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Índices
Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica
La Sinfónica de Londres y Harding, a lo checo
Carlos de Matesanz
Auditorio Nacional. Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica.
Orquesta Sinfónica de Londres. Dir: Daniel Harding.
27 de mayo de 2010. 19:30 h. Pierre-Laurent Aimard (piano). W. A. Mozart: Concierto para piano nº 21 en Do mayor, K. 467. J. Suk: Sinfonía nº 2 en Do menor “Asrael”, Op. 27.
30 de mayo de 2010. 19:30 h. Håkan Hardenberger (trompeta). R. Wagner: Preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda. H. K. Gruber: Aerial, concierto para trompeta. A. Dvorák: Sinfonía nº 7 en Re menor, Op. 70.
La Orquesta Sinfónica Londres volvió al Auditorio para celebrar el cuadragésimo aniversario de Ibermúsica no con uno, ni con dos, ni con tres, sino con cuatro conciertos. Mientras que el segundo y el tercero eran confiados a solistas y batutas españolas, el primero y el cuarto –que son los que se reseñan– fueron asignados a la rectoría del principal director invitado de la agrupación, el joven y valioso Daniel Harding, y a solistas de prestigio internacional.
En la primera cita, fue el pianista francés Pierre-Laurent Aimard quien se encargó de dar vida al Concierto nº 21 de Amadeo Mozart. Y para él, especializado en música contemporánea y muy poco afortunado (discográficamente) transitando por otros terrenos, reservábamos algunos dardos punzantes que, por suerte, no ha sido menester disparar. Y es que don Pierre-Laurent dio una lección de buen decir, con un sonido clarísimo pero no afilado en exceso –adecuadamente mozartiano, por tanto–, un gran control digital y una modulación del sonido impecable, con dinámicas perfectas que permitieron ir exactamente a la par de la orquesta, sin abrumarla y sin dejarse comer por ella en los tutti. La única pega: no alcanzar ese punto último de abandono y efusión sin los cuales es imposible “clavar” a Mozart. Harding, dirigiendo alla Böhm, hizo un acompañamiento pulido y robusto pero no demasiado elocuente, excepto en el bellísimo tiempo lento, donde el colchón que le tendió al pianista fue de lujo y en el que las cuerdas de la Sinfónica fueron pura miel.
El programa se completó con la amplia y un tanto espesa Sinfonía Asrael de Josef Suk, a la que Harding, a pesar de sus esfuerzos, no consiguió dotar de unidad e interés; todo estuvo en su sitio, bien planificado, y la orquesta tuvo momentos para lucirse sobradamente, pese al timbal un poco excesivo; pero para llegar al tuétano de la obra y darle una vida y un vigor que parece no tener en una primera escucha hay que ser Rafael Kubelik o, por lo menos, Sir Charles Mackerras, y Harding no lo es... todavía.
Tampoco pareció cohesionar a la agrupación en una obra que lo necesita imperiosamente: el Preludio y Liebestod de “Tristan und Isolde” de Richard Wagner con que se abrió el segundo de los conciertos reseñados; aunque esta apreciación puede que sea debida a la ubicación muy lateral con que escuchamos la obra. A continuación, se dio Aerial, un díptico para trompeta(s) y orquesta de HK Gruber, de lenguaje bastante asumible –con un punto new age en la primera parte (lenta) y ritmos jazzísticos en la segunda– y un poco demasiado larga para lo que era. Segurísimo siempre, sin aparente esfuerzo, Håkan Hardenberger se lució tanto con la trompeta convencional como con la trompeta piccola barroca... e, incluso, con un cuerno natural sin otro mecanismo que tres agujeros.
Pero, para disfrutar tanto de la orquesta como del director en todo su esplendor, hubo que esperar al final: una Séptima de Antonín Dvořák planificada con la meticulosidad y buen criterio que parecen ser una constante en Harding, y traducida con encanto y pasión. La orquesta, además, se puso las botas con la colorista instrumentación dvořakiana. El segundo tiempo fue un dechado de lirismo –a veces muy brahmsiano– y las maderas se lucieron especialmente; el tercer movimiento fue bailable y adorable, y el cuarto desbordó brío y dramatismo. Harding intentó resaltar todo el valor tímbrico de la obra, no se metió en demasiados berenjenales folklóricos y no acentuó los contrastes rítmicos más de lo estrictamente necesario; el resultado fue más plácido de lo habitual, pero no careció en absoluto de garra, especialmente en el finale, ofreciéndonos una interpretación distinta pero coherente, sentida, magníficamente ejecutada y con mucha vida. Aquí sí que Harding no necesitó ser Kubelik. Vamos, una delicia.
Fotografía cortesía Ibermusica ©Harald Hoffmann