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Fernando Morales
Palau de les Arts Reina Sofía. 10 de junio de 2010. Salome, drama musical en un acto. Música: Richard Strauss. Libreto: Hedwig Lachmann, basado en la obra homónima de Oscar Wilde. Estrenada en Königliches Opernhaus de Dresde, el 9 de diciembre de 1905. Salome: Camilla Nylund. Jochanaan: Albert Dohmen. Herodes: Siegfried Jerusalem. Herodias: Hanna Schwarz. Narraboth: Tomislav Mužek. Un paje: Adriana Zabala. Cinco Judíos: Niklas Björling Rygert, Emilio Sánchez, Eberhard Francesco Lorenz, Antonio Lozano, Miguel Ángel Zapater. Un nazareno: Károly Szemerédy. Dos soldados: Vincent Pavesi, Paweł Izdebski. Un capadocio: Isaac Galán. Un esclavo: Luca Espinosa. Nueva Producción del Palau de les Arts Reina Sofía. Director Musical: Zubin Mehta. Director de Escena: Francisco Negrín. Escenografía y vestuario: Louis Désiré. Iluminador: Bruno Poet. Orquestra de la Comunitat Valenciana.
El Palau de les Arts apostó fuerte con esta Salome, vendida como primera experiencia straussiana de las que se anuncian por venir en el coliseo del lecho del Turia. Pero apostó a caballo ganador, porque la propuesta artística planteada presentaba poco margen de error, como finalmente así fue, mucho se vio, se escuchó y se disfrutó.
Hay muchas cosas de las que hablar en torno a esta nueva producción debida al organismo regido por Helga Schmidt. La primera de ellas, la dirección de Francisco Negrín, solvente y cualificado regista que se está convirtiendo en una de las habituales firmas de la casa. Ya lo vimos en la maravillosa puesta en escena de Orlando, repetimos con Una cosa rara y llega ahora con este sensacional título straussiano. Observamos una reiteración en diversos tics que se revelan como característicos de sus maneras: gusto por los escenarios giratorios que permiten variar la escena en apenas segundos y dibujar infinitas posibilidades dramáticas aprovechando las transiciones y los cambios de atmósferas.
En este caso, un enorme salón sodomizante y decadente representaba el palacio de Herodes, sobre cuyo fondo se alzaba una enorme esfera que representaba la cisterna donde está preso el profeta Jochanaan, y que vemos simplemente con la rotación del cilindro en su apariencia exterior, simbolizando además a la luna, y que se abría dando paso a la celda sobre la que lanza sus proclamas el profeta.
También es ya conocida la atemporalidad de sus montajes. No es posible acabar de situar cronológicamente el momento de la acción. En este caso, los ropajes harapientos del profeta contrastaban con el vestuario de los judíos ortodoxos y con las ropas de Herodes, Herodias y la propia Salome. Los guardias parecían militares alemanes de la época de Bismack con algún que otro toque nazi, por eso de los judíos, etcétera, etcétera.
Finalmente, también había experimentado con el teatro dentro del teatro recurriendo a la cámara de vídeo que maneja Herodes en la Danza de los siete velos y que graba a Salome mientras baila para él, antes de que el Tetrarca se lance sobre ella para violarla tras una especie de parabán del que sale subiéndose la bragueta.
El movimiento actoral fue también inteligente y con múltiples puntos de interés. Un servidor constata la maestría straussiana en la escena de los judíos, nexo de unión entre las dos partes del drama, eje sobre el que bascula la acción y nervio dramático que resume toda la acción. Negrín manejó los diferentes caracteres retratados musical y dramáticamente con acierto y con un toque satírico ciertamente fantástico. También, claro está, hay que referirse a la manera en que presentó el desenlace: al profeta no se le decapita, se le ejecuta y su cuerpo se presenta extendido sobre el escenario y debajo de su cabeza se sitúa la bandeja de plata exigida por Salome. Propuesta original, inteligente y menos tendente a lo kitsch de lo que estamos acostumbrados.
La segunda apuesta clara por la victoria era por contar con Zubin Mehta en el foso, ¡qué bien la hace el maestro! Y ¿por qué el estilo de Mehta casa tan bien con estos títulos expresionistas? Posiblemente por los mismos motivos por los que funciona tan bien el Brahms de Giulini, el Wagner de Solti o el Mahler de Boulez, porque estas obras ya de por sí recargadas en su escritura, enfáticas y contundentes no requieren de una batuta que cargue todavía más las tintas y sí una batuta que busque equilibrar un poco los excesos para que el discurso se enriquezca en su justa medida. Mehta se mostró, como siempre, atento a los volúmenes orquestales, cuidadoso con el acompañamiento de las voces, contenido en los momentos delicados y vibrante allá donde podía dejar cabalgar con libertad al caballo. Efectivamente, su Danza de los siete velos no fue un festín orgiástico de colores orquestales ni frenética en sus ritmos, pero tuvo la necesaria tensión e intención para hacer emocionarse al respetable –por cierto, no tan numeroso como la ocasión lo requería.
Otra carta ganadora era la relativa al elenco vocal reunido. Con la única incógnita de la protagonista, Camilla Nylund, el resto de voces eran de una solvencia más que demostrada y de unas condiciones vocales ideales para los papeles que representaban. El Jochanaan de Albert Domen podía ser poderoso, amplio, rotundo, oscuro, como efectivamente lo fue, mientras que el Herodes del gran Siegfried Jerusalem había de ser maestro. Voz excepcional, dotó al personaje de más peso del que habitualmente le otorgan otras voces de tenor, y mostró además una excelente disposición escénica. La Herodias estaba encomendada a otra histórica del repertorio alemán: Hanna Schwarz. Poderosa, suntuosa, magníficamente cantada, dio al papel de la esposa del Tetrarca la categoría que muchas veces le falta.
Por supuesto, no me olvido de la Nylund, que convenció en su cometido de la lujuriosa princesa. De convincente figura física, acompañó tal silueta con una voz suficiente para salvar las tremendas acometidas requeridas para su rol. Evidentemente no posee el cuerpo de otras voces dramáticas que históricamente han bordado el papel en lo canoro, pero sí maneja sus recursos con la suficiente calidad.
El quinteto de los judíos también tuvo una magnífica selección, con voces de nivel mínimo para dotar de calidad a tan importante escena. Una vez más, la Orquestra de la Comunitat Valenciana se mostró solvente, perfectamente cohesionada y con toda la calidad y entusiasmo que la caracteriza. Un excelente comienzo para el Festival del Mediterrani.
Fotografía cortesía Palau de les Arts Reina Sofía ©Tato Baeza
Escribir a Fernando Morales