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Ópera en Madrid

Los “PuriTonos” de Flórez

Carlos de Matesanz

I Puritani

Temporada Lírica del Teatro Real. Vincenzo Bellini: “I Puritani”, melodrama serio en tres actos, con libreto de Carlo Pepoli. Versión de concierto. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real; dir. musical: Miguel Ortega. 2 de mayo de 2010. 20:00 h. Arturo: Juan Diego Flórez, Elvira: Eglise Guitérrez, Riccardo: Fabio Maria Capitanucci, Lord Gualtiero Walton: Roberto Tagliavini, Sir Giorgio: Nicola Ulivieri, Bruno: Mikeldi Atxalandabaso, Enrichetta di Francia: Gabriella Colecchia.

El tenor peruano Juan Diego Flórez en el dificilísimo papel de Arturo Talbot, que ha cantado en muy contadas oportunidades, era la gran atracción y lo único que justificaba una versión de concierto de Los puritanos de Escocia de Bellini, ópera que pierde demasiado sin la escena. Pero, como ya informó en su momento la prensa diaria, Flórez no arrebató por su excesiva contención y prudencia al abordar su parte; y es que el público tiende a exigir más de sus ídolos de lo que éstos físicamente pueden dar. Juan Diego –que, además, cantó con alguna afección propia de la temporada primaveral, inhalador en mano– es un tenorino rossiniano de toda la vida, con amplia extensión, timbre gratísimo y excelente técnica, pero con una voz ligera y de escaso mordiente; el papel de Arturo, sin embargo, requiere un tenor agudo –y esto, bien es cierto, no supone ningún problema para Flórez– pero de corte heroico; de hecho, hasta no hace tanto, era cantado por auténticos tenores spinto que lo mismo interpretaban esto que un Trovatore o una Forza. El retrato que de este personaje dio el cantante peruano fue necesariamente pálido, aunque fuese interpretado con exquisito fraseo, afinación irreprochable y bello timbre; dio sin problemas el preceptivo Re sobreagudo en “Vieni fra queste braccia” y en “Credeasi misera”, aunque no intentó el Fa en falsetone en esta última pieza. En definitiva, una interpretación correcta que, en este papel, no es poco, aunque al público sí le supiera a poco.

Juan Diego Flórez

Quien sí que hizo vibrar al respetable fue la cubana Eglise Gutiérrez, con su voz de bellísimo timbre lírico y su actuación convenientemente melodramática, sin problemas en la moderada coloratura de su parte y con valientes subidas al sobreagudo que, a pesar de todo, no es su registro: la voz pierde casi todo su cuerpo y llega a estar estrangulada, según le pille la nota, pero no por eso deja de alcanzar notas altísimas, ocasionalmente por encima del Mi5. Pero es el registro agudo, no en el sobreagudo, en el que la voz, pura y bien coloreada, excepcionalmente homogénea, tiene una belleza y un terciopelo únicos y una extraordinaria resonancia. Su Elvira fue doliente y melancólica pero nada gimoteante ni sentimentaloide, evitando con exquisito gusto caer en desgarros veristas en los momentos de locura. Aun así, hay que apuntar que no estuvo igualmente concentrada a lo largo de toda la velada, que hubo algunos momentos más borrosos y que la voz, a pesar de su seducción tímbrica, no parece manejada con soltura uniforme en los momentos más peliagudos.

El resto de los solistas tuvo prestaciones más discretas, sobresaliendo por gusto y voz el bajo Nicola Ulivieri, por encima de un Fabio Maria Capitanucci, corto en agudos y en implicación dramática. Los secundarios cantaron sus partes sin darles mayor relieve, bien porque el papel no da para más (Bruno, Gualtiero), bien porque el intérprete no supiera sacarle mayor partido (Enrichetta). Orquesta y coro estuvieron correctos y entonados, bajo la dirección de Miguel Ortega, al que tres o cuatro quisieron abuchear, sin duda para recordar el escandalazo que se le montó, años ha en La Zarzuela, a su tocayo Roa en esta misma ópera: pero el abucheo no cuajó, pues su dirección –una sustitución de última hora, salvada con profesionalidad–, sin grandes sutilezas, es cierto, resultó eficaz y bien concertada en casi todo momento, y el público así lo reconoció.

Fotografías cortesía del Teatro Real © 2010 by Javier del Real