, redimiéndose del lamentable “Holandés” wagneriano que aún recordamos.
La soprano Nina Stemme, mundialmente aclamada en el papel de Salomé, ganó con holgura, la segunda noche, a la aplicada Annalena Persson, de voz más metálica y con excesivo vibrato, pero no incapaz de atacar agudos y pianissimi con buenos resultados. Sin embargo, la encarnación musical de la Stemme es más completa, poderosa y llena de matices. Como el Bautista, tanto el mulato Mark S. Doss –quedaba curioso cuando Salomé le decía “no hay nada tan blanco como tu piel”– como Wolfgang Koch, de mejores agudos y voz más proyectada, resultaron correctos pero bastante cortos, quedando generalmente sepultados por el torrente orquestal con que Strauss acompaña sus intervenciones más destacadas. Empate, tanto en lo vocal como en lo actoral, en los Herodes de Gerhard Siegel y Peter Bronder, aunque este último, la primera noche, supo hacer más simpático su personaje. Donde no hubo tal empate fue en el papel de Herodías: Irina Mishura, saludable vocalmente, no supo hacer suyo el papel y explotar sus buenos momentos, ni musical ni dramáticamente, mientras que Doris Soffel dio vida a una Herodías, tanto en esencia como en presencia, de auténtica referencia, manteniendo aún un considerable caudal vocal, gran extensión de tesitura y talento de verdadera actriz lírica. En ambas veladas, ni Tomislav Mužek como Narraboth, ni Jennifer Holloway como el Paje consiguieron dar relieve a sus breves papeles. De los secundarios, destacar el Primer Judío del tenor Niklas Björling Rygert, o la impagable presencia de Eduardo Santamaría vestido de millonaria hortera recubierta de dorados.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2010 by Javier del Real