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Concierto en Berlín

Velada de excepción en la Philharmonie

Lorena Jiménez Alonso

Orquesta Filarmónica de Berlín. Christianne Stotijn, mezzosoprano. Jonas Kaufmann, tenor. Coro masculino de la Radio de Berlín. Coro masculino de la Radio de Baviera. Claudio Abbado, director. Obras de Schönberg, Schubert y Brahms. Philharmonie, Berlín, 16-V-2010.

La gran ovación final premió el excelente trabajo de Claudio Abbado, y la Orquesta Filarmónica de Berlín. Un impagable testimonio en vivo de la espectacular sonoridad de una orquesta que, bajo la batuta del director italiano, recupera su nivel de excelencia. Las entradas para las tres actuaciones del maestro Abbado con los filarmónicos berlineses se agotaron en menos de dos horas. No era un concierto más de la Filarmónica de Berlín, no, sino una ocasión excepcional de escuchar a una orquesta de notoria y contrastada calidad (que últimamente no ha estado libre de malas críticas) y el considerado por muchos—entre los que me incluyo—como el mejor director de orquesta vivo del mundo.

Decir que la orquesta estuvo magnífica es decir poco y decirlo todo. Lejos de las grandes dinámicas y excesos sonoros a los que nos tiene acostumbrados el actual titular de la filarmónica berlinesa, en las expertas manos del director milanés, la orquesta recuperó su brillante y legendario sonido, homogeneidad, solidez y equilibrio sonoro. Abbado, consiguió que los filarmónicos dieran lo mejor de sí en todas las secciones, actuando como un verdadero instrumento colectivo, capaz de integrar un todo perfecto de admirable precisión. Lamentablemente, las muy limitadas prestaciones vocales de los solistas, enturbiaron una velada memorable.

El concierto tuvo un singular sello vienés: El programa, iniciado con Schubert y Schönberg, culminó con la cantata Rinaldo de Brahms, estrenada en Viena, bajo la dirección del  propio autor. La versión orquestada por Max Reger del primer gran Lied de Schubert, Gretchen am Spinnrade (Margarita en la rueca), inauguró la primera parte. Un difícil reto, que la mezzosoprano Chistianne Stotijn no consiguió superar. La agitación de Gretchen mientras canta acerca de su amado, parecía expresar su propia angustia ante el desafío de proyectar bien la voz. Una voz pequeña y de escasas cualidades expresivas, que sonó forzada, frase a frase, nota a nota, y falta de belleza (a ello contribuyó notablemente su marcado acento neerlandés). La ostentosa sonoridad orquestal que Berlioz imprimió al Liedschubertiano, Erlkönig (El rey de los alisos), tampoco ayudó al limitado volumen de la cantante. Es cierto que el compositor vienés escribió estas breves composiciones vocales para ser cantados en la intimidad del piano y la voz, y que la Stotijn mostró mayor concentración interpretativa en el tercero de los Lieder schubertianos, Nacht und Träume (Noche y sueños), gracias al sonido en pianissimi de la orquesta, pero Schubert no es lo suyo.

El preludio orquestal de la monumental cantata sinfónica Gurrelieder (Canciones para Gurre), para solistas, coros, y gran orquesta de Schönberg, evidenció, una vez más, la  suprema profesionalidad de Abbado, que no dejó nada al azar, y resolvió el lenguaje intensamente cromático y la complejidad de la partitura, con una limpieza extrema, exigente hasta el menor detalle, con una dinámica cuidadísima, sonoridades exquisitas, y notoriamente románticas.

La extraordinaria interpretación coral-orquestal de la bella cantata de Brahms (la obra más próxima a un género que jamás abordó, la ópera), puso el broche de oro a un concierto en el que gracias a la magistral técnica de la batuta, analítica y precisa, del maestro Abbado, la orquesta brilló de nuevo como la mejor orquesta del mundo. La actuación del Coro de la Radiodifusión Bávara y el Rundfunkchor Berlin (meticulosamente ensayados por Michael Alber y Simon Halsey) fue un verdadero lujo de voces bien empastadas, y exquisita musicalidad. En cambio, hubo que agudizar el oído para escuchar al tenor de moda en Alemania, Jonas Kaufmann, en mi opinión uno de los cantantes más sobrevalorados de la actualidad (la crítica alemana lo considera uno de los mejores tenores de los últimos 50 años). A pesar de la inestimable ayuda de Abbado a su voz, quizás demasiado oscura para un lírico, y con tendencia a desafinar, le faltó brillantez en la emisión, flexibilidad en la zona alta (agudos calados aparte), y el volumen necesario para proyectarse por encima del magnífico trabajo orquestal.