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Índices
Ópera en Madrid
López Cobos se despide del Real con Simon Boccanegra
Carlos de Matesanz
Temporada Lírica del Teatro Real. G. Verdi: Simon Boccanegra, ópera en un prólogo y tres actos, con libreto de Francesco Maria Piave y Arrigo Boito. Producción del Teatro Real. Dir. Escena: Giancarlo del Monaco. Escenografía y figurines: Michael Scott. Iluminación: Wolfgang von Zoubek. Dir. Musical: Jesús López Cobos.
23 de junio de 2010. 20:00 h. Simon Boccanegra: George Gagnidze, Amelia Grimaldi: Inva Mula, Jacopo Fiesco: Giacomo Prestia, Gabriele Adorno: Fabio Sartori, Paolo Albiani: Ángel Ódena, Pietro: Miguel Ángel Zapater, Un capitán: Kostiantyn Andreiev, Una doncella: Beatriz de Gálvez.
La reposición de la producción de 2002 del Simon Boccanegra verdiano sirvió al Teatro Real de Madrid para despedir hasta quien, hasta la fecha, ha sido su director musical. Se marcha Jesús López Cobos habiendo realizado una competente tarea de mantenimiento y mejora, pero sin conseguir que el Real destaque en el panorama internacional por la calidad extraordinaria de sus fuerzas estables. Como Verdi tampoco fue nunca el campo en el que más destacó el maestro zamorano, la despedida tampoco ha sido memorable. Todo sonó magníficamente, con un pulimento y conjunción envidiables: no hubo el más mínimo desajuste entre el foso y el escenario –y eso, en una ópera de Verdi, no es tan frecuente como se cree–, la orquesta lució sus mejores galas sonoras y el coro, algo áspero en algún momento, estuvo a la altura de su exigente cometido. Pero faltaron por completo la garra, el sentido del drama y esa negrura que reclama en muchos pasajes esta obra para conseguir el necesario contraste, que es una de las fuerzas fundamentales de la ópera verdiana.
A esto se unió la producción de Giancarlo del Monaco, sobria, inteligente, de espacios eficaces y magníficamente organizados, pero de decorados tan blancos y tan fríos, con unos figurines –elegantes y hermosos, eso sí– de tan poca variedad que más bien parecían uniformes (uniforme patricio, uniforme plebeyo...) que, al final, el genio de Verdi asomó apenas en algún que otro dúo y nada más, asustado probablemente ante tanto mármol pulido, tanta blancura inmaculada, tanto sonido perlado. No es que a Verdi haya que representarlo a lo bruto, ni que su obra carezca de refinamientos múltiples; pero don Giuseppe distinguía perfectamente la horchata de la sangre, y vertía esta última muy generosamente, tanto metafórica como literalmente, sobre sus mejores dramas: y, aunque no el más popular, Simon Boccanegra es, ciertamente, de éstos. Podríamos decir, incluso, que es la ópera más atmosférica de Verdi, en la que más importancia tienen los climas, los ambientes en los que se va desenvolviendo la tensión creciente.
Por eso, ante la frialdad de la producción y la melifluidad del acompañamiento, poco pudo hacer el sólido y adecuado reparto convocado para la circunstancia, aunque cantó mucho y bien, sirviendo con excelencia el Verdi un poco “de cámara” que se estila en la actualidad. George Gagnidze, que está ganando presencia en el circuito internacional, no es un barítono novato, sino un caballero que peina canas (y bastantes ya) y que sabe muy bien por dónde se las anda con Verdi, al que sirve con voz homogénea y bien timbrada, tal vez un poco clara, algo tasada ya en el agudo. Con la voz un poco más dura que en su última comparecencia en el Real (Antonia de Los cuentos de Hoffmann), Inva Mula se llevó las mayores ovaciones de la noche por su canto pulido y lleno de detalles, tanto canoros como estilísticos, con un fraseo muy cuidado y pianissimi sabiamente dosificados y ejecutados. A menor altura estuvieron Giacomo Prestia,ya un poco gastado para un papel como el de Fiesco, que no es fácil –aunque Il lacerato spirito tuvo tensión emotiva y buen canto– y Fabio Sartori, un tenor de buena técnica y hermosa voz pero demasiado lírico, al que le faltó empaque en los momentos heroicos y que parece hecho más para Donizetti que para Verdi. Ángel Ódena cantó con mucha entrega el papel de Paolo, que le pone un tanto al límite de sus posibilidades, pero que tuvo un gran relieve en el desarrollo de la noche. Muy bien cubiertos los tres papeles menores estuvieron servidos con gran profesionalidad, con especial atención al timbre brillante de Kostiantyn Andreiev, solista del coro, en sus dos breves intervenciones.
Aunque, en realidad, todas estas consideraciones huelgan: lo verdaderamente importante es que, en el segundo reparto, cantaba Plácido Domingo, que estuvo muy bien y que dio muletazos para defender la fiesta de los toros, como se encargaron de hacernos saber todos los medios generalistas; lo demás no importa un ardite. Pero, oye, mira; no hay mal que por bien no venga: por una vez, la ópera salió en la portada de algún diario.
Fotografías cortesía del Teatro Real ©2010 by Javier del Real