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Ópera en Berlín
Ópera para ver bajo la gran carpa del circo
Lorena Jiménez Alonso
Eugen Onegin, Ópera de Peter I. Tchaikovsky. Intérpretes: Anna Samuil (Tatjana), Artur Rucinski (Onegin), Rolando Villazón (Lenski), René Pape (Gremin), Margarita Nekrasova (Filipjewna). Staatskapelle Berlin. Coro de la Staatsoper Unter den Linden. Freyer Ensemble. Dirección musical: Daniel Barenboim. Dirección escénica: Achim Freyer. 2-IV-2010. Staatsoper Unter den Linden. Festtage 2010.
Se equivoca quien piense que para atraer a un público joven y nuevo a la ópera, todo vale. Incluso, tergiversar completamente el sentido de la obra, olvidándose de la idea del libretista, del compositor y de la acción dramática. Las absurdas puestas en escena, lo único que consiguen es confundir a los neófitos y alejar a los aficionados al arte lírico. La desconcertante escenografía de Eugen Onegin, firmada por Achim Freyer, en nada se parece a la excepcional obra romántica de Tchaikovsky. Resulta difícil adivinar la ópera del compositor ruso en la escenificación fantasmagórica de Freyer, donde los personajes se mueven a cámara lenta sobre una superficie oblicua, como polvorientos zombis, arrastrando los pies arriba y abajo, o como grotescas marionetas de guiñol. Lo que, lejos de favorecer la claridad narrativa, exige al espectador una buena dosis de paciencia, para soportar una representación operística que se hace interminable. La forma de ser y actuar de la aristocracia rusa del siglo XIX, la esencia poética de la novela de Pushkin, el retrato psicológico de los personajes que Tchaikovsky describe con gran maestría musical, no interesan al director de escena alemán.
Freyer busca provocar un choque emocional al espectador a través del “Teatro- espectáculo”; convierte el escenario en una suerte de horror vacui (acróbatas, bailarines, y artistas del Freyer Ensemble, así como todo el elenco de cantantes, excepto René Pape-Gremin, permanecen en todo momento frente al público) creando una opresiva atmósfera sobre una estética distorsionada, que evoca el universo pictórico del expresionista alemán Emil Nolde (trazos abruptos, colores estridentes, y rostros a modo de máscaras). No es Eugen Onegin, es la reinterpretación personal de Freyer, y el Show de Freyer. Ópera para ver bajo la gran carpa del circo.
Totalmente subjetivo es también el pulso rápido que Barenboim imprime a la partitura, y la intensa acentuación de contrastes -a veces de sonoridad excesiva-, que poco tienen que ver con la cuidada orquestación, el elegante equilibrio de planos sonoros, y la atmósfera de melancolía e intimismo creada por Tchaicovsky.
Lo más esperado de la noche era, sin duda, el regreso de Rolando Villazón- Lenski (¿o el legendario mimo Marcel Marceau en su creación del payaso Bip?). Quizás por eso, y aunque no es el personaje principal de la obra, Freyer lo sitúa en el centro de la acción y del escenario durante dos horas y media –inmóvil, arrastrándose, contorsionado, ladeado. Tras el obligado paréntesis en su carrera, el tenor mexicano en su retorno a la capital alemana estuvo en todo momento muy concentrado en el control de la voz, con un volumen más limitado. Tuvo algunos problemas con las notas más altas, pero sus graves fueron sólidos, y las medias voces bien timbradas y fluidas. Su voz se ha vuelto más oscura, pero sigue teniendo un timbre bello y seductor, y aprovechó las numerosas ocasiones de lucimiento que le brinda su personaje, para ofrecer un convincente Lenski. ¿Ha recuperado la voz?
La soprano lírica Anna Samuil (Tatjana), defendió dignamente (a veces el agudo es áspero) en su lengua materna el personaje central de la ópera que ya interpretó en Salzburgo (2007) y en su debut en la Ópera de Pittsburgh. Los límites impuestos por la producción escénica, nos privaron del trabajo dramático y los matices emocionales del personaje. El joven barítono polaco Artur Rucinski fue un excelente y apuesto Onegin de voz grave y aterciopelada. René Pape, que parecía incómodo con su caracterización de payaso, fue un verdadero lujo como Príncipe Gremin, y vocalmente estuvo impecable en su gran aria del tercer acto. Sobresalieron especialmente entre los roles secundarios: la brillante interpretación de la mezzosoprano Margarita Nekrasova (Filipjewna), y la del tenor Stephan Rügamer como Monsieur Triquet.
Fotografía cortesia de la Staatsoper Unter den Linden ©Monika Rittershaus
Escribir a Lorena Jiménez Alonso