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Festival de Pascua de Salzburgo

Götterdämmerung y Matthäus-Passion

Lorena Jiménez Alonso

Götterdämmerung

Festival de Pascua de Salzburgo. Del 27 de marzo al 5 de abril 2010. Großes Festspielhaus. Wagner: Götterdämmerung. J. S. Bach: Matthäus-Passion.

«Festival del enriquecimiento». Así tituló el diario de Viena “Der Standard” el Festival de Pascua de Salzburgo, en alusión al escándalo financiero que sacudió la edición de este año. «Un escándalo de proporciones wagnerianas y una elección simbólica», glosó otro diario, en referencia al título de la ópera (El ocaso de los dioses), que inauguró el pasado 27 de marzo el festival, fundado en 1967 por Herbert von Karajan. El festival  más elitista de cuantos se celebran en Europa. “Exclusividad” directamente proporcional al abusivo precio de las entradas (el triple que en Bayreuth). El festival por antonomasia del glamour y la jet set internacional. El aire del vestíbulo del Großes Festspielhaus huele a dinero: millonarios, aristócratas, miembros de la realeza europea, como la Reina Sofía, altos ejecutivos, famosos banqueros… acuden cada año a Salzburgo para ver y ser vistos.  No en vano, es el festival más caro del mundo.

Götterdämmerung (El ocaso de los dioses): la producción firmada por Stéphane Braunscheweig, apuesta por una lectura psicológica del “Anillo del Nibelungo”, y como en las tres primeras partes que precedieron al “Ocaso”, adopta una posición antinaturalista para afrontar la tercera y última jornada de la Tetralogía wagneriana. Su escenografía es sobria y esencial (tres sillas, ventanas altas en solitario, un viejo sillón de cuero, árboles desnudos…). El escenario, siguiendo la idea brechtiana, es un lugar semivacío que es, al mismo tiempo, el espacio del intérprete y el sitio donde se asienta la mirada del espectador. Rechaza todo decorado ilusorio y utiliza elementos tridimensionales a los que la luz (a la manera de Appia), concede un valor decisivo. Como Max Reinhardt, coloca una gran escalera sobre el escenario, no como elemento decorativo, sino como dinamización del espacio escénico. Esta discutible puesta en escena, que a mi juicio, tiene momentos brillantes como el gran final, no convenció al público salzburgués, que le dedicó una sonora reprobación.

El reparto vocal dejó mucho que desear, y la dirección musical no ayudó para nada a los intérpretes, más bien al contrario; la soprano sueca Katarina Dalayman, estuvo muy lejos de ser una aceptable Brünnhilde; salvó con mucha dificultad el segundo acto, su voz al final de la noche sonó chillona y al limite de su capacidad, y tuvo que soportar los mayores abucheos de la noche. Stefan Vinke, que suplió a última hora la ausencia de Ben Heppner, defendió con más valentía que acierto el difícil rol de Siegfried. Gerd Grochowski sí fue un excelente Gunther. Destacó por su talento dramático Mikhail Petrenko (Hagen), aunque su voz no posee la potencia deseada; Anne Sofie von Otter,  cumplió como Waltraute.

La estrella de la noche fue la orquesta. La Filarmónica de Berlín dio muestras de su buen hacer -en una obra que llevaba 40 años sin tocar-, a pesar de Rattle. Su labor ante la orquesta no fue especialmente brillante. El director británico impuso una dirección de excesiva intensidad sonora, y grandes dinámicas (Rattle no es un director de ópera, y no estuvo a la altura de los grandes directores wagnerianos). El resultado fue un trabajo mediocre,  que se engrandece por el talento de una orquesta alemana de primera clase.

Matthäus-Passion

Al día siguiente, se estrenó la Matthäus-Passion (Pasión Según San Mateo) en versión de Peter Sellars, coincidiendo con el domingo de Ramos. La Pasión de la Pascua salzburguesa se merece la ovación, con el público puesto en pie, que recibió en su estreno del pasado 28 de marzo. Y no por la extraordinaria interpretación de Mark Padmore como Evangelista, que también, sino porque Sellars, con su innovadora «ritualización», especialmente cuidada, ayuda a la interpretación del texto y la estructura musical. Al mismo tiempo que su tratamiento, sobrio, pero de profundo contenido expresivo dentro de su aparente sencillez, nos invita a una concentrada emotividad y profunda reflexión. En su «ritualización»  no hay una clara división entre público e intérpretes —todos de riguroso luto—. No hay oyentes, «no es una obra de concierto, no es un drama para ser escenificado» afirma Sellars. Sólo hay partícipes. «Todos estamos presentes como testigos, todos tenemos que reservar este día para la reflexión, el lamento, la indignación… admitir nuestra culpabilidad, y volver luego a nuestra propia vida con un nuevo propósito, conciencia y determinación...». Esa es la idea de la colosal obra de Bach, según el director americano. Por eso, crea una perspectiva en forma de cubos escalonados, con un espacio abierto. La acción se produce esencialmente en el centro del escenario, pero también en los laterales (los coros situados a la izquierda, y en el centro, se  mueven, se pasean confusos, giran), el coro infantil (no nacidos) en lo alto, el director se desplaza de un lado a otro de las dos orquestas, incluso sale del escenario, los músicos cambian de posición. Los cantantes comparten la experiencia emocional a través de miradas, abrazos… Lo sagrado se humaniza. Un gran acierto: los diálogos vocales-instrumentales en íntima conversación (tenor-oboe, mezzosoprano-violín…).

El elenco vocal fue de lujo: Padmore, está soberbio; notas altas seguras, proyección  excelente —de espaldas, en el suelo, sentado—, extraordinaria dicción en perfecto alemán. La Kožená, es una digna Magdalena; Quasthoff, consiguió emocionarnos también como barítono. La soprano sueca Camilla Tilling estuvo impecable tanto vocal como actoralmente, mostrando una extraordinaria seguridad en el agudo.  Impresionante, como siempre, el Rundfunkchor Berlin. Lástima que Rattle se empeñe en imponer una excesiva sonoridad a la orquesta.

Fotografías cortesia del Festival de Pascua de Salzburgo-Osterfestspiele Salzburg
©Monika Rittershaus (Götterdämmerung) & Andreas Knapp ( Matthäus-Passion)

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