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Ópera en Valencia

La traca final

Fernando Morales

La Traviata

Palau de les Arts Reina Sofía. 16 de abril de 2010. La Traviata, ópera en tres actos y cuatro cuadros. Música: Giuseppe Verdi. Libreto: Francesco Maria Piave, basado en La dama de las camelias de Alexandre Dumas. Estrenada en Venecia, La Fenice el 6 de marzo de 1853. Violetta Valéry: Hibla Gerzmava. Alfredo: Vittorio Grigolo. Giorgio Germont: Gabriele Viviani. Annina: María Luisa Corbacho. Barón Douphol: Andrea Porta. Flora Bervoix: Ekaterina Metlova. Gastone: Javier Agulló. Marqués de Obigny: Abramo Rosalen. Doctor Grenvil: Mika Kares. Giuseppe: Manuel Beltrán Gil. Criado de Flora: Jaehwang Jeong. Mensajero: Boro Giner. Producción de la Associazione Arena Sferisterio de Macerata y Fondazione Pergolesi Spontini de Jesi. Director Musical: Lorin Maazel. Director de Escena y Iluminador: Henning Brockhaus. Escenografía: Josef Svoboda. Vestuario: Giancarlo Colis. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del Coro: Francesc Perales.

Acaba una nueva temporada operística en el Palau de les Arts Reina Sofía y la sensación que a un servidor se le ha quedado es la de una óptima satisfacción. Sin duda alguna, desde que el coliseo valenciano comenzó su andadura lírica, ésta ha sido la temporada más redonda, convincente y completa de cuantas se han celebrado. Ha sido un año en que ha habido –si añadimos los títulos representados en el Teatro Martín y Soler- prácticamente de todo, con incursiones en el bel-canto, repertorio clásico, romántico, nacionalista, francés, italiano, checo… Faltaba la guinda o como sucede en las mascletades en esta tierra: la apoteosis final o terratrèmol. Y esa traca final era uno de esos títulos que hasta ahora se habían convertido en el punto débil de la casa: la ópera romántica. Y nada menos que La Traviata, título favorito del público y por tanto sujeto a incontables peligros y exigencias.

Y… ¡por fin!, pudimos disfrutar de un gran título verdiano y quedar contentos. Lo más discutible, y por tanto, estimulante, volvió a ser la puesta en escena. Un enorme panel de espejos inclinados reflejaban los fondos que estaban dibujados en el suelo, creando una sensación de desdoblamiento que en algunas escenas funcionó a la perfección –por ejemplo en el tercer cuadro en el segundo acto, con el excelente movimiento del coro girando sobre sí mismo mientras en las mesas se jugaba a las cartas-, mientras que en otras no fue tan satisfactorio –por ejemplo cuando al comienzo del segundo acto canta Alfredo su felicidad y no sabemos si está colgado de la fachada o cantando sobre el tejado, tumbado en el suelo…-, eso sin entrar a valorar lo que realmente se quiso decir al meter a la platea en escena al final, cuando los espejos se alzan hasta una posición totalmente vertical reflejando al público que era iluminado con focos.

Hubo controversia, hubo discusiones, pero sobre todo, hubo ideas y nuevas propuestas, es decir: hubo cosas interesantes que mostrar y por las que proponer una nueva visión de este título inmortal. En mi opinión, muy interesante. Por lo demás, la producción es de un corte clásico elegante y fiel, con un vestuario adecuado y con una coreografía en el segundo acto que puso de nuevo acento en la españolidad del baile requerido por Verdi y Piave. Mucho españolismo este año, ciertamente.

Hablando de música, y tras la más que incitadora dirección de Maazel de Cavalleria rusticana, había inquietud por ver qué hacía con esta nueva incursión en la partitura verdiana. Y… fue más convencional que otra cosa. Con tempi ordinarios, fue una dirección menos reveladora que en otras ocasiones, pero igualmente primorosa y maravillosa en cualquier caso.

Sensacional el acompañamiento doliente del Addio del passato, marcando el pizzicato de las cuerdas de manera que se dibujaba a la perfección la debilidad y la fragilidad física y emocional de la protagonista, y nuevamente una claridad en las texturas y los planos sonoros que permitieron escuchar mil y un voces que muchas veces pasan desapercibidas. La habilidad en construir los finales de Maazel es enorme, pone los pelos de punta literalmente, y con ello se lleva esos merecidos vítores a los que los espectadores del Reina Sofía se han habituado en estos años maazelianos. Y es que se nos va. Era su último título, y qué se le puede decir sino: gracias maestro por mantener viva a la música. Veremos a Wellber…

Tanto la orquesta como el coro volvieron a lucir como acostumbran. Rotundo, brillante y compacto el Coro que prepara Francesc Perales, y maravillosa la orquesta que ha armado Maazel, con un clarinete solista estupendo. La joya del coliseo, sin duda.

La Traviata en Valencia

Las voces, como sucedió en La novia vendida, por ejemplo, de un nivel medio más que notable. Sin ser Hibla Gerzmava como Maria Callas, sí planteó una Violetta completa y convincente en lo vocal, en lo actoral, en lo dramático. Confundía un poco en los parlati, en los que pasaba de declamar como si fuera el alguacil del pueblo a finalizar con un estertor tremendo de doliente intensidad –È tardi!, tras la lectura de la carta en el tercer acto-, posiblemente un punto sobreactuado. Mejor en las demandas líricas que en las ligeras, siendo más convincente en el segundo y tercer acto que en el primero en el que las agilidades no fueron del todo pulcras. Buenos agudos, aunque con una ligera tendencia a calar.

Ya conocíamos a Vittorio Grigolo del Faust de la pasada temporada, y nuevamente se ha mostrado como un tenor entregado, sincero, volcado, de unos medios vocales muy atractivos y bastante bien empleados. En mi opinión, fue lo más destacado de la noche, vocalmente hablando. Se desenvolvió con naturalidad en los agudos y mostró una excelente capacidad para matizar y penetrar en un personaje que suele palidecer en exceso al lado de la majestuosidad del personaje protagonista.

Hemos mejorado muchísimo con los barítonos, cosa fundamental en Verdi. Gabriele Viviani fue el encargado de dar vida a Giorgio Germont y sin ser Renato Bruson, ha mostrado ese punto de nobleza vocal que caracteriza a estos personajes que representan al padre, y que están omnipresentes en su obra, teniendo una importancia realmente capital en el devenir dramático de la ópera.

Los comprimarios mantuvieron la dignidad sin ningún tipo de problema. Veremos qué pasa el próximo año, del que todavía no tenemos noticias.

Fotografía cortesía Palau de les Arts Reina Sofía ©Tato Baeza

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