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Ópera en Madrid
La ciudad muerta llega a Madrid
Carlos de Matesanz
Temporada Lírica del Teatro Real. W. E. Korngold: La ciudad muerta, ópera en tres cuadros, con libreto de Paul Schott. Coproducción del Festival de Salzburgo y la Staatsoper de Viena. Dir. Escena: Willy Decker. Escenografía y figurines: Wolfgang Gussmann. Iluminación: Wolfgang Göbbel. Dir. Musical: Pinchas Steinberg.
27 / 28 de junio de 2010. 20:00 h. Paul: Klaus Florian Vogt / Burkhard Fritz, Marietta-Marie: Manuela Uhl / Solveig Kringelborn, Frank / Fritz: Lucas Meachem, Brigitta: Nadine Weissmann, Juliette: Susana Cordón, Lucienne: Anna Tobella, Victorin / Gaston: Roger Padullés, Conde Albert: Eduardo Santamaría.
Avalada por un considerable éxito desde su estreno, la producción de Willy Decker para el Festival de Salzburgo ha servido para, por fin, presentar en Madrid la obra habitualmente considerada como maestra de su autor: Die tote Stadt de Erich Wolfgang Korngold. Y no podía haber encontrado este título tan desconocido de nuestros escenarios mejor defensor que este consumado maestro alemán del teatro, que comprende la obra y la clarifica con mano certera. En una ópera en cuya trama se confunden casi desde el comienzo realidad, obsesión y fantasía, esto es fundamental. Pero, además, los personajes quedaron sutilmente dibujados y la escenografía, sobria pero elegante, estuvo siempre al servicio del drama, generando a veces grandes movimientos, ilusiones fantásticas o estampas casi escultóricas, pero nunca como un fin en sí mismo. Realmente, Willy Decker sabe lo que es el teatro –y, más concretamente, el teatro lírico–, cómo utilizar sus recursos materiales, cómo dirigir a cantantes sin forzarlos y, sobre todo, cómo interpretar una obra (y pocas tan psicológicas como ésta) sin faltarle al respeto ni al autor, ni al público; en fin, algo que cada vez se ve menos en los escenarios operísticos.
Musicalmente, la producción también estuvo muy bien dirigida: Pinchas Steinberg ya cosechó en Real, hace varias temporadas, un gran éxito con una brillantísima Mujer sin sombra straussiana; en esta Ciudad muerta, que tan cerca de Strauss está en muchos momentos, reverdeció laureles, traduciendo la opulenta parte orquestal con seguridad, contundencia y brillantez, pero sin sepultar nunca a los cantantes. También hizo patentes ciertas influencias puccinianas muy interesantes que pueden pasar desapercibidas en direcciones más “germánicas”. La Sinfónica de Madrid ofreció la que, junto a la Salomé de López Cobos, ha sido su mejor prestación operística de esta temporada, con mención especial a los metales que, si se desmandan, pueden convertir esta obra en un tormento chino, y, no obstante, estuvieron siempre correctos, oportunos y no carentes de brillantez cuando la ocasión lo requirió.
Hubo doble reparto sólo para la pareja protagonista: en la primera velada destacaremos la voz sólida y joven de Manuela Uhl que, además, fue una actriz suelta y eficaz, por encima de Klaus Florian Vogt, un tenor de voz blanquecina y totalmente carente de mordiente, que no comprendemos cómo puede abordar los grandes papeles wagnerianos que tiene en repertorio. El de Paul es un rol agotador por su extensión –está constantemente en escena– y por su tensión, y Vogt naufragó constantemente en él, haciéndose escuchar apenas, con problemas evidentes en el agudo y tan ahogado que todo intento de matizar su parte (fraseo, medias voces, colores, dinámicas) era inútil; eso sí, escénicamente, estuvo muy bien. Por contra, Burkhard Fritz, bastante patoso y pastoso en escena, cantó (indiscutiblemente) durante toda la segunda velada con una voz hermosamente timbrada y homogénea, sin demasiados apuros ni de extensión ni de volumen y con detalles de buen músico. Su Marie / Marietta, Solveig Kringelborn, con la voz sopranil de timbre otrora lírico y bello, y hoy afeada por un vibrato muy marcado debido a un repertorio más dramático de lo debido, animó la representación de la segunda noche con un instinto actoral infalible y una encarnación del personaje totalmente entregada.
El resto del reparto, el mismo para las nueve representaciones, tuvo su mayor virtud en su discreción, actuando como un conjunto cohesionado, que es lo que se requiere. Ni la Brigitte de Nadine Weissmann ni Lucas Meachem en el doble papel de Frank / Fritz tuvieron intervenciones esplendorosas, aunque este último cantó con una hermosa media voz liederística la Canción de Pierrot de la escena II, mejor perfilada la segunda noche que la primera. Y así, sin alharacas ni estrellones, con direcciones sólidas y sabias, y con artistas dispuestos a servir a la obra, ha tenido, a 90 años de su estreno, su presentación en Madrid en excelentes condiciones Die tote Stadt: bienvenida.
Fotografías cortesía del Teatro Real ©2010 by Javier del Real