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Crítica de discos

The Nightingale and the Butterfly

Josemi Lorenzo Arribas

The Nightingale and the Butterfly. H’Hervelois, 2ª Suite en Sol mayor. De Visée, Passaille y Suite en Re menor. Philidor, Sonata para flauta de pico en Re menor. Dieupart, Suite nº 1 en La mayor para una “flauta de voz” y Suite nº 6 en Fa menor “para una flauta de cuatro”. F. Couperin, El ruiseñor enamorado, El ruiseñor vencedor, Double del Ruiseñor. Intérpretes: Pamela Thorby, flautas. Elisabeth Kenny, laúdes. Sello: Linn Records. Referencia: CKD 341, 2010. Duración: 76’41’’.

The Nightingale and the Butterfly

Para que este repertorio fuera posible, tuvo que producirse una estilización significativa en la estética musical europea. Principalmente consistió en independizar la música del imperio del texto (de la voz), y sustituir su línea melódica por un instrumento ad hoc. Los de viento, por razones obvias (también la voz humana es producida por una columna de aire), fueron candidatos propicios, y los compositores se afanaron en exprimir sus posibilidades idiomáticas, es decir, esas características técnicas que condicionan los recursos a utilizar y hacen brillar el virtuosismo instrumental, que comienza ahora, en los dominios estéticos del Barroco.

El programa que se presenta es interesante por la posibilidad de escuchar a autores de los que no suelen aparecer ni por los manuales de historia de la música ni por los contenidos de los discos, salvando a F. Couperin y de Visée. Así, D’Hervelois, Philidor y Dieupart, músicos franceses que vivieron entre el final del siglo XVII y la primera mitad del XVIII, en plena efervescencia francesa.

La primera suite, de Louis Caix d’Hervelois, una de las que Bach copiara para estudiar y analizarla, es una optimista gavilla de piezas en Sol Mayor, con protagonismo absoluto de la “voice flute”, muy significativa denominación, que fue el tipo de instrumento que el compositor marcó para su ejecución, al que el archilaúd acompañante se limita a acompañar, con gran oficio, eso sí. Clavecinista en la orquesta de Haendel, derramó su creatividad en estas partituras de los primerísimos años del siglo XVIII. De Anne-Danican Philidor se escucha su Sonata para flauta de pico en Re menor. Desde luego, contrasta con la anterior, no sólo por el modo elegido, sino por el color tímbrico producido por flauta tan distinta, a la que acompaña en este caso una tiorba, desgranando arpegios en primer movimiento marcado por su agógica (Lentement), único que rebasa los dos minutos de duración, al que le sigue otro fugado (al igual que el que cierra la sonata). Entre medias, una Courante y un precioso episodio llamado Les notes égales et detachez.

Tres piezas dedicadas al ruiseñor, de François Couperin, completan la selección para flauta, extraídas del su Tercer libro de piezas para el clave, escogiendo Kenny una guitarra barroca para realizar el acompañamiento. En la primera, la guitarra se limita a ir punteando notas, marcando el bajo, en un rudimentario procedimiento muy eficaz, pues permite resaltar cada efecto de la “voice flute”. La siguiente, un airoso “Ruiseñor vencedor”, con continuos pasajes imitativos entre ambos instrumentos, remata con la pieza que cierra el disco, el Double du Rossignol, que retoma el tema de la primera de estas tres, añadiéndole ornamentaciones más ricas. Originalmente pensadas para el clave, no desdeñó el propio Couperain la posibilidad de que la parte aguda, la de la mano derecha, la tañese una flauta. Aquí podemos escuchar el resultado.

Finalmente, una Suite en Re menor de Robert de Visée y un pasacalle del mismo autor son las piezas escogidas para que Kenny brille en solitario con su tiorba, recordando que fue en esta bisagra entre los siglos XVII y XVIII no sólo un instrumento óptimo para realizar el continuo u ofrecer soporte armónico a un solista, sino también un privilegiado instrumento solista.

El dúo femenino está compuesto por la flautista Pamela Thorby, asidua en las grabaciones de Linn Records, artista versátil que se maneja perfectamente con las disminuciones y adornos que exige este repertorio. Muy solvente con un fraseo que, salvo pocas excepciones, realza y permite entender estas obras básicamente melódicas, por lo que la manera de ornamentarlas se erige en una cuestión básica. Siendo así, está asegurada la comprensión de la música y el éxito de la empresa. Además, con los detalles Thorby es minuciosa y exquisita, y muy segura en los ataques, todo ello manejando distintos tipos de flautas de pico.

El acompañamiento, como se decía, corre a cargo de Elisabeth Kenny. Aunque en la carátula del disco se afirme que tañe laúdes, lo cierto es que los instrumentos que se escuchan son un archilaúd, una tiorba y una guitarra barroca. Demuestra una gran sensibilidad y musicalidad en el papel subordinado que le corresponde, pero no menor. Se mantiene en su papel, sin tapar nunca a la flauta de su compañera, sino permitiéndola respirar, recogiéndola, llenando con las cuerdas los momentos de distensión de la voz cantante. Esa sensación se refuerza en las pocas piezas solistas que tañe, un buen detalle del disco, porque permite confirmar la impresión que provoca cuando Kenny se sitúa en ese discreto segundo plano que le toca desempeñar. De esta laudista me gusta su arrojo al utilizar casi lo que podría llamarse un rasgueo en algunos pasajes con la tiorba (en el sexto movimiento, “La Fanatique” de D’Hervelois, por ejemplo), así como efectos microtonales con el mismo instrumento al estirar la cuerda, al modo del bending del blues. Obviamente es un recurso puntualísimo, una pequeña licencia. La Sarabande de Robert de Visée es para escucharla a gusto una y otra vez, admirándonos de cómo maneja la dinámica, qué pianissimos consigue, y qué gusto con la ornamentación.