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Índices
Crítica de libros
Los grandes directores de orquesta
Joaquim Zueras Navarro
Helena Matheopoulos: Los grandes directores de orquesta. Ediciones Robinbook, colección Ma non troppo. ISBN: 978-84-96924-22-2. Nº de páginas: 364 páginas.
Durante un largo y fructífero período Helena Matheopoulos entrevistó a los más brillantes directores de orquesta, a la vez que acudía a sus conciertos, ensayos y grabaciones. El resultado es este libro, que nos invita a conocer en profundidad a los gigantes del podio, su concepción del arte, sus anhelos, sus vidas, sus carreras, sus repertorios... incluso sus pasatiempos y sus ideas filosóficas.
La introducción, titulada El misterio de la dirección orquestal, constituye una interesante meditación sobre esta labor: “¿Cómo puede explicarse el hecho de que una persona que no tenga contacto físico con el sonido pueda no obstante conseguir que la misma música tocada por la misma orquesta suene de forma totalmente distinta de como suena cuando es dirigida por sus colegas?¿Qué hay en la personalidad de un director de orquesta que hipnotiza e impulsa a más de cien intérpretes —muchos de los cuales, quizás mejores músicos que él mismo, no coincidan con su visión de la obra e incluso puedan sentir antipatía hacia él— para someterse a su voluntad?”.
Leonard Berstein se consideraba un músico, director de orquesta a tiempo parcial. Este primer capítulo nos recuerda su dedicación a la tarea compositiva, sus grabaciones como pianista, sus célebres conferencias para los jóvenes y su capacidad analítica incansable, en particular de las obras de Beethoven y de Mahler. Como director de orquesta decía: “En esas interpretaciones que llamo buenas, mientras dirijo tengo la sensación de que estoy escribiendo la obra a medida que vamos avanzando... Al final tardo unos minutos en saber dónde estoy (en qué escenario, en qué país) o quién soy yo”. Pese al aplauso general hacia su genialidad polifacética, originalidades como la idea de interpretar el Cuarteto de cuerda op. 131 de Beethoven en orquesta de cuerda o replantear a los vieneses una ejecución de Der Rossenkavalier despojada del lastre de añadidos posteriores, no fueron unánimemente recibidas. Algunos no entendieron el énfasis con que dirigía, al igual que sus composiciones, demasiado tonales para los oídos de la vanguardia. H. Matheopoulos guarda como un tesoro el recuerdo de los días que pasó con él, su generosidad y confianza, su impagable entendimiento de la música, su contagioso encanto y sentido del humor.
“Como ven, no me gusta hablar. Prefiero dirigir”, concluía Claudio Abbado en 1979 a modo de disculpa, al final de su breve discurso de bienvenida al presidente de la London Symphony Orchestra. La autora del libro lo describe de naturaleza tímida e introvertida, carente de ego. Los problemas en La Scala y en la Filarmónica de Berlín fueron probablemente los causantes de sus tres úlceras de estómago, pero no hicieron mella en su carácter bondadoso y conciliador. Los artistas que han colaborado con él, como Maurizio Pollini y Alfred Brendel, dan testimonio de su flexibilidad en estas páginas. De formación vienesa, dotado de una memoria prodigiosa, su regla de oro es que el compositor siempre tiene la razón y opina que Furtwängler es el mejor director de todos los tiempos. Pese a que en los ensayos es parco en directrices, cara al público despliega una enorme energía y emoción, a las que se suma su formidable técnica, “clara, precisa, concisa, muy al estilo de Toscanini”, declaraba un músico de La Scala. Quienes fueron miembros de la Joven Orquesta de la Comunidad Europea recuerdan su entrega sin límites, rechazando a cambio un buen número de lucrativas propuestas.
Los que trabajaron con Karl Böhm quedaron impresionados por su inusual grado de afinidad con Mozart. Teniendo en la más alta estima al compositor salzburgués, decidió en cambio suprimir dos arias de Cossi fan tutte en la grabación de 1974 para Deutsche Grammophon. Con la música de Richard Strauss se sentía cómodo, pues fueron siempre amigos. Estrenó casi todas sus óperas y ambos sospesaban muchos detalles que se relatan en este capítulo. Las orquestas a las que estuvo más estrechamente vinculado fueron la Staatskapelle de Dresde, las Filarmónicas de Berlín y de Viena, y la London Symphony Orchestra. Dirigía utilizando pocos movimientos y tenía un óptimo sentido del tempo. Severo en los ensayos —podía llegar a ser desagradable—-, se mostraba más comedido en calidad de invitado. Siempre preocupado por la acústica, manifestaba a su entrevistadora su inquietud por la difícil afinación de las trompas, el color resultante de la cuerda y los problemas de ciertos armónicos.
H. Matheopoulos define a Carlo Maria Giulini como director, caballero y místico. Su tendencia a la reflexión, así como su incomodidad frente a las prisas le caracterizaron siempre. Jamás hablaba de dinero, asunto que dejaba en manos de su esposa, pues para las cosas prácticas se reconocía inútil. Hombre humilde —“los directores somos insignificantes, pero nuestra actividad siempre nos obliga a lidiar con genios—, cuando el director de la sección cultural del London Evening Standard le felicitó por su Requiem de Verdi, en el Royal Festival Hall de Londres de 1963, respondió: “El Requiem es de Verdi, no mío”. De conducta intachable, era profundamente fiel a sus amigos, entre estos Visconti y Zeffirelli, con quienes colaboró. Sólo dirigía aquella música que, como él decía, se ajustaba a su naturaleza y dedicó mucho tiempo a investigar las obras sinfónicas de Schubert y de Brahms. Fue titular de La Scala, de la Orquesta Sinfónica de Viena, de Sinfónica de Chicago y de la Filarmónica de los Ángeles. Sus métodos nunca eran autoritarios, persuadido de que la misión de un director “no es decir a los músicos lo que han de hacer, sino hacer música con ellos”. Se recogen detalles de su técnica, en la que sus ojos cobraban especial importancia. Un miembro de la Filarmónica dijo “en ocasiones es difícil tocar con mucha precisión con Giulini, pero nunca es difícil tocar de modo hermoso”.
La excepcionalidad de Herbert von Karajan como director de orquesta es indiscutible: los grandes legatos que trazaba con sus manos, a menudo cerrando los ojos, la transparencia orquestal basada en resaltar ligeramente tal o cual instrumento en un fragmento determinado... En cambio fue un personaje incomprendido y tergiversado con frecuencia. La autora, tras unas conversaciones que tuvo con el maestro en la década de los ochenta, nos lo describe agradabilísimo, con un gran sentido del humor, de una inteligencia ciclópea, disciplinado y polifacético. En estos encuentros quedan en relieve muchas de sus preocupaciones: la dificultad de los largos crescendos y accelerandos, los pianissimi, los peligros y trampas de la música de Mahler y de Wagner, los recuerdos que le dejó Toscanini, los problemas del primer movimiento de la Primera de Beethoven, etc. H. Matheopoulos incluye una biografía de 40 páginas en el que se abordan sus empeños y logros: su infancia, vocación e inicios musicales, la afiliación obligada al partido nazi por la que se le acusó de colaboracionismo, los celos artísticos de Furtwängler, su trabajo en la Scala, en la Filarmónica de Viena y de Berlín, la necesidad de ser su propio director de escena, las giras, las grabaciones y sus fundaciones para ayudar a jóvenes solistas y directores.
James Levine dudó entre dedicarse al piano o a la dirección orquestal, decantándose por la segunda opción. Hoy sigue dirigiendo la orquesta del Metropolitan Opera de Nueva York. No son pocos quienes afirman que es el mejor director desde Karajan. Se formó con George Szell, director de la Orquesta de Cleveland. No obstante, es crítico con él por cierto encorsetamiento en el fraseo y una actitud de distancia con los miembros de la orquesta, optando Levine por interpretaciones más libres y una relación cordial con los instrumentistas, además de ampliar el repertorio, bastante anclado en la música italiana. Cuestiona algunos planteamientos historicistas, preguntándose “¿qué sentido tendría emplear los instrumentos originales para los que compuso Bach si hoy tocamos en auditorios frente a dos mil personas?”. Es conspicuo con los directores de escena porque “pueden dividirse en dos grupos: los que sirven al compositor y los que se sirven a sí mismos”. Prefiere las grabaciones en directo y las retransmisiones —pese a la posibilidad de algún error técnico—, que las grabaciones de estudio, bajo presiones económicas que no permiten relajarse y sin la química de la comunicación con el público.
Aunque Zubin Mehta nació en Bombay, creció escuchando música occidental porque su padre, el fallecido violinista Mehli Mehta, fundó la Sinfónica de Bombay y muchos ensayos tenían lugar en el salón de su casa. Ha dirigido entre otras la Orquesta Filarmónica de los Ángeles, la de Nueva York y la de Israel. Mahler es uno de sus compositores preferidos, junto con Mozart, Brahms y Bruckner, y recuerda en esta entrevista una experiencia mística que acaeció mientras dirigía su Tercera Sinfonía. Todos coinciden en que es un director seguro, capaz de resolver cualquier problema, de una autoridad natural que convence con sus gestos, crea un buen ambiente con gran facilidad e impone una disciplina muy llevadera. Es conocido su compromiso total y desinteresado en favor de causas y países.
La beca del Conservatorio de Milán, concedida a Riccardo Muti durante el segundo año de dirección orquestal, implicaba la obligación de trabajar como pianista acompañante en las clases de canto. Esto le convirtió en un analista profundo del tratamiento de la voz, una inquietud que no motiva tanto a otros directores, aunque no siempre ha contado con buenos repartos. Insiste en la importancia de los recitativos, sobre todo en Verdi, y en utilizar las versiones originales, lo que le llevó a dirigir la versión completa de Guillermo Tell, que dura seis horas. En Austria son muy celebradas sus direcciones obras de Mozart. En cuanto al “sonido Muti”, una de cuyas características principales es la claridad e increíble agilidad que consigue arrancar de las cuerdas, es —según H. Matheopoulos— fácilmente reconocible y puede escucharse en la Philarmónica de Londres, en la Orquesta de Filadelfia, en la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino, en La Scala y en muchas prestigiosas orquestas a las que ha acudido como director invitado. Según Muti, el resultado radica en que las diferentes secciones, una vez pulidas, deben escucharse mutuamente, obteniendo un conjunto de mayor calidad y precisión. Su insistencia en la disciplina y el rigor no siempre ha sido bien entendida y en ocasiones se le ha recriminado cierta falta de tacto.
Un miembro de la Orquesta del Coven Garden decía sobre Georg Solti que “en cuanto atraviesa la puerta, una corriente eléctrica sacude toda la sala: el aire se carga de energía, y no dejo de pensar que si se inventase una forma de enchufarlo al circuito general, podría desconectarse la red y todo el edificio quedaría iluminado con su electricidad”. En la entrevista Solti analiza el acto de dirigir que, para él, es una especie de misterio que consiste en combinar una suerte de orientación del espíritu, de la inspiración y de la interpretación con el control mental: “demasiado control y pierdes intensidad, muy poco control y todo se convierte en arrebato y abandono”. Fanático del sonido, disfrutaba con la Sinfónica de Chicago, cuya capacidad de sugestión a través del timbre era su principal fuente de inspiración. Su impronta es la obtención de un sonido brillante, pulido y luminoso. Nacido en Budapest, empezó dirigiendo el teatro en la Ópera de la ciudad, pero a causa de una purga contra los no arios en los empleos públicos fue destituido. Se estableció en Suiza, ganando el Concurso de Piano de Ginebra de 1942. Más tarde ocupó el cargo de director de la Ópera Estatal de Baviera y luego el de la Ópera de Francfort. En 1961 se abre la década Solti en el Covent Garden, convirtiendo una orquesta semiprofesional en una formación de relevancia internacional. Dejó Londres para dirigir la Sinfónica de Chicago. Uno de los mayores logros de su carrera fue su larga relación con la tetralogía de El Anillo del Nibelungo, describiendo aquí las diversas experiencias obtenidas en las diferentes producciones y los problemas sonoros y de escena que pueden surgir en una interpretación wagneriana.
H. Matheopoulos entrevistó a Simon Rattle cuando era director de la Orquesta Sinfónica de Birmingham, calificándolo entonces como “la gran esperanza del futuro”. Poseedor de una capacidad formidable para comunicar con gestos el sonido, las frases y las texturas, cautiva por su sencillez y codialidad: “Me sería imposible establecer contacto con unos músicos que no se acercan a charlar conmigo”. Siempre preocupado por la perfección artística, afirma que la música de Beethoven y Brahms es tremendamente difícil porque pone a prueba a cualquier director, dado que le brinda una enorme variedad de posibilidades interpretativas. Desde 1999 dirige la Orquesta Filarmónica de Berlín, tras la repentina dimisión de Claudio Abbado. Se inauguró con la Quinta Sinfonía de Mahler, incorporando muchos cambios, que fue grabada por EMI, y que obtuvo grandes elogios de la crítica y del público.
Nos encontramos pues frente a un libro de sustanciosos saberes y anécdotas. En palabras de Plácido Domingo “brillante, no sólo por los interesantes hechos que los directores revelan a Helena Matheopoulos, sino también por la capacidad de la autora para penetrar en sus personalidades y estilos”.
Escribir a Joaquim Zueras Navarro