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Ópera en Madrid
Monteverdi se despide del Real
Carlos de Matesanz
Temporada Lírica del Teatro Real. Claudio Monteverdi: “L’incoronazione di Poppea”, drama musical en un prólogo y tres actos, con libreto de Giovanni Francesco Busenello. Nueva producción del Real en coproducción con el Teatro La Fenice de Venecia. Dir. Escena, escenografía y figurines: Pier Luigi Pizzi. Iluminación: Sergio Rossi. Orquesta Les Arts Florissants. Dir. Musical: William Christie.
24 de abril de 2010. 20:00 h. Poppea: Danielle de Niese, Nerón: Philippe Jaroussky, Octavia: Anna Bonitatibus, Otón: Max Emmanuel Cencic, Séneca: Antonio Abete, Drusilla: Ana Quintans, Arnalta: Robert Burt, Nodriza: José Lemos, Lucano: Mathias Vidal, Liberto / Tribuno: Andreas Wolf, Fortuna / Palas / Venus: Claire Debono, Virtud / Dama: Katherine Watson, Amor: Hanna Bayodi-Hirt, Paje: Suzana Ograjenšek, Mercurio / Lictor / Tribuno: Damian Whiteley, Dos soldados / dos cónsules: Juan Sancho y David Webb.
Se clausura, con esta producción, el ciclo de las tres óperas de Monteverdi que el Real ha coproducido con La Fenice veneciana y que, tras un Orfeo realmente hermoso y un Ritorno seco y feo, nos ha ofrecido una Incoronazione muy digna de ser tenida en cuenta. Pier Luigi Pizzi corona este esfuerzo concentrándose, como ya hiciera en Il Ritorno, en la dirección de actores, acertando plenamente en el diseño de los mismos, exponiendo muy claramente sus relaciones, pero sin caer en estereotipos, y respetando totalmente la obra; algún añadido, como la relación sentimental entre Nerón y Lucano, ni contradice el texto ni entorpece el drama. También es cierto que, para esta Incoronazione, ha contado Pizzi con un reparto de grandes cantantes y aún mejores actores, con físicos –¡además!– adecuadísimos a sus papeles, que se movieron por un decorado giratorio (tres suntuosas fachadas clásicas montadas en triángulo: mármoles blancos para el mundo de Poppea y Nerón, negros para el mundo de Octavia y una casa gris con biblioteca para la muerte de Séneca) que, sin aportar mucho al drama, lo vistió convenientemente.
Es difícil pensar en una Poppea más sugestiva que Danielle de Niese, la Beyoncé del actual panorama lírico, que canta esta música casi renacentista no con voz de gato anémico, como suele darse en las especialistas de época, sino con voz bella y timbrada, con carne, a la que sólo le faltaría un uso más intencionado y un fraseo más variado. Como actriz tiene la inteligencia de ser sencilla y equilibrada y no convertir a Poppea en un zorrón ni en una intriganta despreciable. Más excesivo, pero también más fascinante fue el Nerón de Philippe Jaroussky, todo un personaje, lleno de repliegues y matices, magnífico actor y esforzadísimo cantante, que aborda el papel en la tesitura original de soprano, con los consiguientes apuros arriba, pero sin arrugarse en ningún trance. Completaba el trío protagonista Anna Bonitatibus, la voz más generosa y proyectada del reparto, con una inaudita variedad de recursos expresivos (ataques, fraseo, gradaciones dinámicas...) que denuncian a la veterana del canto barroco que es; según Pizzi, le tocaba ser la mala de la ópera, guardiana de las tradiciones rancias, pero no pudimos enfadarnos con ella por su gran estatura artística: realmente, defendió su papel de Octavia... y lo salvó.
Al Séneca de Antonio Abete no lo incorporamos al párrafo de los protagonistas, porque su interpretación no tuvo relieve, ni su canto nobleza, ni su voz gastada, empaque; cubrió con corrección y profesionalidad –es otro veterano del canto barroco– un papel que da para mucho más, como ya demostraron en su día bajos colosales como Talvela, Salminen o Moll, o voces menos privilegiadas pero servidas con talento, nobleza y perspicacia, como Luccardi en la grabación de Harnoncourt. Al que sí que habría que incorporar al párrafo anterior es a Max Emanuel Cencic, contratenor de bella voz y exquisito canto, que, no obstante, dio una visión demasiado plana de Otón; tampoco es un personaje con muchas facetas, pero él o Pizzi podrían haberle sacado más partido. Deliciosa sin paliativos, la guapa soprano portuguesa Ana Quintans como Drusilla. Las nodrizas masculinas de José Lemos y Robert Burt, esta última de gran presencia escénica pero de canto tramposo, tuvieron su gracia y, en los múltiples papeles de menor extensión, sólo quedó corto el paje de Suzana Ograjenšek, mientras que destacaron, y mucho, Mathias Vidal, Andreas Wolf y Juan Sancho, en sus variados cometidos.
Como el año pasado, buena parte de los aplausos fueron a parar a William Christie; en todo momento, la realización musical, merced a sus estupendos Arts Florissants, tan exquisitos, fue impecable. Otra cosa es que su Monteverdi sea menos variado y fantasioso que el de otros directores (vg: Jacobs) y que el maestro americano confunda contención con distanciamiento y no suela dejarse llevar por la sensualidad que esta música desprende en muchos momentos. Aun así, huelga decir que su presencia y la de sus músicos, ha sido el auténtico lujo, durante estos tres años, de esta triple producción operística que, musicalmente, es de lo más fino que ha dado la historia del Teatro Real en su nueva etapa.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2010 by Javier del Real