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Índices
Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica
Barenboim y Bruckner clausuran Ibermúsica
Carlos de Matesanz
Auditorio Nacional. Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica. Staatskapelle de Berlín. Dir: Daniel Barenboim.
6 de julio de 2010. 19:30 h. A. Bruckner: Sinfonía nº 5 en Si bemol mayor.
7 de julio de 2010. 19:30 h. F. Chopin: Concierto para piano nº 1 en Mi menor. A. Bruckner: Sinfonía nº 6 en La mayor.
Magnífico final para la cuadragésima temporada de Ibermúsica –mucho mejor que aquel comienzo brahmsiano con la Filarmónica de Israel y Mehta– el propuesto por Daniel Barenboim y su Staatskapelle Berlinesa, con las dos sinfonías de Bruckner habitualmente orilladas (Quinta y Sexta) en beneficio de las más populares que las rodean (Cuarta y Séptima). El Bruckner de Barenboim, por sabido se da, es musculoso, de trazo sólido y sonido denso, aunque nunca espeso; ha ido limando tics furtwänglerianos y ganando en luminosidad con el paso de los años, como puede comprobarse si se escuchan sus interpretaciones discográficas, primero con la Sinfónica de Chicago (Deutsche Grammophon) y luego con la Filarmónica de Berlín (Σrato) y se comparan con sus interpretaciones actuales.
Hay que empezar por advertir al lector que, quien esto firma, siempre ha encontrado en la Quinta Sinfonía el mayor y más peliagudo escollo de la integral bruckneriana, mientras que, por contra, la Sexta es una de las que le resultan más directas y cercanas; y tal vez esta distancia pudiera marcar la apreciación de los dos conciertos reseñados, ya que en el primero, con la Quinta Sinfonía como protagonista exclusiva, el desarrollo del discurso –muy bien planteado, eso sí– se hizo trabajoso a lo largo de los interminables casi noventa minutos de una partitura dura y sin concesiones. Desde luego, Barenboim –dirigiendo de memoria, como acostumbra– llevó adelante la obra con una seguridad indiscutible, sin caídas de tensión, pero de un modo trabajoso, con transiciones a las que les costaba arrancar, con texturas rugosas y algunos borrones y desajustes. Hizo añorar la intensa, seria y fluidísima interpretación que, pocos años ha, dio la Sinfónica de la Radio de Berlín con Marek Janowski en una de sus mejores actuaciones madrileñas.
Sin embargo, el segundo día, la orquesta sonó totalmente entonada, más brillante y clara, más exacta, en una Sexta Sinfonía enérgica y fluida, menos clásica y formal que la de sir Colin Davis con la Sinfónica de Londres y menos sentimental y liviana que la de Russell Davis con la Orquesta Bruckner de Linz, por mencionar dos versiones destacadas que se han escuchado de esta obra en las últimas temporadas en la misma sala. El maravilloso Adagio, al que tan fácil es dejar ayuno de sentimiento como arruinarle con almíbares indebidos, estuvo en su punto justo, robusto pero muy lírico; tal vez al Scherzo le faltó contraste con el Trío central, pero es peccata minuta en comparación con el arrebatado Finale, que sonó grandioso sin retórica, fogoso sin contundencia y brillante sin estridencia: una experiencia maravillosa.
Más aún si consideramos que en la primera parte de este concierto, Barenboim le había cedido la batuta a su asistente –Julien Salemkour– para sentarse ante el piano y ofrecer, en el bicentenario del autor, una interpretación del Concierto nº 1 en Mi menorde Chopin realmente arrebatadora por la musicalidad que derrochó a lo largo de los cuarenta minutos que dura la obra, con un sonido delicadísimo e íntimo que, no obstante, llenó la sala y nunca se vio sofocado por la orquesta ni en los momentos más comprometidos. Ante este regalo (en un principio, sólo estaba prevista en programa la obra de Bruckner) de un músico de tanta categoría, no hizo al caso preguntarse qué tal está de dedos Barenboim a estas alturas de su carrera, porque, ante una música tan bien dicha, las notas de más o de menos, realmente, no hacen al caso.
Fotografía cortesía Ibermusica ©Max Lautenschlaeger