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Crítica de discos

Volodos en Viena

Adolfo del Brezo

Volodos in Vienna. Arcadi Volodos (piano). Obras de Alexander Scriabin, Maurice Ravel, Robert Schumann, Franz Liszt, Bach /Vivaldi y Tchaikovsky/Volodos. Grabación en vivo del concierto ofrecido por Arcadi Volodos en la sala de la Musikverein de Viena el 1 de marzo de 2009. Sello: Sony. 2 CD's. Duración: CD-1: 36:32, CD-2: 47:52.

Volodos in Vienna

Tras este concierto Volodos fue calificado por la crítica como poeta del piano, no sin razón, ya que en este registro en vivo el pianista ruso viene a romper su tópica imagen de pianista supervirtuoso para ofrecer desde el comienzo del recital una gama de sonoridades de impresionante belleza en las breves piezas de Scriabin. La selección de piezas scriabinianas ofrecida —Preludios op. 37/1 y op. 11/16, Dance languide op. 51/4, Guirlandes op. 73 y Sonata nº 7, op. 64— resulta bien ilustrativa del enorme salto estilístico que se produce en la obra para piano de este compositor. En la Sonata nº 7, una de las cumbres de su pianismo, y en mi opinión también la cumbre interpretativa de este doble disco, Volodos consigue la imposible tarea de unir los contrarios y conjugar una deslumbrante claridad de ejecución con la precisa carga de misterio e irrealidad que posee esta obra, que se convierte en mágica en sus manos. El etéreo y evanescente arte pianístico de Arcadi Volodos se encuentra en las antípodas de la acerada pulsación de Ashkenazy en su grabación referencial de las Sonatas de Scriabin, y los resultados que consigue aquí el primero, pese a lo odioso de las comparaciones, nos acercan más al mundo del misticismo irreal e hiperexpresivo propuesto por el compositor.

Volodos emparenta el misterio de Scriabin con el perfume etéreo de la siguiente obra interpretada, los Valses nobles y sentimentales de Ravel, haciendo que su Scriabin tenga algo de la claridad raveliana y su Ravel mucho del misterio místico de Scriabin, lo cual sienta muy bien al compositor francés. En ambos casos su pianismo transita ingrávido por recónditos parajes musicales que el supremo arte de Volodos descubre al oyente.

Quizás la parte menos interesante de este recital sea su lectura de las Escenas del bosque op. 82 de Robert Schumann, que adolecen de cierto preciosismo sonoro, más adecuado a las demandas del piano de Ravel y Scriabin, que a la poesía de Schumann. Sin embargo esta versión, no deja de tener su interés por la imaginativa y siempre poética recreación de atmósferas del bosque schumanniano.

Tras la contención de la miniatura schumanniana, Volodos se explaya a sus anchas con las demandas virtuosísticas de Franz Liszt y parece reencontrar con comodidad su gran pianismo en la hiperromántica Sonata Dante, que se ajusta como un guante a las impresionantes capacidades técnico-expresivas del ruso. Lo más importante no es aquí el poderío sonoro casi orquestal desplegado por Volodos o los pasajes de octavas y acordes resueltos asombrosamente por este pianista para quien el instrumento parece no tener límites; lo verdaderamente admirable es la perfecta adecuación del vistuosismo lisztiano y del aparatoso despliegue de medios pianísticos a la expresión romántica más auténtica. Cada pasaje es dotado de sentido y Volodos no cae en la tentación de la pura exhibición de su portentosa capacidad pianística, sino que encuentra la justa correspondencia entre la escritura virtuosa lisztiana y la expresión subyacente trasladada a los pentagramas por el compositor.

Aplausos y bravos para un recital único, por fortuna inmortalizado para el disco, antes de afrontar tres bises, Siciliana de Bach/Vivaldi, Nana en una tormenta de Tchaikovsky/Volodos y Hoja de álbum op. 45/1 de Scriabin. Tres encantadores momentos de música que hacen que el discófilo envidie a quienes pudieron asistir en a este inolvidable recital que merece la pena escuchar aunque fuera únicamente por la fascinante recreación de Volodos de la Sonata nº 7 de Scriabin, confirmación de uno de los más grandes pianistas del momento.

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